sábado, 19 de diciembre de 2015

La lucha por el Derecho

En estos días he visto dos películas excelentes que, si bien tratan de temas que difieren el uno del otro, tienen en común su significado político y jurídico.

Me refiero a “Las Sufragistas” y “La Conspiración del Silencio”, que extrañamente estuvieron durante pocos días en las carteleras de los teatros de estreno, no obstante su calidad.

La primera versa sobre la lucha por el sufragio femenino y otros derechos de las mujeres en Inglaterra en la segunda década del siglo pasado. Es una película fuerte, de denuncia política, que suscita no pocos cuestionamientos.

Hoy nadie debate la participación de la mujer en la vida política. La igualdad de derechos con los varones está consagrada en la gran mayoría de los ordenamientos civilizados, aunque del dicho al hecho todavía queda un buen trecho.

Para lograr la igualdad de derechos políticos fue necesario cambiar la mentalidad dominante que estaba plagada de prejuicios sobre la capacidad mental y moral de la mujer para merecer la titularidad de aquellos.

Pero ese cambio de la mentalidad dominante no se logró solo sobre la base de la argumentación racional, sino que fue necesario un intenso activismo político no pocas veces impregnado de violencia. La película muestra que a la violencia policial que con brutalidad se ejercía contra las sufragistas en la civilizada Inglaterra postvictoriana, las promotoras del voto femenino hubieron de responder también con violencia, pero no contra las personas, sino contra las cosas. Sin embargo, lo que abrió los ojos del público a la legitimidad de sus reclamos fue un terrible episodio de autoinmolación con que remata la película.

El ideal de la civilización jurídica es que la lucha por los derechos se ejercite dentro de los cánones de la juridicidad, es decir, mediante procedimientos institucionales que garanticen al mismo tiempo la estabilidad de los sistemas, que conlleva paz y seguridad, junto con los cambios que los mismos requieren para ajustarse a la dinámica de las sociedades, que siempre traerá consigo nuevos requerimientos.

Peo el tema que plantea la película en mención muestra cuán difícil es lograr y preservar ese ideal de cambio ordenado. De hecho, les da la razón a quienes llevan sus demandas hasta extremos colindantes con el desacato violento a la normatividad instituída. “Solo respetaremos la ley que sea ella misma respetable”, vociferan las sufragistas más radicales.

Recuerdo que en mis años de estudiante leí un escrito de Camus en que censuraba con acrimonia a Goethe, quien proclamó que “la mayor injusticia es el desorden”, tesis que se emparenta con los argumentos de Sócrates para no eludir la injusta condena a que se lo sometió, por cuanto la desobediencia al mandato legal traería consigo severos perjuicios para la colectividad y, en últimas, contra los derechos.

Estas discusiones ponen de manifiesto que el mundo del derecho se mueve en medio de un mar de contradicciones y no avanza de modo lineal, sino dialéctico.

“La Conspiración del Silencio” trata sobre los procesos que se abrieron a fines de la década del cincuenta en la República Federal Alemana para procesar a responsables de crímenes de lesa humanidad que se cometieron en Auswitch.

Acá el debate versa sobre el derecho de las víctimas a su reconocimiento y el de la sociedad a sancionar de modo ejemplar unos crímenes atroces, con miras a que no quedasen impunes y, en últimas, a precaver su repetición.

Es una película que nos interesa especialmente a los colombianos en las actuales circunstancias, en las que precisamente se debate acerca de los incontables y horribles crímenes que se han cometido a lo largo de más de medio siglo de conflicto armado entre la subversión comunista y la institucionalidad.

Es un conflicto que tiene muchos entronques con la violencia de mediados del siglo pasado entre los partidos históricos. De hecho, las Farc nacieron de grupos guerrilleros que se enfrentaron a los gobiernos conservadores de aquella época. Unos de esos grupos eran liberales, y se reinsertaron a la vida civil cuando llegó el Frente Nacional. Pero otros eran comunistas, y persistieron en la lucha armada a lo largo de la década del sesenta, cuando se transfomaron en lo que hoy son las Farc.

Los procesos de que da cuenta la película se iniciaron por circunstancias casuales. Fue la tenacidad de un fiscal novato que logró el apoyo del fiscal general lo que logró que a cerca de una veintena de inculpados por crímenes atroces en el campo de concentración de Auschwitz se los condenara por ello. Pero fueron procesos que desafiaban la ignorancia y la indiferencia generalizadas sobre lo que había ocurrido en ese tenebroso lugar y la voluntad de los alemanes de sepultar el pasado nazi, de cuyos desvíos muchísimos habían sido responsables por activa o por pasiva. No en vano Karl Jaspers, esa nobilísima figura del pensamiento germano, hubo de escribir sobre la culpa colectiva por los crímenes del nazismo.

Pues bien, en Colombia a lo largo de medio siglo la violencia se trató de superar mediante leyes de indulto y amnistía que dejaron impunes muchísimas atrocidades, la peor de las cuales fue, a no dudarlo, el holocausto del Palacio de Justicia que perpetró el M-19 en lo que el presidente Betancur en su momento calificó de hecho demencial.

Pero las situaciones que se discuten hoy con las Farc y las que seguirán luego con el Eln tropiezan con el enorme escollo de la justicia penal internacional, cuyo régimen ya no autoriza esos tratamientos de favor para crímenes de lesa humanidad.

El proyecto de justicia transicional que se acaba de dar a conocer no hace sino buscar esguinces de dudosa ortodoxia a la normatividad internacional que obliga al Estado colombiano a no ser indulgente con las atrocidades que se han cometido a lo largo del conflicto armado.

Los voceros de las Farc han dicho que confían que los jueces internacionales acepten estas soluciones en aras de la paz. Pero queda el interrogante que ha planteado con toda claridad el hoy senador Uribe Vélez acerca de la moralidad de este tipo de acuerdos y el pésimo precedente que sientan hacia el futuro.

Podrá haber acuerdos entre el gobierno y los narcoterroristas y quizás los mismos logren el aval de un plebiscito amañado, pero el acuerdo de fondo con la sociedad colombiana y en especial con los millones de víctimas de lo que en un escrito precedente no vacilé en calificar como un despliegue de maldad, quedará pendiente.

Sin ese acuerdo de fondo con la Colombia profunda no habrá paz. Quizás se produzca una tregua inestable, pero los anhelos de justicia se verán frustrados, y ello suscitará de seguro nuevas y dolorosas confrontaciones.

viernes, 4 de diciembre de 2015

Escenas del Teatro del Absurdo

A mediados del siglo XX se puso de moda en Francia el llamado teatro del absurdo, del que fue distinguido exponente el autor rumano Eugène Ionesco.

Eran piezas que llamaban la atención por la extravagancia de los personajes, de las situaciones, de las tramas y hasta del lenguaje. Mediante ellas se desafiaban los cánones que desde la Retórica de Aristóteles se habían considerado como fundamentales para configurar obras teatrales admisibles para el buen gusto.(Vid. http://www.unioviedo.es/rafanura/Separatas/absurdo.pdf).

Dante pensaba que “ El arte imita a la naturaleza lo mejor que puede, al igual que el discípulo sigue a su maestro”(Vid. http://www.omarmacias.com/frases-celebres/quote/el-arte-imita-a-la-naturaleza-lo-mejor), pero igual suele ocurrir que la vida humana reproduzca las pautas que se trazan en las obras de arte, sea para bien o para mal.

Los ejemplos abundan en la historia de los pueblos y en las vidas individuales. Y, para muestra, baste con examinar lo que viene sucediendo en nuestro país a propósito de los fementidos diálogos de paz que se adelantan con las Farc en La Habana, en los que se pone de manifiesto una seguidilla de situaciones absurdas que habría envidiado Ionesco para armar alguna de sus obras teatrales.

La más reciente de esas situaciones, aunque por desventura temo que no será la última, toca con la refrendación de los acuerdos a que eventualmente se llegue con esos narcoterroristas obsesionados con la instauración del Socialismo del Siglo XXI en Colombia.

A nadie escapa que nos hallamos frente al asunto más delicado con que tenemos que habérnoslas los colombianos en los tiempos que corren. Y parece lógico que en circunstancias de tamaña envergadura, lo mejor de las mentes pensantes con que contamos se esmere en la búsqueda de las soluciones más razonables, para de ese modo ilustrar a las comunidades acerca lo que más les convenga. Esa debería ser conditio sine que non para demandar la refrendación ciudadana de los referidos acuerdos, pues la democracia en que se dice que estamos exige amplia, libre y bien informada deliberación en torno de las decisiones colectivas.

Pues bien, lo que viene sucediendo y, de contera, lo que se propone para darles vía libre a los acuerdos del gobierno con las Farc, peca en materia gravísima contra cualquier concepto de democracia que se tenga.

En efecto, a la ciudadanía se la quiere presionar para que diga sí o no en un plebiscito a lo que a sus espaldas se ha venido concertando en La Habana por una camarilla que carece de toda titularidad para representarla. Y luego se pretende que el desarrollo normativo de esas estipulaciones  quede al arbitrio de un congreso emasculado, que no sería el mismo que aquellos eligieron en 2014, y de la voluntad omnímoda de un presidente erigido en dictador por ese mismo corpúsculo, todo ello dizque para facilitar la búsqueda de la paz con una guerrilla que viene agrediendo al pueblo colombiano desde hace más de medio siglo.

Del ordenamiento jurídico se espera un buen grado de racionalidad. Pero casi todo lo que se viene haciendo en aras de una ilusoria paz con las Farc desafía el buen sentido, que al tenor de los grandes juristas que en el mundo han sido debe presidir la creación, la interpretación y la aplicación del Derecho.

Santos y sus secuaces arrastran la juridicidad para tratar de  darles gusto a las Farc, desoyendo sabias y muy autorizadas opiniones como las que ha formulado el exmagistrado y hoy decano de la Facultad de Derecho de la UPB, el profesor Luis Fernando Álvarez, en sus artículos para “El Colombiano”.

En el más reciente de ellos pone el dedo en la llaga para señalar que el plebiscito que se pretende llevar a cabo para refrendar los acuerdos carece de fuerza jurídica vinculante, dado que este procedimiento de democracia participativa solo es idóneo para  “ para apoyar o rechazar una determinada decisión relacionada con políticas del ejecutivo que no requieran aprobación del Congreso”, mas no para pronunciarse sobre temas que sean de competencia de este, como los atinentes a reformas constitucionales y legales.(Vid. http://www.elcolombiano.com/opinion/columnistas/una-nueva-normita-BB3223056).

La reforma a la ley estatutaria que acaba de aprobarse en el Congreso para facilitar el tal plebiscito por la paz parece una maltrecha y deforme criatura traída al mundo mediante fórceps. Y las autoridades que representan la majestad de la Republica la ofrecen sumisamente a las Farc como prenda de su buena voluntad para entregarles en bandeja los derechos y las expectativas de los colombianos, pese a que los voceros de las mismas la desdeñan ignominiosamente diciendo que el tal plebiscito no les sirve, pues nada les garantiza ni es útil para lo que esperan que resulte de este proceso.(Vid. http://www.lafm.com.co/nacional/noticias/una-vez-m%C3%A1s-las-farc-rechazan-194140).

Los voceros de las Farc tienen en esto toda la razón. Lo que se les está brindando es un bastardo remedo de democracia y no la fórmula que estaría llamada a legitimar los profundos cambios políticos, económicos y sociales que esperan promover para justificar su más de medio siglo de lucha cruel, implacable y devastadora que ha cubierto de sangre la geografía colombiana.

Ellos saben bien que un plebiscito cuestionado en cuanto a sus consecuencias jurídicas y en el que hubiese una irrisoria participación ciudadana como la que espera la obtusa coalición que nos mal gobierna, no les daría el poder que ansían y más bien los confrontaría con el grueso de la población. En suma, de ahí no vendría la paz, sino otra guerra.

En el paupérrimo lenguaje de Santos, la expresión favorita que él usa para decir que alguien está equivocado es la de “tacar burro”, y eso es lo que a todas luces están haciendo él y sus paniaguados del congreso, la prensa, los gremios empresariales y otros más al promover estas iniciativas que, repito, bien parecen urdidas por alguno de los dramaturgos del Teatro del Absurdo.

Absurdo es, en efecto, ese plebiscito, en el que, de salir avante su convocatoria, lo cual pongo en duda, habrá que votar no, en lugar de abstenerse como lo aconsejan algunos.

Acudo en favor de esta solución a los muy juiciosos argumentos que ha esgrimido Eduardo Mackenzie en comunicación que nos dirigió a Juan David Escobar Valencia y a mí, la cual transcribo íntegramente , dada su importancia:

“2 de diciembre de 2015

Estimados Juan David y Jesús,

Lamento que el presidente Uribe, según nos dices, en lugar de proponer una línea ya para el CD de votar NO en el plebiscito, quiera abrir una discusión entre esa postura y otra de irnos a la abstención.

Eso, para mí sería un error. Si hay discusión habrá polarización (yo sé muy bien como “discutimos” los colombianos) y de eso no quedarán sino dos fracciones públicas del CD con posiciones divergentes. Es el mejor regalo que le podemos hacer a Santos y a las Farc.

Habría que hacer, por el contrario, un esfuerzo pedagógico, pienso yo, desde ya para que el partido adopte la única posición razonable: participar masivamente en el plebiscito y votar NO en el mismo.

Participar votando NO en el plebiscito, no quiere decir que estimamos que es un plebiscito muy bello y muy garantista y muy leal y todo lo demás. Votar NO no es legitimar al gobierno de Santos. En cambio, votar “si” termina siendo una legitimación, no de su gobierno, sino del peor aspecto de su gobierno, los pactos secretos con las Farc.

Ese plebiscito es un adefesio, desde luego. Es una improvisación santista tramposa y detestable. Pero no por eso vamos a cometer el mismo error de los venezolanos, como tú, muy sabiamente lo recuerdas: dejar el camino sin obstáculos a los totalitarios, no votar, creyendo que la indignación moral sola y el abstencionismo podrán vencer a los violentos en el poder.

A esos violentos hay que enfrentarlos con todo. Empecemos, al menos, por usar el enfrentamiento en las urnas y en las calles con manifestaciones pacíficas (cosa que el CD no ha querido organizar oficialmente como arma política, a pesar de que es un arma muy legítima. El derecho de reunión y el derecho de expresión son dos derechos consagrados por nuestro ordenamiento jurídico. Hacer abstención es renunciar al triunfo y renunciar a un derecho que habíamos conquistado.

Creo que hay que despejar otra confusión que, al menos, yo tengo. ¿Qué pasa si hay un 13% por el sí y hay un 14 o un 15% por el no?

Para mí, no hay duda, el sí perdió y ganó el no, en ese caso.

Me parece que algunos estiman otra cosa muy diferente, que si hay un 13% de votos por el sí, ya con eso ganó Santos aunque haya un guarismo más elevado por el no. Eso sería el colmo de los absurdos y de la antidemocracia: dejar que una minoría cuantitativa se imponga sobre una mayoría cuantitativa.

¿No creen que ese problema de falsa aritmética ronda en algunos espíritus?

Juan David, la abstención no solo sería inútil sino que sería fatal. La abstención es la mejor manera de dejarle ganar al bloque Santos-Farc.

Hay que recordar que en el plebiscito de 1957, que le puso fin a la guerra fratricida entre liberales y conservadores, y donde triunfó, por fortuna, el sí y muy ampliamente, la línea adoptada por el PCC en ese momento no fue de votar no, sino de recomendar votar en blanco, una forma de abstención, para que el plebiscito no pasara. Se equivocaron y perdieron. Los colombianos respondieron al llamado de la Junta Militar y de los partidos liberal y conservador. Pero los mamertos siguieron impulsando en los años siguientes la retórica de base de la abstención durante todo el periodo del Frente Nacional, para minar los dos grandes partidos, aunque ellos sí participaban en cada elección valiéndose de formaciones que aparecían como liberales o como conservadoras y, después, como anapistas. Ese juego que combinaba dos líneas fue devastador para la democracia colombiana. Ellos no han cambiado de óptica. Esa gente ahora podría lanzar lo de votar el “sí”, para sus clientelas electorales, y popularizar al mismo tiempo el voto en blanco, o la abstención a secas, entre los sectores de oposición, para que les dejemos ganar este plebiscito.

Quedo pendiente de sus comentarios, estimados Jesús y Juan David.

Cordialmente,

Eduardo”

 

Tal como lo manifesté en un escrito de hace días, creo que a pesar de todo lo dicho por Santos, la constituyente será inevitable y el debate que habrá que dar es sobre su integración, su elección y sus cometidos.

Pese a los peligros que entraña, me parece que en las circunstancias que nos rodean es mil veces más preferible esa solución que la dictadura que este congreso de descastados le está ofreciendo a Santos.

martes, 1 de diciembre de 2015

Marx a la carta

Hay dos comentarios de Raymond Aron sobre el marxismo que conviene traer a colación para lo que sigue.

El primero de ellos reza que el pensamiento de Marx es simple para los simples y sutil para los sutiles. El segundo señala que dicho pensamiento es inagotable y equívoco.

Significa ello que hay Marx para todos los gustos. Les sirve a los ignaros que necesitan apoyarse en cualquier armazón ideológica, pero también, a los que gustan de discutirlo todo al estilo de los famosos teólogos bizantinos que debatían hasta el cansancio sobre el sexo de los ángeles.

Hay muchos desarrollos posibles de lo que Marx dejó escrito con envidiable profusión, y es así como se habla, por ejemplo, del Marx joven y del Marx maduro para sustentar en el uno o en el otro diferentes posturas ideológicas que lo ubican bien dentro del humanismo, ora dentro del estructuralismo. De ahí la equivocidad de su pensamiento, tal como lo observa Aron.

Es un pensamiento que está vivo, no obstante la caída del comunismo en Europa oriental y sus inesperadas metamorfosis en el continente asiático.

En rigor, la revolución cultural que devasta al mundo occidental hoy en día, y de la que estamos padeciendo severos coletazos, se inspira en muy buena medida en el marxismo cultural, si bien en ella obran otros ingredientes, como los que proceden del pensamiento freudiano.

Recomiendo a propósito de ello dos interesantes artículos publicados hace poco en Crisis Magazine y en el sitio de Henry Makow: http://www.crisismagazine.com/2015/cultural-marxism-is-at-the-heart-of-our-moral-disintegration y http://henrymakow.com/2015/10/Guy-Carr-Globalists-are-Satanists%20.html.

El primero de ellos sitúa en el marxismo cultural que impulsó la famosa Escuela de Frankfurt y ha influido decisivamente en la educación pública norteamericana a través de la Universidad de Columbia, el núcleo de la desintegración moral de los Estados Unidos. Pero el segundo va más allá y destaca la influencia de Freud y de las hoy desacreditadas investigaciones de Kinsey en las transformaciones que ya en los años cincuenta del siglo pasado denunciaba el célebre sociólogo de origen ruso Pitirim Sorokin en “The American Sex Revolution”.(Vid.http://cliffstreet.org/index.php/writings-pitirim-sorokin/278-reviews/158-sorokin-american-sexual-revolution).

Guy Carr recuerda en “Pawns in the game” cómo Lenin proclamaba que “El mejor revolucionario es un joven absolutamente desprovisto de moralidad”, como los que, dicho sea de paso, nutren las filas de las Farc y han envejecido en ellas.

Quizás lo que ha perdurado del copioso arsenal ideológico del marxismo sea el tema de la emancipación del hombre. Pese a sus derivas totalitarias, el pensamiento de Marx se centra en la libertad humana y más precisamente en las condiciones sociales que a su juicio la hacen posible.

La lucha por la emancipación se libra contra las alienaciones que según creen Marx y sus seguidores le impiden al hombre ser él mismo y frustran lo que en términos heideggerianos sería su existencia auténtica. Se trata de liberarse de las cadenas de la naturaleza, de la historia, de la moralidad, de los convencionalismos sociales y, en suma, las que forja la idea de Dios.

Recordemos la conocida frase "Si Dios no existe, todo está permitido", que proclama Iván Karamazov, el desafiante personaje en que el vigoroso genio de Dostoievsky encarna al ateo revolucionario.(Vid. https://es.wikiquote.org/wiki/Los_hermanos_Karam%C3%A1zov).

Dios o el hombre, es la disyuntiva que plantea Sartre para afirmar su negación de Aquel, a quien, no obstante, terminó rindiéndose al final de su vida, gracias a los buenos oficios de un rabino que lo convenció de que en modo alguno “el hombre es una pasión absurda”, dado que es un ser que no solo se esfuerza en buscarle sentido a su existencia, sino que en efecto lo encuentra precisamente abandonándose a Dios.

Pues bien, a pesar de su manifiesto ateísmo, el pensamiento emancipatorio de Marx ha permeado al catolicismo a través de la Teología de la Liberación, sobre la cual acaba de publicar Julio Loredo de Izcue un importantísimo ensayo que con dicho título  presentó la semana pasada en la Universidad de Medellín.

“Teología de la Liberación, un salvavidas de plomo para los pobres” es un excelente aporte para entender el origen, el desarrollo, las vicisitudes y, sobre todo, las tesis y los entronques ideológicos de un movimiento que por obra de los ires y venires de la historia ha vuelto a ubicarse en posición preferente dentro de la Iglesia bajo el actual Pontificado.

El libro aclara que el papa Francisco no es seguidor de esa corriente teológica, sino de otra de raigambre argentina que se presenta como Teología del Pueblo. Pero las afinidades de una y otra lo han llevado a reivindicar el papel de los teólogos de la liberación que fueron marginados por los papas Juan Pablo II y Benedicto XVI.

Tiempo habrá más adelante para examinar las profundas divisiones que agrietan hoy en día la Barca del Pescador.

Me limitaré a mencionar la enorme herejía que proclaman los teólogos de la liberación al enseñar que “El comunismo y el Reino de Dios en la tierra son la misma cosa”. Así lo dijo Ernesto Cardenal, agregando que “La misión de la Iglesia es predicar el comunismo” (vid. página 148).

A la luz de estos teólogos, el Reino de Dios es una “utopía popular libertaria e igualitaria” (página 144).

Sus horizontes en nada difieren de los que plantea el pensamiento libertario contemporáneo, para el que, parafraseando las conocidas palabras de Lucrecio (“Homo homini lupus”),  bien cabe afirmar que “Homo homini deus” (“El hombre es dios para el hombre mismo”).

El libro en mención nos permite entender por qué ciertos sectores de la Iglesia colombiana  contemporizan con las Farc y el Eln, y hasta cooperan activamente con sus empresas subversivas.

Los interesados en este libro indispensable para el esclarecimiento de lo que significa la Teología de la Liberación en las palabras y en los hechos, pueden dirigirse al Centro Cultural Cruzada, cra. 30A No. 9-66, casa 102, teléfono 4174505, Medellín.

viernes, 27 de noviembre de 2015

La Ciudad de la Vida

Por generosa invitación de mi apreciado amigo Alonso Sanín Fonnegra, director de la Fundación Berta Arias de Botero (Fundarias), tuve el privilegio de asistir con distinguidas personalidades a la ceremonia de postura de la primera piedra de la construcción de la Ciudad de la Vida, ambicioso proyecto con que Fundarias aspira a poner en funcionamiento un centro gerontológico modelo con capacidad de atender dignamente a mil ancianos.

El proyecto arquitectónico, diseñado por el recientemente fallecido arquitecto Cristian Sarria Molina, se desarrollará en el corregimiento de El Hatillo, municipio de Barbosa, Antioquia.

La idea es convertir la Ciudad de la Vida en un centro de pensamiento que tendrá la vejez como recurso, desarrollando el mejor centro de gerontología para Latinoamérica  con miras a generar conocimiento alrededor de la vejez y así poderlo irradiar hacia otros centros, prestar asistencia integral a ancianos en condiciones de vulnerabilidad, y asistencia técnica a instituciones similares, según reza el folleto explicativo del proyecto.

Fundarias se propone con ello hacer que la sociedad entienda y reconozca la vejez como un recurso y no como una carga, de suerte que los ancianos sean incluidos y valorados como lo merecen.

Para ambientar el evento, se llevó a cabo un estimulante coloquio acerca de la condición  de los ancianos en nuestra sociedad, su importancia para la misma y las acciones que deberían emprenderse para asegurar su bienestar y aprovechar los aportes que ellos puedan hacer en pro del bien común.

La triste realidad de los tiempos que corren da cuenta del menosprecio y el abandono que sufre la llamada Tercera Edad, tanto de parte de las familias como de las políticas públicas.

A medida que aquellas se van desintegrando en medio de la crisis de valores reinante hoy día, a los ancianos se los va relegando a lo que un diciente verso de Homero Manzí llama “el rincón de los recuerdos muertos”, o sea, una especie de cuarto de San Alejo de la sociedad.

Hay en “La culpa es de la vaca”, preciosísimo libro que Jaime Lopera y su esposa Marta Inés Bernal escribieron para promover la reflexión sobre valores cuyo deterioro amenaza con arruinar la convivencia en los tiempos que corren, un elocuente capítulo que ilustra sobre esta deplorable realidad.

Su título es “El Tazón de Madera” y viene con este epígrafe:

“Las culturas orientales han respetado a los ancianos de una manera especial. Los consideran una fuente de sabiduría y los honran por lo que hicieron en la vida. Occidente ha perdido el sentido del valor del anciano. Recordemos que si nos va bien, nosotros también llegaremos allá”.

Era frecuente hace años que en el seno de las familias convivieran varias generaciones, de suerte que hubiese un saludable intercambio entre ellas. Los niños podían entonces beneficiarse de los ejemplos, la orientación y el apoyo de los viejos, y estos a su vez gozaban del afecto y la alegría de los menores.

Lo que hoy se advierte es la existencia de una penosa brecha generacional que suscita el aislamiento de la ancianidad, con todas las implicaciones negativas que de ahí se siguen.

La desatención de las familias por sus ancianos no se ve compensada por las políticas públicas, que como lo pusieron de presente en sus doctas exposiciones Gabriel Poveda Ramos y José Alvear Sanín, entre otros, acusan por decir lo menos una escandalosa indolencia para ocuparse de ellos, como si de desechos sociales se tratase.

¿No dio a entender hace algún tiempo el hoy flamante ministro de Salud que la Tercera Edad amenaza con constituir una carga insoportable para la economía?

Ya nos llegarán, y no en un futuro remoto, las soluciones finales para la cuestión de la senectud, sobre la base de la legalización de la eutanasia y el suicidio asistido o estimulado, tal como hoy lo vemos en Bélgica, Holanda, Suiza y otros países en los que se está imponiendo una cultura de desprecio por la vida, so pretexto de la defensa de la dignidad humana.

Un escrito reciente, reproducido en Belgicatho, ilustra sobre las aterradoras tendencias que se están desarrollando a partir de ahí.

Se habla en él acerca de la propuesta que parece estar haciendo carrera en el sentido de facilitar el acceso libre y gratuito de la “píldora de la muerte” a los mayores de 70 años (Vid.http://belgicatho.hautetfort.com/archive/2015/11/23/la-pilule-de-la-mort-en-acces-libre-et-gratuit-aux-plus-de-7-5720971.html).

Hay que saludar, pues, con entusiasmo la loable iniciativa de Fundarias, que va en contravía de la cultura de la muerte que promueven hoy los mal llamados progresistas.

martes, 24 de noviembre de 2015

Un prodigio de blandura

Por amable invitación del Club Campestre de Medellín tuve oportunidad de participar con mis apreciados amigos Rafael Uribe Uribe y José Alvear Sanín en un importante evento que se programó con el propósito de analizar con sus socios el proceso de paz que se adelanta en La Habana.

Mi exposición versó sobre los siguientes temas:

1-Juan Gómez Martínez dijo hace poco que en sus ochenta años de vida nunca había presenciado una situación de tanto riesgo para Colombia como la que ahora vivimos a raíz de los diálogos que ha entablado el gobierno del presidente Juan Manuel Santos con las Farc.

2- Es una situación que exige que la ciudadanía reflexiones cuidadosamente acerca de sus posibles desarrollos, por cuanto los mismos podrían afectar decisivamente la vida de todos.

3- Los socios del Club hacen parte de la clase dirigente del país. Es una clase que goza, desde luego, de múltiples ventajas que no es del caso enumerar en esta oportunidad, pues saltan a la vista. Pero esas ventajas acarrean responsabilidades. Y la principal responsabilidad de una clase dirigente es precisamente la de dirigir. Para ello, se hace menester que ´se informe adecuadamente de las situaciones que vive la sociedad colombiana y reflexione con buen criterio sobre ellas.

4- Lo primero que hay que examinar es la naturaleza de los conflictos que padece la sociedad colombiana. Hay una presentación muy simplista que trata de hacernos ver que el conflicto básico es entre las Farc y otros grupos insurgentes contra las autoridades legítimas del Estado. Esa es apenas una parte de la situación conflictiva que nos aqueja. En realidad, hay muchos actores violentos en juego, como las bacrim y los grupos delincuenciales que actúan sobre todo en las ciudades. Es un cuadro muy complejo que pone de manifiesto las múltiples debilidades de nuestra configuración social, una crisis generalizada de autoridad y la presencia conspicua del narcotráfico, que es, según lo ha reiterado hasta el cansancio el expresidente Uribe Vélez, el combustible que alimenta todas nuestras guerras.

5- Se sigue de ahí que un acuerdo bueno, regular o malo con las Farc no promete la paz, dado que apenas alcanzaría a solucionar quizás una parte del gran problema de deterioro del tejido social en nuestro país.

6- Las Farc no son , como parecen creerlo ciertos pastores de la Iglesia, unas ovejas descarriadas, sino lobos feroces que eventualmente pueden disfrazarse de ovejas. En efecto:

- Son una organización revolucionaria marxista-leninista fuertemente aferrada a esa ideología. De hecho, son unos fundamentalistas que aspiran a la toma del poder para imponernos un régimen totalitario y liberticida.

- Es una organización terrorista que ha dado atroces muestras de crueldad.

- En el ámbito internacional se considera, en fin, que son la segunda o tercera organización terrorista más rica del mundo, después de Isis, y una de las organizaciones narcotraficantes que lideran la producción y el comercio de la cocaína.

-Características suyas son la mendacidad, la brutalidad  y el cinismo, que suscitan justificada desconfianza acerca de la sinceridad de sus propósitos.

7- El gobierno del presidente Juan Manuel Santos ha cometido graves errores en la negociación con las Farc. El primero de ellos fue equipararlas a las autoridades legítimas del Estado. Después ha habido una seguidilla de claudicaciones que han convertido en letra muerta los tales inamovibles que dijo haber trazado aquel en su discurso de posesión del 7 de agosto de 2010.(Vid. http://wsp.presidencia.gov.co/Prensa/2010/Agosto/Paginas/20100807_15.aspx).

8-Ignoró el presidente Juan Manuel Santos dos serias recomendaciones que había hecho desde tiempo atrás el hoy finado presidente López Michelsen, a saber:

-Que para entrar en negociaciones con las Farc era necesario doblegarlas primero. Eso lo logró el expresidente Uribe Vélez bajo su gobierno, pero el presidente Santos dejó perder la ventaja que aquel había conseguido.

-Que hay guerras que no se pierden en los campos de batalla, sino en las mesas de negociación. Así sucedió con la de Vietnam y lo mismo está ocurriendo hoy por hoy en Colombia.

9-Ya es claro que las Farc solo firmarán un acuerdo que les brinde la posibilidad de tomarse rápidamente el poder en virtud de las ventajas que se les otorguen, a las cuales se agregarían los ingentes recursos que poseen debido al narcotráfico y la minería ilegal, así como su infiltración en distintos escenarios institucionales y el dominio que han recuperado sobre vastos territorios de nuestro país.

10- Es cierto que Colombia padece severas deficiencias en materia de justicia social. Hay inequidad, pobreza  extrema, desempleo, desnutrición, crisis de la salud, etc. Sus indicadores son deficientes.

Pero la fórmula socialista que ofrecen las Farc ha mostrado que no resuelve esta problemática, sino que más bien la agrava. Ya es claro que sin libre empresa y economía de mercado no hay desarrollo posible.

Otra cosa es orientar los frutos del crecimiento hacia la mejoría de la calidad de vida de los diferentes sectores de la población.

Los hechos son tozudos: Cuba y Venezuela demuestran el fracaso del socialismo, como lo demostraron también la Unión Soviética, los países de Europa oriental, China y Vietnam, así como los países africanos que lo adoptaron después de la descolonización.

Por consiguiente, es irresponsable proponer que para que las Farc supuestamente cesen sus agresiones contra la institucionalidad colombiana y sus depredaciones contra la población, y se convenga la desmovilización de sus frentes, la dejación de sus armas y su inserción en la vida política normal, sea necesario entregarles a cambio las libertades que harían posible el desarrollo ordenado y equitativo de la economía colombiana.

11- Ciertas medidas que se están proponiendo dizque para resolver los problemas del agro, como la multiplicación de las zonas de reserva campesina, la elevación de los avalúos catastrales y la revisión de todos los títulos de propiedad con miras recuperar las tierras usurpadas por paramilitares, narcotraficantes y otros delincuentes, si se las maneja sin las debidas precauciones suscitarán nuevos y quizás  peores focos de violencia que los que se pretende superar mediante ellas.

12- Decir que el problema del narcotráfico se resolverá dándoles a las Farc la posibilidad de que sean ellas las encargadas de convencer a los campesinos cultivadores de coca para que accedan a la sustitución de esos cultivos por otros que sean benéficos para la sociedad, equivalen simple y llanamente a amarrar gato con longaniza.

A las Farc no se les está exigiendo que entreguen los capitales mal habidos, ni las rutas del narcotráfico. Y se les ofrece, además, algo estrambótico a más no poder: que el narcotráfico que han ejercido a troche y moche goce del tratamiento de favor del delito político por su conexidad con el mismo.

13- Se supone que Colombia vive bajo un régimen de democracia. Pero nada más alejado de esta que las profundas y todavía desconocidas transformaciones que se están cocinando en La Habana.

Este proceso se inició y desarrolló contrariando el voto abrumadoramente mayoritario que se depositó en 2010 por la continuidad de la seguridad democrática.

Su gestación obedeció a la voluntad del presidente Santos y una reducida camarilla que lo rodea. Se lo ha llevado a cabo en medio de mentiras, traiciones, disimulo y secreto, de modo que la opinión pública se ha mantenido desinformada acerca de sus conclusiones.

Ahora se tramita en el Congreso un proyecto de Acto Legislativo reformatorio de la Constitución Política en virtud del cual los acuerdos a que se llegare con las Farc se decidirán solo por una fracción del cuerpo legislativo, con prerrogativas exorbitantes en favor del Presidente y el otorgamiento al mismo de facultades tan amplias e incontroladas que harían de él un verdadero dictador.

No obstante la promesa que desde el principio se hizo acerca de que los acuerdos se someterían a refrendación popular, el gobierno ha venido dando palos de ciego respecto del mecanismo idóneo para dicho efecto.

En este momento promueve un plebiscito para cuya validez está solicitando que se reduzca a la mitad el umbral que señala la Ley Estatutaria vigente, lo que equivaldría a consagrar la democracia al 13% (vid. http://periodicodebate.com/index.php/opinion/columnistas-internacionales/item/10168-colombia-la-democracia-al-13).

Pero como las Farc saben que el plebiscito no es el instrumento adecuado para legitimar los acuerdos que le darían pie para tomarse el poder por una vía legítima,fuera de que con una votación irrisoria en favor de los mismos tendrían que enfrentar a una ciudadanía escéptica e incluso opuesta a sus designios, insisten en que el modus operandi de la refrendación popular sea convenido con ellas y consista en una asamblea constituyente.

Mas esta asamblea no sería elegida de conformidad con los principios que consagra nuestro sistema electoral, sino de acuerdo con su peculiar concepción de la democracia, que no reposa sobre el voto individual, sino sobre el de organizaciones sociales que ellas controlarían.

No cabe duda de que el gobierno terminará aceptando las exigencias del narcoterrorismo, pues está urgido de llegar a un acuerdo con sus líderes.

En dos palabras, la suerte de Colombia está en vilo y su clase dirigente parece no haberse percatado de ello.

La institucionalidad democrática se está viendo severamente distorsionada con estos ejercicios de mala imaginación conducentes a formalizar unos acuerdos concebidos a espaldas de la opinión mayoritaria de los colombianos.

Mejor dicho, todas las instituciones jurídico-políticas amenazan ruina a causa de la trapisonda gubernamental.

14- Ahora se está poniendo de manifiesto una nueva y ominosa perspectiva, derivada de la pretensión de las Farc de ubicar estos acuerdos dentro de la categoría de los acuerdos especiales contemplados por el Derecho Internacional Humanitario para regular los conflictos internos.

De hacer carrera esta tesis, lo cual es bastante probable dada la abyecta actitud del gobierno frente a los narcoterroristas,  no se requeriría ni siquiera la ratificación por parte del Congreso de lo que se llegare a convenir en La Habana, ni muchísimo menos la refrendación popular. Es una tesis que ya ha venido siendo sugerida por el Fiscal.

15- A propósito de todo esto, conviene recordar un debate que le hizo Churchill al primer ministro McDonald en torno del estatuto que se discutía hace unos noventa años en el parlamento británico sobre el estatuto de la India.

Palabra más palabra menos, dijo en ese entonces el ilustre estadista lo siguiente:

“Cuando era niño, se presentaba en los circos un espectáculo repulsivo. Se trataba de un individuo al que se exhibía como el “Hombre sin huesos”. Como tal, era una masa informe con menguada apariencia humana, una verdadera monstruosidad. Mis padres, con sobra de razones, no me permitieron presenciar ese horrible espectáculo, pues temían que pudiera afectarme severamente. Pero hoy, para sorpresa mía, lo tengo a la vista ocupando en el sillón del Primer Ministro del Imperio Británico.¡Usted, señor McDonald, es un prodigio de blandura!”.

Ya en los circos, por consideraciones atinentes a la dignidad humana, no se permite explotar estas monstruosidades. Pero ellas se dan en el escenario de la moralidad y, para no ir muy lejos, aquí tenemos una de ellas ocupando lo que con cierta ampulosidad llamamos el solio presidencial en la Casa de Nariño.

Usted, señor Santos, es un prodigio de blandura.

16- Con justificada preocupación la gente pregunta qué hacer.

Lo primero, que despierte; lo segundo, que reaccione.

Llegará el momento no lejano en que la ciudadanía tendrá que ejercer la resistencia civil. Tal vez ello no pueda esperarse de una dirigencia amorcillada, pero sí de la gente del común, especialmente la clase media y la gente del campo, que son la más llamadas a sufrir la tiranía de las Farc.

¡COLOMBIA, DESPIERTA ANTES DE QUE SEA DEMASIADO TARDE!

martes, 17 de noviembre de 2015

Cortigiani, vil razza dannata

 

Viene a mi memoria lo difícil que era presentarse como liberal en la universidad pública cuando hice mis estudios de Derecho en la primera mitad de la década del sesenta en el siglo pasado. Y si a ello se agregaban la condición de católico practicante y la pertenencia a una familia por ese entonces distinguida, la discriminación que se sufría, vecina del matoneo de que ahora se tanto se habla, se acentuaba aún más.

Recuerdo que muchos de mis compañeros, más o menos influenciados por los dogmas del marxismo-leninismo, consideraban anatema la defensa del sistema de libertades y los procedimientos democráticos consagrados en la Constitución, pues sostenían que eran meramente formales e irreales. Y, por supuesto, les resultaba intolerable apoyar la economía de mercado, que para ellos era la fuente de todos los males de la sociedad.

Eran los años iniciales de la Revolución Cubana, que para ellos representaba la ilusión de una sociedad verdaderamente libre y justa, en la cual podrían lograrse las esperanzas de una patria soberana, una democracia verdaderamente actuante, un progreso social nítido en todos los órdenes, acompañado de mejorías sustanciales en la calidad de vida de toda la población y la garantía de libertades reales para todos en el seno de una sociedad igualitaria.

No pocos de mis compañeros despreciaban la Constitución como un texto obsoleto y oligárquico. Alguno llegó a decirme que al pueblo no le interesaban las libertades, sino el pan. Y cuando uno replicaba censurando la violencia castrista, la respuesta que se dejaba venir era justificativa de la misma. Sus ideales legitimaban, según su parecer, todos los atropellos: el paredón, el encarcelamiento de los opositores, la privación de todo derecho de defensa, la eliminación de la libertad de opinar, la desaparición de los derechos políticos, el exilio forzado, etc.

Traigo esto a cuento porque desde aquella época en el sistema educativo, tanto el público como después el privado, se impuso una visión en extremo sesgada hacia la izquierda de la sociedad y, por ende, de la política y la economía.

Al tenor de esa visión, se consideraba, y se sigue considerando todavía, que la sociedad justa es la socialista y que la sociedad liberal adolece de un severo déficit estimativo por las desigualdades que inevitablemente suscita. El rechazo moral a la misma ha justificado a los ojos de unos la acción violenta de los movimientos subversivos. Otros no apoyan la respuesta armada, pero ven con simpatía sus propósitos y experimentan desgano frente a la institucionalidad demoliberal y el régimen de libre empresa.

Muchos de los que así piensan hacen parte de hecho de una dañina secta, la de los “mamertos”, que se ha enquistado en distintos escenarios de la colectividad, incluso en los más influyentes, tales como las instituciones educativas, las judiciales, la burocracia administrativa, los cuerpos colegiados de elección popular, los partidos políticos, la prensa, la elite empresarial o la jerarquía eclesiástica.

Esa secta configura en el fondo una quinta columna dentro del Estado y las demás instituciones, que enerva su defensa frente a los embates de una subversión con la que a la hora de la verdad se siente identificada en cuanto a sus propósitos, cuando no en sus procedimientos.

Hace algunos meses circuló un documento atribuido a las Farc en el que su Secretariado les comunicaba a sus frentes que se iniciarían negociaciones con el gobierno de Juan Manuel Santos, pues este les había hecho saber que coincidía con sus diagnósticos sobre la sociedad colombiana, aunque sin compartir sus procedimientos violentos. Santos sería entonces uno de los capos de esa secta de los “mamertos” y por eso no serían extrañas las claudicaciones en que ha incurrido en su trato con los negociadores de tan perversa organización criminal.

En su “Plaidoyer pour l’Europe décadente” señalaba Raymond Aron que uno de los factores de debilidad de los países de Europa occidental, sobre todo Francia, frente a las amenazas de la Europa del este, radicaba en el “sinistrismo” de la intelectualidad, que disculpaba los excesos en que incurrían los regímenes de izquierda y censuraba con acritud los mismos excesos si provenían de la derecha.(Vid.http://rogergaraudy.blogspot.com.co/2010/12/leurope-vue-par-le-lannou-aron-et.html).

Colombia es víctima de ese mismo “sinistrismo”, que al decir del procurador Ordóñez “llora por un solo ojo”.

Dan ganas de lanzarles a esos “mamertos” la injuriosa imprecación de Rigoletto a los cortesanos:”Vil razza dannata”.

Es, en efecto, enorme el daño que hacen. Por obra suya, caeremos en el despeñadero del populismo, cuando no del comunismo.

lunes, 16 de noviembre de 2015

Moral y salud pública

En mi reciente intervención en el seminario sobre mística que se celebró en la Universidad Católica de Oriente recordé el célebre pasaje en que Kant declara su asombro ante dos fenómenos impactantes: el maravilloso orden que se pone de manifiesto en el cielo estrellado y la presencia de la ley moral en el interior del hombre.

El primero de ellos toca con la legalidad que rige inexorablemente el mundo natural en todas sus esferas y hace posible la ciencia. Si la naturaleza no estuviera ordenada conforme a leyes susceptibles de descubrirse mediante el ejercicio combinado de la experiencia y el razonamiento, la ciencia sería tan solo un cúmulo de proposiciones más o menos arbitrarias, meras conjeturas y no certidumbres.

Kant encuentra que el fenómeno humano escapa de cierto modo a ese orden inexorable de la naturaleza, por cuanto en el mismo se hace presente la libertad. Pero, a su juicio, ese precioso atributo está regulado por el orden moral, que es de índole racional. Si la naturaleza está regida por leyes deterministas (asunto que hoy se pone en duda, por lo menos en los niveles macro y micro de la realidad), la acción humana lo está por normatividades racionales, tal como lo postularon los grandes filósofos de la Antigüedad clásica y, después, los Padres de la Iglesia y sus sucesores en esa ingente tarea de explorar el fundamento racional de la Civilización.

La racionalidad moral, que toma atenta nota de la libertad  para guiarla de modo que conduzca al ser humano hacia su cabal realización, se proyecta tanto en la conducta individual como en la ordenación de la sociedad.

Respecto de la primera, su función consiste en buscar la armonía del individuo consigo mismo, esto es, su paz interior. Esta es resultado de una vida espiritual intensa, que conlleva el amor, entendido este en la más elevada de sus acepciones. La plenitud de vida no es la satisfacción de los apetitos naturales ni la hipertrofia del ego, sino la trascendencia del individuo natural hacia la personalidad moral en que se pone de manifiesto la realidad del espíritu. La ley moral apunta, en consecuencia, hacia la santidad.

Pero la moralidad, tal como siempre se consideró hasta que el individualismo y el relativismo corroyeron el pensamiento de muchos, tiene también funciones sociales muy significativas, que se traducen en un viejo y venerable concepto que los juristas de hoy desdeñan: el de las buenas costumbres que sustentan el buen orden de las colectividades.

Para el pensamiento clásico, el bien individual es inconcebible sin el bien de la sociedad, pues solo una sociedad rectamente ordenada hace viable la vida buena de los individuos. Ese concepto de vida buena es, valga la ocasión para recordarlo, clave en el pensamiento político de Aristóteles, el viejo Aristóteles a quien con familiaridad, pero con enorme admiración, solía referirme en mis cursos de Teoría Constitucional y de Filosofía del Derecho.

La moralidad, sea que se la mire desde la perspectiva individual o desde la comunitaria, se proyecta entonces sobre todos los aspectos de la vida humana, de suerte que ninguno escapa a ella.

No es un fenómeno adventicio, algo así como un adorno de individuos y colectividades, sino algo constitutivo de la existencia humana. Somos necesariamente sujetos morales, a punto tal que ha podido afirmarse, con sobra de razones, que cada individuo se define, en últimas, como resultado de aquello en que cree, aquello que valora, aquello que guía para bien o para mal su comportamiento.

Es cierto que la mentalidad dominante hoy en día se inclina por distintas vertientes a demeritar la realidad moral. El relativismo es, en efecto, un disolvente del orden moral en los individuos y las comunidades. Conlleva la idea de que hay parcelas morales, esto es, escenarios de la vida humana que están regidos por moralidades diferentes e incluso antitéticas, y hasta sectores en los que el orden moral debe excluirse.

Así, unos piensan, con Maquiavelo y sus seguidores, que la política y la moral van por caminos opuestos; otros afirman lo mismo acerca de las relaciones entre derecho y moral, o las de esta con la economía. Y el abandono o el demérito de la noción de buenas costumbres ha conducido a que se afirme a rajatabla que el orden moral no rige para las relaciones familiares y muchísimo menos para la vida sexual. O, si alguno rige, es el imperativo de la tolerancia y el respeto por el fuero íntimo de cada uno, así como por las libres decisiones (“Free Choice”) de adultos que solo tienen que responder ante sí mismos y no ante sus semejantes.

Esta perversión de la idea de moralidad hace posible que un sujeto que se cree que es ilustrado y ejerce enorme influencia sobre la sociedad, como lo es el ministro de Salud, Alejandro Gaviria, diga con pasmoso simplismo que el aborto legal no implica una cuestión moral, sino un problema de salud pública, según puede leerse en “El Colombiano” de hoy, página 10.

Es poco probable que este tosco funcionario haya leído lo que escribió don José Ortega y Gasset en “Misión de la Universidad” sobre los bárbaros ilustrados.(Vid. http://www.esi2.us.es/~fabio/mision.pdf). De haberlo leído, tal vez matizaría más sensatamente sus declaraciones, pues, si bien es cierto que los problemas de salud pública entrañan discusiones morales a menudo muy complejas, el tema del aborto implica además consideraciones de fondo acerca de la inviolabilidad de la  vida humana que se consagra en el artículo  11 de la Constitución Política que el funcionario juró solemnemente respetar y defender, fuera de otras muchas cuestiones de no poca monta.

Viene a mi memoria lo que dijo premonitariamente Raymond Aron poco antes de su muerte en un serio reportaje que dio  para “L’Express”:"La civilización occidental marcha hacia su ruina: ya quiere aceptar el aborto".

Europa no se reproduce; los musulmanes, en cambio, son prolíficos y la están invadiendo de modo inevitable e inclemente (Vid. http://forosdelavirgen.org/98347/migracion-musulmana/).

viernes, 13 de noviembre de 2015

La libertad en peligro

 

En su célebre discurso de Gettysburg, que bien convendría que repasara Juan Manuel Santos, si es que alguna vez lo leyó, el presidente Lincoln definió la democracia como “el gobierno del pueblo, por el pueblo y para el pueblo”. (Vid.http://amhistory.si.edu/docs/GettysburgAddress_spanish.pdf)

La definición es impactante, pero si se la examina cuidadosamente a la luz de las realidades, no deja de dar pie para algunas glosas.

En primer término, aunque según la etimología la democracia es, en efecto, el gobierno del pueblo, hay que convenir acto seguido en que el pueblo muy rara vez se gobierna a sí mismo, pues siempre dará lugar a que se establezca en su interior una distinción ineludible entre gobernantes y gobernados.

En rigor, cuando se habla de democracia se alude a cierto tipo de regímenes en los que los gobernantes derivan de diversas maneras la legitimidad de su poder del consenso de los gobernados. En su “Democracia y Totalitarismo”, Raymond Aron pone énfasis en que aquella se caracteriza por la apertura de las elites.(Vid.http://www7.uc.cl/icp/revista/pdf/rev61/ar1.pdf).

En segundo término, el pueblo no deja de ser un producto de la imaginación, digno de figurar en “El Libro de los seres imaginarios” que escribió Jorge Luis Borges con la colaboración de Margarita Guerrero (Vid. http://biblio3.url.edu.gt/Libros/borges/imaginarios.pdf).

Lo que hay en realidad son individuos humanos que se agrupan en colectivos muy diversos, y a la sumatoria de los que habitan en un territorio dado o guardan con el mismo nexos afectivos que hacen que lo consideren como su patria, es a lo que se denomina pueblo. Pero ello no quiere decir que exista algo como el “Volkgeist” o espíritu popular que el romanticismo alemán predicaba en el siglo XIX, ni como la famosa, irreal y totalitaria Voluntad General que Rousseau consideraba como titular de la soberanía.

Según lo recuerda también Aron, es a  Georg Simmel, entre otros, a quien se debe esta observación, la cual confiere sólido fundamento a la democracia pluralista.

Lo que asegura la configuración y la continuidad de un régimen político no es una voluntad popular, sino el acuerdo o el consenso de múltiples actores individuales y colectivos que no por ello renuncian a sus respectivas identidades para subsumirlas en alguna unidad de más alto rango. De hecho, la unidad estatal tiene que contar con los pareceres muy variados de las colectividades menores de muchas clases que se agrupan en su seno.(Vid.http://colegiodesociologosperu.org/nw/biblioteca/Cuestiones%20Fundamentales%20de%20Sociologia%20-%20Simmel.pdf).

Este dato fundamental debe retenerse para analizar y comprender la realidad colombiana, que es la de “una nación a pesar de sí misma” y “un país fragmentado y una sociedad dividida”, tal como lo han hecho ver los historiadores que mejor se han ocupado de explorar nuestro devenir. Para más detalles, remito al lector a mi artículo “Colombia Invertebrada”, que publiqué no hace mucho en este blog.

Pero aún centrando el concepto de democracia en la idea de pueblo, en la práctica se dan por lo menos tres versiones diferentes, a saber:

-La democracia como régimen en que gobiernan los que el pueblo elige.

-La democracia como régimen en que se gobierna como el pueblo quiere.

-La democracia como régimen en que se gobierna de acuerdo con lo que el pueblo necesita.

La primera versión apunta hacia los regímenes electivos. Pero el hecho de que haya elecciones no significa que los elegidos asuman compromisos nítidos con sus electores, a quienes aquellos no pocas veces manipulan, engañan y traicionan, tal como lo muestra de modo fehaciente la realidad colombiana actual.

La falta de compromiso responsable de los elegidos frente a los electores conduce a demeritar los regímenes meramente electivos y a proponer que, en aras de una democracia que sea real y no meramente formal, aquellos se apliquen a satisfacer las demandas populares tal como las mismas se ponen de manifiesto. Aparecen entonces los regímenes populistas, a los que hace referencia un artículo reciente del profesor Francisco Cortés Rodas cuya lectura recomiendo  (Vid.http://www.elcolombiano.com/opinion/columnistas/la-crisis-de-la-izquierda-AJ3092233).

Ahí se menciona el caso paradigmático del populismo latinoamericano que lideró Juan Domingo Perón en Argentina.

La concepción comunista de la democracia está muy lejos del populismo. Su énfasis radica en lo que ellos consideran que son las necesidades fundamentales de los pueblos, que no siempre coinciden con lo que estos reclaman.

Quienes se apliquen a estudiar la dogmática comunista se encontrarán con los muy ardorosos debates que en su interior se han librado para identificar cuáles son esas necesidades y quiénes son los legitimados para interpretarlas y darles curso.

La respuesta a lo último suele ser la siguiente: la capa más consciente de las clases oprimidas y que, por ello, debe ir a la vanguardia de sus luchas emancipatorias. Esta consideración es lo que legitima la dictadura del proletariado o, simple y llanamente, la de quienes, como los Castro, se autoerigen como intérpretes calificadísimos de las necesidades objetivas de los oprimidos.

Frente a estas pretensiones se esgrimen unas consideraciones elementales, como la que señala que el más calificado para saber qué es lo que necesita es precisamente quien experimenta la necesidad, o la que hace ver que para resolver las necesidades comunitarias el punto de partida es permitirles a las personas que las expresen y deliberen sobre ellas libremente.

Colombia está ad portas de modificar sustancialmente el diseño institucional de su democracia. La meramente electiva está corrompida y desacreditada. Y lo que parece dejarse venir es el populismo del Foro de San Pablo o el totalitarismo mondo y lirondo que impera en Cuba. Ya somos muy pocos los que pensamos con el presidente Lincoln que merece lucharse para que “esta nación, bajo la ayuda de Dios, vea renacer la libertad”.

lunes, 9 de noviembre de 2015

Como juega el gato maula con el mísero ratón

Esta  conocida figura de Celedonio Esteban Flores, el célebre “Negro Cele”, viene como anillo al dedo para ilustrar el grado de dominio que ejerce el narcoterrorismo de las Farc sobre Juan Manuel Santos, quien como Jefe de Estado supuestamente simboliza la unidad nacional y, al jurar el cumplimiento de la Constitución y de las leyes, está obligado a garantizar los derechos y las libertades de todos los colombianos, según lo dispone el artículo 188 de nuestra Constitución Política.

Ya nadie duda de que el proceso de diálogos con las Farc en La Habana no es otra cosa que una seguidilla de claudicaciones de quien dice representar la soberanía popular, frente a un puñado de criminales que las naciones civilizadas señalan como promotores de más de la mitad del tráfico de cocaína en el mundo y los califican como terroristas.

Circula una caricatura que lo dice todo, en la que aparece Santos abanicando en una playa cubana a alias Iván Márquez y preguntándole con obsecuencia de mesero si se le ofrece algo más.

Santos es, en definitiva, un pelele, un fantoche, un mísero ratón.

Sin embargo, como bien lo ha señalado Fernando Londoño Hoyos en “La Hora de la Verdad”, exhibe ínfulas de un Julio César o de un Napoleón que lo llevan a pedirle al Congreso, después de emascularlo, poderes dictatoriales que pretende legitimar por medio de un plebiscito, con el propósito de llevar a cabo, él solo, su proditorio empeño de someter a la férula de las Farc al pueblo cuyos derechos y libertades juró solemnemente defender.

El proyecto de acto legislativo que sobre el tema se discute hoy en el Congreso implica nada menos lo que en fallo histórico la Corte Constitucional ha llamado una iniciativa de subversión de la Constitución.

Léase bien: de acuerdo con jurisprudencia que en otros escritos de este blog he citado sobre el particular, el contenido de ese nefando proyecto no es una mera reforma de la Constitución vigente y ni siquiera entraña una nueva Constitución, sino que es la subversión del ordenamiento constitucional.

¿A quién se le ocurre que si el Congreso capitisdisminudo no reprueba por mayoría absoluta de sus miembros una iniciativa gubernamental, esta deberá entenderse aprobada por cualquier número de votos que se depositen en su favor?

¿Y a quién más puede ocurrírsele que a un gobernante tan desacreditado como Santos podrían otorgársele poderes plenos para dictar todos los estatutos que se requirieren para dar pleno efecto normativo a lo que se acordare con los narcoterroristas de las Farc en La Habana?

Todos los que la Corte Constitucional ha considerado que son los “elementos basilares” de nuestra institucionalidad política sufrirían severísima mengua  de aprobarse este esperpento.

Pero hay mucha más tela para cortar en este delicadísimo asunto.

Los promotores de la claudicación pretenden justificarla bajo el sagrado manto de la paz,  olvidando que todos estos desafueros no harán otra cosa que  favorecer a las Farc, no para instaurar un régimen de convivencia pacífica con las demás fuerzas políticas, sino en su proyecto final de tomarse del poder.

Se olvida, además, que lo que está en marcha suscitará la indignación de buena parte de la ciudadanía cuando esta se percate de lo que realmente ello significa, y que unos acuerdos con las Farc no garantizan en modo alguno la paz, dado que en el país obran hoy otros actores violentos cuya fuerza está creciendo de modo alarmante. Se trata de las tristemente célebres “Bacrim”, que agrupan a quienes viven del narcotráfico, los remanentes de las autodefensas y los integrantes de Farc-Eln reacios a las estipulaciones de La Habana.

¿Qué podría hacerse frente a estos fenómenos con una fuerza pública disminuida, desmoralizada y desprestigiada, y con un aparato judicial politizado y corrompido hasta la médula?

El grado de desinsititucionalización a que está llevando Santos al país, es alarmante en grado sumo. Y lo más grave es que se trata de una tendencia que ya parece irreversible.

En algún escrito anterior pregunté quién le pone el cascabel al gato para frenar y enderezar este proceso de disolución de nuestra Colombia. El asunto hay es más inquietante, pues ya de lo que se trata es de ponérselo a ese gato maula que son las Farc.

¡COLOMBIA, DESPIERTA ANTES DE QUE SEA DEMASIADO TARDE!

miércoles, 4 de noviembre de 2015

Un Despliegue de Maldad

Recomiendo a mis lectores este excelente artículo de Francisco Cortés Rodas, Director del Instituto de Filosofía de la Universidad de Antioquia, que publicó ayer “El Colombiano” bajo el título de “El Olvido de las Víctimas”:

http://www.elcolombiano.com/opinion/columnistas/el-olvido-de-las-victimas-LI3028481

Ahí se hace hincapié en un elemento que es ineludible para que haya reconciliación entre nosotros los colombianos después de más de medio siglo de violencia guerrillera y que ha sido pasado por alto por el Gobierno y las Farc en los diálogos de La Habana: la reconstrucción de la base moral de la sociedad.

Sin que desconozca las injusticias de nuestra estructura social ni los abusos que los agentes estatales han cometido en su lucha por restaurar el orden público, todo lo cual es desde luego censurable del modo más severo, me parece que la mayor responsabilidad por lo que hemos sufrido en este largo y doloroso período de nuestra historia les incumbe a los promotores de la violencia guerrillera, tanto los que aún siguen alzados en armas, como los que fueron amnistiados hace años y hoy ocupan posiciones de privilegio en el escenario político.

Ellos son responsables de una auténtica guerra de agresión contra una democracia que es ciertamente imperfecta, pero es una de las más antiguas del mundo actual. En efecto, salvo algunas interrupciones, nuestro régimen constitucional tiene más de 190 años de vigencia. Y lo que las guerrillas comunistas pretenden es sustituirlo por un régimen totalitario y liberticida que siga el fracasado modelo cubano y la vergonzosa dictadura que hoy oprime a Venezuela.

Dizque para corregir la injusticia social y derrocar la oligarquía que según ellos nos explota inmisericordemente, los comunistas colombianos, fieles a la fementida moralidad revolucionaria que predica el marxismo-leninismo y a la consigna de la combinación de todas las formas de lucha, han incurrido en toda suerte de depredaciones que justifican en aras de su abominable proyecto político.

No los arredran el asesinato, las masacres, el reclutamiento forzado de niños, la inmisericorde explotación sexual,  el secuestro, los campos de concentración, las horrendas torturas infligidas a sus víctimas, la extorsión, la destrucción de fuentes lícitas de riqueza y de trabajo,  el menoscabo del patrimonio colectivo, los gravísimos atentados  contra la ecología, la participación en todos los momentos del pernicioso negocio de la droga, ni la comisión de delito alguno así sea de los que la conciencia jurídica de la civilización ha declarado como crímenes de lesa humanidad.

Cuando se escriba lealmente la historia de esta continuada agresión contra nuestro pueblo y sus instituciones, habrá que decir con las famosas palabras de Enrique Santos Discépolo en su “Cambalache”, que toda ella no es otra cosa que un ominoso despliegue de maldad.

Y es ante esa maldad que nos estamos doblegando los colombianos por obra de un gobernante amoral y falto de carácter a quien sigue una dirigencia no menos perversa.

Las Farc, por boca de sus más conspicuos voceros, han dicho a los cuatro vientos que no tienen nada de qué arrepentirse, porque si mostrasen arrepentimiento por lo que han hecho desconocerían su condición de guerrilleros.

Por consiguiente, no están en disposición de asumir responsabilidades jurídicas, políticas, morales ni metafísicas por los incontables y atroces daños causados a las comunidades y a millones de individuos que han sido víctimas de sus inicuos procederes.

“No pagaremos un solo día de cárcel”, exclaman de modo desafiante. Y, para darles gusto, los golillas de Santos ponen a funcionar su torpe imaginación en procura de urdir dizque las fórmulas jurídicas adecuadas para ponerle fin al conflicto.

Esto significa para ellos que las Farc gocen de impunidad y puedan dar tranquilas el salto hacia la conquista de un poder que se les ofrece en bandeja de plata.

Ponerle fin al conflicto quiere decir en el “neolenguaje” del santismo arrodillarse ante las Farc, ceder cobardemente ante sus exigencias, pavimentarles el camino para que nos impongan sus delirios revolucionarios, sin importar que con ello se le tuerza el pescuezo a nuestro ordenamiento institucional y hasta a la más elemental lógica jurídica.

Piénsese tan solo en esta perla: el delito político goza de trato favorable de acuerdo con el derecho penal en razón de la supuesta filantropía de sus fines. Y al considerarse los crímenes de lesa humanidad, los de guerra y el narcotráfico como conexos con los delitos políticos, se llega a la asombrosa conclusión de que ellos también merecen trato de favor porque se los ha cometido por filantropía.

¡Qué horror!  La que el mundo civilizado considera que es una de las organizaciones terroristas más ricas del orbe y quizás la responsable de más de la mitad del tráfico mundial de cocaína, resulta que hace narcoterrorismo en grande por razones humanitarias.

Citemos de nuevo al magistral Discépolo:"Qué falta de respeto y qué atropello a la razón".

COLOMBIA, DESPIERTA ANTES DE QUE SEA DEMASIADO TARDE.

domingo, 1 de noviembre de 2015

Temas que se quedaron dentro del tintero

En mi intervención del jueves pasado en la Universidad Católica de Oriente, a la que me referí en mi último escrito, toqué algunos temas adicionales que, en razón de la brevedad, omití mencionar en el mismo, que fue tan solo una síntesis apretada de lo que allá expuse.

El punto de partida de mi deshilvanado discurso fue la tesis del filósofo Searle, quien sostiene a pie juntillas que somos bestias biológicas y nada más que eso.

Según su modo de ver, la armadura conceptual que requerimos para entender el mundo y entendernos a nosotros mismos está en la teoría cuántica, en lo que a lo físico atañe, y en la de la evolución, en lo concerniente a nuestra condición de seres vivos. A partir de ahí, todo es explicable, si bien él mismo encuentra graves dificultades para dar razón de los fenómenos culturales, los cuales relega, según el uso corriente, al mundo de lo imaginario.

Parece ser más coherente la tesis de Popper, quien postula que vivimos en tres mundos: el Mundo I, que es el de los objetos exteriores a nuestra mente; el Mundo II, que es el de los procesos mentales; y el Mundo III,que es el de los productos de la mente, esto es, el de  los famosos Imaginarios.

(Vid.https://es.wikipedia.org/wiki/Doctrina_de_los_tres_mundos_de_Karl_Popper).

Uno y otro descreen de lo que podríamos llamar Mundo IV, el de lo suprasensible o los objetos metafísicos, que constituyen precisamente el tema de la mística y son materia de creencias muy arraigadas en la humanidad a todo lo largo y ancho de su ajetreada historia.

Alfred Verdross, en su excelente “Filosofía del Derecho del Mundo Occidental”, enseña que nuestro pensamiento jurídico y moral parte de la base de lo que los antiguos griegos, especialmente Hesíodo,  postularon acerca de que la existencia del hombre no se rige por las leyes de la naturaleza, que privilegian la fuerza, sino por otras que se fundan en el principio de la justicia. Habitamos, desde luego, en el mundo natural que hoy se esmeran en explicar las teorías físicas y las biológicas, pero el mundo específicamente humano es otro, el de lo justo, lo bueno, lo santo.

Recordé en mi exposición el célebre pasaje en que Kant manifiesta que hay dos hechos que conmueven su mente: el orden maravilloso de la naturaleza que exhibe el cielo estrellado (ahí le rinde homenaje a Newton) y la presencia de la ley moral en el interior del hombre. Ahí contrapone la ley natural, que es determinista, inexorable y, por así decirlo, ciega, y la ley moral, que rige racionalmente el comportamiento libre del ser humano.

La idea de que habitamos en medio de dos mundos está nítidamente expuesta en los pensamientos de Pascal, quien dice que el hombre no es ángel ni bestia, pero puede ascender a la condición excelsa de aquel o caer en los abismos de la segunda.

La idea de los dos mundos también se desarrolla en los escritos de un pensador más reciente, Martin Buber. Y ella nos conduce al examen de un dato antropológico que Fray Dwight Longenecker considera al principio de su exposición sobre la fe católica a la que se convirtió desde el anglicanismo en 1995. Según su planteamiento, la existencia humana oscila entre dos polos: el de la luz y el de la oscuridad.(Vid.http://whyimcatholic.com/index.php/conversion-stories/anglican/136-anglican-convert-fr-dwight-longenecker).

Esta idea está en el núcleo del Evangelio de San Juan. Su Prólogo se recitaba al final de la misa, pero el nuevo orden litúrgico decidió prescindir de él, para pesar de Graham Greene, según lo cuenta el P. Leopoldo Durán en el libro sobre sus conversaciones sobre el célebre novelista, también convertido al catolicismo como Fr. Longenecker.

La idea formula  entonces no solo la distinción entre el mundo de la Luz y el de las Tinieblas, sino la confrontación de ambos, que para no pocos, como por ejemplo San Agustín, suministra la clave de la explicación de la historia del hombre. De hecho, cada biografía humana puede considerarse al tenor de esta dialéctica, la del ascenso hacia lo luminoso y el descensus ad inferos.

El relativismo moral que hoy predomina niega que haya verdades admisibles acerca de lo luminoso y lo tenebroso, es decir, del bien, que es plenitud de vida, y del mal, que es su frustración y su aniquilación. Niega, por consiguiente, que podamos formular enunciados verdaderos acerca del sentido último de la existencia humana, la cual, según se cree, transcurre en medio de una absoluta aleatoriedad, sin rumbo fijo ni propósito  plausible. A la racionalidad del mundo natural, que es presupuesto ineludible de la tarea científica, se contrapone el absurdo de la existencia humana que plantea, por ejemplo, Sartre en sus escritos (“El hombre es una pasión inútil”).

El pensamiento místico abre ventanas o, mejor, senderos de esperanza hacia una vida que no solo es mejor, sino plena de armonía, de paz, de amor y, en suma, de beatitud.

"La única verdadera tristeza es no ser santos", escribió León Bloy.

A propósito de ello, yo había leído en alguna parte que este pensamiento era de Charles Péguy, pero en un acto de corrección fraterna el P. Hernando Uribe Carvajal me sacó del error. Vaya en su homenaje esta referencia a su preciosísimo artículo de antier para El Colombiano acerca de la santidad: http://www.elcolombiano.com/opinion/columnistas/la-santidad-EG3008655

En mi disertación le propuse al auditorio un ejercicio. Pensemos, dije, en lo que sucedería si todos nos convenciéramos de que vivimos en una sola dimensión, un solo escenario, el que nos propone Searle para quien solo somos bestias biológicas movidas por el valor de lo útil. ¿Qué ocurriría entonces en las familias, en las comunidades, en el ámbito global y, por supuesto, en la vida de cada uno de nosotros?

Si rezamos a conciencia el Padrenuestro, al pedir “Venga a nosotros tu Reino” rogamos por un mundo mejor, diferente del que nos rodea, que no está muy lejos del que con sombríos tintes describe Hobbes al hablar de que "la vida en el estado de naturaleza "solitaria, pobre, asquerosa, bruta y corta" (Leviatán,Capítulos XIII–XIV).

Pero ese mundo mejor depende de nuestra conversión personal, pues, como lo anuncia el Evangelio, “El Reino de Dios ya está entre vosotros”(Lc  17, 20). No viene de fuera, no lo impone la autoridad del Estado ni ningún otro poder humano, sino nuestro impulso hacia lo alto auxiliado por la gracia.

Cité a propósito un pensamiento esclarecedor y rotundo de Paul Ricoeur, según el cual toda civilización surge precisamente del impulso hacia lo alto, sin el cual no asciende ni se sostiene. De ahí que todas se funden en creencias religiosas. Si estas decaen, las civilizaciones perecen.

Es lo que estamos presenciando. La gente se alarma porque tenemos gobernantes amorales, corrompidos y corruptores, mentirosos, traidores, codiciosos, preocupados por su provecho personal y desentendidos de la suerte de las comunidades.

¿Por qué sucede todo eso? Simple y llanamente, porque vivimos indiferentes a la Ley de Dios, a espaldas de ella e incluso en contra suya.

viernes, 30 de octubre de 2015

La mística para el hombre de hoy

Por feliz iniciativa del Colegio de Altos Estudios Quirama, la Universidad Católica de Oriente, la Casa de Espiritualidad Monticelo y la Universidad de la Mística-Ávila, se llevó a cabo esta semana en Rionegro un importante seminario sobre “La mística, vocación de toda la creación”.

Los promotores del evento tuvieron para conmigo la amable deferencia de invitarme a decir algunas palabras sobre lo que representa la mística para el hombre de hoy.

Trataré de reproducir algo de lo que ahí dije para futura memoria y darlo a conocer a los lectores de este blog.

El tema propuesto suscita muchas reflexiones, pero en razón del tiempo limitado hube de centrarme tan solo en algunas de ellas.

Ante todo, como punto de partida, se hace menester definir qué es la mística o, mejor, lo místico.

El DRAE enseña que son palabras que proceden del latín mystica-cus y tienen que ver con lo misterioso, lo arcano, “lo que incluye misterio o razón oculta”. Hay dos acepciones que interesan especialmente para lo que luego diré. Una, más amplia, que toca con el mundo de lo suprasensible, es decir, lo que va más allá de lo que percibimos ordinariamente a través de nuestros cinco sentidos; otra, más precisa, alude a la experiencia de lo divino y, en especial, a las relaciones del alma con Dios.

Esas relaciones pueden examinarse, entre otras, a partir de dos perspectivas: la psicológica y la ontológica.

Desde el primer punto de vista, la mística puede considerarse como un estado mental en el que el sujeto supera, por así decirlo, la actitud natural ante sí mismo y ante lo que lo rodea, para contemplarse y contemplarlo bajo otras coloraciones que en general pueden catalogarse como de luminiosidad, aunque no exentas de penumbra u oscuridad.

Para entender esto, conviene considerar el concepto que el filósofo Searle ofrece acerca de nuestra naturaleza humana. Él dice tajantemente que somos bestias biológicas. Según este concepto, nos experimentamos a nosotros mismos y nos relacionamos con el entorno como animales, vale decir, como organismos que se mueven por pulsiones y por necesidades vitales que se satisfacen con lo que la naturaleza pone a su disposición. Los valores supremos se concretan entonces en la satisfacción de nuestros apetitos y la utilidad que para el efecto nos reportan los demás y las cosas del mundo tangible, que es lo único que existe. Como ente natural, el hombre vive confinado en una sola dimensión real, la de la naturaleza físico-química, biológica y psicológica, si bien se admiten otras cuya índole es tema de arduos debates y suele catalogárselas dentro del rubro de lo imaginario, tal como sucede con los contenidos de la cultura.

Pero esta no es la idea que a lo largo y ancho de la historia ha prevalecido entre los seres humanos, que siempre hemos considerado que vivimos entre dos mundos, el sensible, que Kant llamaba fenoménico, y el suprasensible, que el mismo filósofo denominaba nouménico. El primero es accesible a los sentidos ordinarios; con el segundo, en cambio, solo podemos habérnoslas a través de ejercicios que en resumen definimos como de trascendencia.

Esa trascendencia implica por así decirlo un salto, un ascenso hacia estados mentales en los que la visión del mundo cree hacerse más amplia y profunda, y en la que se dan cambios cualitativos en cuya virtud el individuo deja de verse como aprehensor y manipulador de lo que lo rodea, con miras a satisfacer sus apetitos, y deja de ver las cosas del mundo y su conjunto como útiles adecuados para ello, para contemplar el todo como un vasto escenario de belleza, de amor y, en suma, de bondad, cuya visión justifica el negarse a sí mismo y reprimir los deseos que lo apremian.

Estas experiencia místicas están al alcance de todo ser humano, pero suelen ser pasajeras o episódicas, a menos que se haga un esfuerzo deliberado por alcanzarlas, sostenerlas y profundizarlas.

Pues bien, la interpretación de este fenómeno se presta a  discusiones de varia índole. Unas versan sobre cómo producirlo. Otras se refieren a su valoración para la vida humana. Y en este escenario caben básicamente tres posturas: las de quienes consideran que ofrecen la máxima realización de la existencia individual; la de los que piensan que son experiencias ilusorias, pero útiles para aliviar las penalidades de la vida cotidiana; y las de aquellos, bastante influyentes hoy en día en los medios académicos y hasta en los de comunicación social, que las miran como aberraciones peligrosas o fenómenos patológicos.

Quedémonos, por lo pronto, con la constatación del hecho mondo y lirondo de que esas vivencias se experimentan realmente y suelen ofrecer satisfacciones intensas a quienes pasan por ellas. Pero, ¿se asocian efectivamente a correlatos reales?

La ontología del hombre corriente en todas las épocas y todos los lugares, que los filósofos con su petulancia suelen calificar como “pensamiento ingenuo”, ha optado siempre por respuestas afirmativas a esta cuestión, aunque no siempre ellas sean uniformes. Más bien, de hecho exhiben una abigarrada variedad de soluciones de las que dan cuenta los mitos que pueblan el imaginario de las distintas culturas.

¿Hay, sí o no, un mundo suprasensible al que, en efecto, tenemos acceso por vías diferentes de las de los sentidos ordinarios, tales como lo que San Agustín llamaba el órgano intelectivo del corazón que obra a partir de la fe?

Para dar respuesta a ello, toca suponer, por una parte, la hipótesis de una visión ampliada de nuestro aparato intelectivo y, por otra,  la idea de que  la realidad misma es más amplia y compleja que lo que la experiencia empírica nos ofrece. La ciencia corriente hoy en día se caracteriza porque parte de premisas de una racionalidad y una realidad estrechas y, en últimas, recortadas.

El cristianismo y, en particular, el catolicismo, postulan que la espiritualidad individual cuenta con sólidos fundamentos en la realidad. Mejor dicho, que la realización plena del ser humano se logra a través de estados espirituales, y que estos no son ilusorios ni patológicos, sino que la realidad misma está impregnada de la acción del espíritu, el cual a través de ella se manifiesta.

Es más, la vida individual solo cobra sentido si se la considera a través del prisma de lo espiritual. Y la vida colectiva solo se mantiene y se torna fecunda si está animada por la mística.

Pero esta concepción tropieza hoy en día con dos grandes obstáculos que es necesario considerar cuidadosamente: el que ofrecen las falsas espiritualidades, como la del New Age, y el que surge del materialismo dominante hoy en los altos círculos sociales, una de cuyas proyecciones es el deletéreo relativismo moral imperante,

La mística para el hombre de hoy

Por feliz iniciativa del Colegio de Altos Estudios Quirama, la Universidad Católica de Oriente, la Casa de Espiritualidad Monticelo y la Universidad de la Mística-Ávila, se llevó a cabo esta semana en Rionegro un importante seminario sobre “La mística, vocación de toda la creación”.

Los promotores del evento tuvieron para conmigo la amable deferencia de invitarme a decir algunas palabras sobre lo que representa la mística para el hombre de hoy.

Trataré de reproducir algo de lo que ahí dije para futura memoria y darlo a conocer a los lectores de este blog.

El tema propuesto suscita muchas reflexiones, pero en razón del tiempo limitado hube de centrarme tan solo en algunas de ellas.

Ante todo, como punto de partida, se hace menester definir qué es la mística o, mejor, lo místico.

El DRAE enseña que son palabras que proceden del latín mystica-cus y tienen que ver con lo misterioso, lo arcano, “lo que incluye misterio o razón oculta”. Hay dos acepciones que interesan especialmente para lo que luego diré. Una, más amplia, que toca con el mundo de lo suprasensible, es decir, lo que va más allá de lo que percibimos ordinariamente a través de nuestros cinco sentidos; otra, más precisa, alude a la experiencia de lo divino y, en especial, a las relaciones del alma con Dios.

Esas relaciones pueden examinarse, entre otras, a partir de dos perspectivas: la psicológica y la ontológica.

Desde el primer punto de vista, la mística puede considerarse como un estado mental en el que el sujeto supera, por así decirlo, la actitud natural ante sí mismo y ante lo que lo rodea, para contemplarse y contemplarlo bajo otras coloraciones que en general pueden catalogarse como de luminiosidad, aunque no exentas de penumbra u oscuridad.

Para entender esto, conviene considerar el concepto que el filósofo Searle ofrece acerca de nuestra naturaleza humana. Él dice tajantemente que somos bestias biológicas. Según este concepto, nos experimentamos a nosotros mismos y nos relacionamos con el entorno como animales, vale decir, como organismos que se mueven por pulsiones y por necesidades vitales que se satisfacen con lo que la naturaleza pone a su disposición. Los valores supremos se concretan entonces en la satisfacción de nuestros apetitos y la utilidad que para el efecto nos reportan los demás y las cosas del mundo tangible, que es lo único que existe. Como ente natural, el hombre vive confinado en una sola dimensión, la de la naturaleza físico-química, biológica y psicológica.

Pero esta no es la idea que a lo largo y ancho de la historia ha prevalecido entre los seres humanos, que siempre hemos considerado que vivimos entre dos mundos, el sensible, que Kant llamaba fenoménico, y el suprasensible, que el mismo filósofo denominaba nouménico. El primero es accesible a los sentidos ordinarios; con el segundo, en cambio, solo podemos habérnoslas a través de ejercicios que en resumen definimos como de trascendencia.

Esa trascendencia implica por así decirlo un salto, un ascenso hacia estados mentales en los que la visión del mundo cree hacerse más amplia y profunda, y en la que se dan cambios cualitativos en cuya virtud el individuo deja de verse como aprehensor y manipulador de lo que lo rodea, con miras a satisfacer sus apetitos, y deja de ver las cosas del mundo y su conjunto como útiles adecuados para ello, para contemplar el todo como un vasto escenario de belleza, de amor y, en suma, de bondad, cuya visión justifica el negarse a sí mismo y reprimir los deseos que lo apremian.

Estas experiencia místicas están al alcance de todo ser humano, pero suelen ser pasajeras o episódicas, a menos que se haga un esfuerzo deliberado por alcanzarlas, sostenerlas y profundizarlas.

Pues bien, la interpretación de este fenómeno se presta a  discusiones de varia índole. Unas versan sobre cómo producirlo. Otras se refieren a su valoración para la vida humana. Y en este escenario caben básicamente tres posturas: las de quienes consideran que ofrecen la máxima realización de la existencia individual; la de los que piensan que son experiencias ilusorias, pero útiles para aliviar las penalidades de la vida cotidiana; y las de aquellos, bastante influyentes hoy en día en los medios académicos y hasta en los de comunicación social, que las miran como aberraciones peligrosas o fenómenos patológicos.

Quedémonos, por lo pronto, con la constatación del hecho mondo y lirondo de que esas vivencias se experimentan realmente y suelen ofrecer satisfacciones intensas a quienes pasan por ellas. Pero, ¿se asocian efectivamente a correlatos reales?

La ontología del hombre corriente en todas las épocas y todos los lugares, que los filósofos con su petulancia suelen calificar como “pensamiento ingenuo”, ha optado siempre por respuestas afirmativas a esta cuestión, aunque no siempre ellas sean uniformes. Más bien, de hecho exhiben una abigarrada variedad de soluciones de las que dan cuenta los mitos que pueblan el imaginario de las distintas culturas.

¿Hay, sí o no, un mundo suprasensible al que, en efecto, tenemos acceso por vías diferentes de las de los sentidos ordinarios, tales como lo que San Agustín llamaba el órgano intelectivo del corazón que obra a partir de la fe?

Para dar respuesta a ello, toca suponer, por una parte, la hipótesis de una visión ampliada de nuestro aparato intelectivo y, por otra,  la idea de que  la realidad misma es más amplia y compleja que lo que la experiencia empírica nos ofrece. La ciencia corriente hoy en día se caracteriza por que parte de premisas de una racionalidad y una realidad estrechas y, en últimas, recortadas.

El cristianismo y, en particular, el catolicismo, postulan que la espiritualidad individual cuenta con sólidos fundamentos en la realidad. Mejor dicho, que la realización plena del ser humano se logra a través de estados espirituales, y que estos no son ilusorios ni patológicos, sino que la realidad misma está impregnada de la acción del espíritu, el cual a través de ella se manifiesta.

Es más, la vida individual solo cobra sentido si se la considera a través del prisma de lo espiritual. Y la vida colectiva solo se mantiene y se torna fecunda si está animada por la mística.

Pero esta concepción tropieza hoy en día con dos grandes obstáculos que es necesario considerar cuidadosamente: el que ofrecen las falsas espiritualidades, como la del New Age, y el que surge del materialismo dominante hoy en los altos círculos sociales, una de cuyas proyecciones es el deletéreo relativismo moral impertante,

lunes, 26 de octubre de 2015

La lucha continúa

El Centro Democrático libró en la jornada electoral de ayer una ardua batalla en medio de circunstancias extremadamente adversas: sin maquinarias políticas, sin medios masivos de comunicación, sin financiación del gran capital y con el gobierno nacional, la bien aceitada Mesa de Unidad Nacional y las Farc en contra.

Fue su primera irrupción en elecciones departamentales y municipales, y si bien los resultados no fueron los que se esperaban, quedó claro que es una fuerza política con la que se tendrá que contar en el inmediato porvenir.

Le quedan grandes tareas para emprender en lo que a su frente interno respecta: ajuste de fallas en los estatutos, examen y corrección de los errores cometidos. Pero lo más importante es la continuidad con renovado vigor en sus grandes propósitos.

El primero de ellos, desde luego, es frenar y enderezar en la medida de lo posible el proceso de claudicación ante el narcoterrorismo de las Farc en que está empeñado Juan Manuel Santos.

Hay otros temas en que le corresponde papel protagónico.

Ayer quedó claro que la corrupción y la politiquería siguen siendo vicios letales de nuestra democracia. Contra ellos hizo campaña el hoy expresidente y senador Uribe en 2002, y ahora es necesario reemprenderla con convicción y entereza, pues inexorablemente esas taras terminarán erosionando la confianza de las comunidades en la institucionalidad. Y esa confianza es lo que en últimas la sostiene.

Es muy importante continuar con la promoción de nuevos liderazgos que incorporen a la dirigencia política a personas que se han destacado en otros campos y están en capacidad de prestar servicios eminentes a la república, así como a jóvenes idealistas e incontaminados que refresquen y aireen un ambiente que ya está enrarecido de modo asfixiante.

La representación del Centro Democrático en el Congreso se ha destacado por la seriedad con que se esmera en dar respuesta a sus compromisos con el electorado. Ese ejemplo debe inspirar a los que acaban a ser elegidos bajo sus banderas en gobernaciones, asambleas, alcaldías, concejos y juntas administradoras locales. Todos ellos están obligados a mostrarles a las comunidades que integran un partido responsable que se inspira en la promoción del bien común y no en la satisfacción de apetitos de individuos o de grupos particulares que a menudo constituyen verdaderas bandas criminales.

Es hora de reflexionar a fondo sobre la importancia de los partidos políticos para el funcionamiento regular de la democracia.

El deterioro evidente de los partidos históricos ha dado lugar a nuevas formaciones nacionales, regionales y locales que no necesariamente cumplen en forma adecuada las tres funciones básicas que le competen al sistema de partidos, a saber:

-La configuración de programas de gobierno que satisfagan las necesidades comunitarias.

-La formación de personal especializado en el manejo de la cosa pública.

-El encuadramiento político de las masas.

Los programas de gobierno deben basarse en fundamentos ideológicos que identifiquen los valores cuya promoción constituye el desiderátum de la acción política. Esta se  propone, según el autorizado concepto de David Easton, la “adjudicación autoritaria de valores”. Pero estos prácticamente han desaparecido en el debate público o por lo menos se los ha ubicado en planos secundarios, como si no interesaran.

¿Cuáles son en definitiva los valores que inspiran la acción política de los que resultaron triunfantes en los comicios de ayer? Parafraseando lo que tal vez dijeron Carlos V o Felipe II, digamos que “Averígüelo, Vargas”.

Leo en el excelente escrito que hizo el P. Leopoldo Durán sobre Graham Greene, al que he tenido acceso gracias a la amabilidad de mi caro amigo José Alvear Sanín, algo que parece venir como anillo al dedo respecto de la calidad de nuestra clase política. Lo transcribo a continuación:

“La definición que del político da Graham Greene es terrible.<El político es un hombre totalmente amoral, corrompido hasta la médula. Con las excepciones que pueda haber.> El  político es, para Greene, un mal necesario …” (Durán, Leopoldo, “Graham Greene, amigo y hermano”, Espasa, Madrid, 1996, pag. 83).

El Centro Democrático debe proponerse la formación de personal especializado en la tarea de la conducción política que involucre en su vida valores eminentes y no descienda a la caracterización que acabo de mencionar, la cual, desafortunadamente, corresponde al común de nuestra clase política. Aprovechándose de la amoralidad reinante en la misma, el diabólico Santos ha estimulado sus vicios para ganar adeptos a sus muy cuestionables proyectos. A esa ralea hay que contrarrestarla con gente que obre según principios y no movida por sus apetitos.

Hay pendiente todo un vasto empeño de educación política de las comunidades, de modo que la acción colectiva se encuadre dentro de propósitos que realmente las beneficien y no de unos lemas engañosos y hasta fraudulentos, como la de la fementida paz que ofrece Santos. Si no hay ese adecuado encuadramiento, la gente del común se desorienta, tal como a las claras se vio ayer con votos depositados en favor de candidatos que piensan y buscan algo muy diferente de lo que le hicieron creer al electorado que promoverían

En síntesis, si bien los resultados electorales de ayer le dejan al Centro Democrático mucho que desear, los mismos le suministran una base respetable para seguir luchando en pro de una Colombia que tome un rumbo de progreso creíble, y no el que bajo la mala conducción de Santos y su perversa cauda política amenaza con arrojarla por un despeñadero.

Insisto, pues, en mi “ritornello”:

¡COLOMBIA, DESPIERTA ANTES DE QUE SEA DEMASIADO TARDE!