martes, 22 de octubre de 2013
lunes, 7 de octubre de 2013
“Dadme lo que quiero, dádmelo con libertad y no molestaré más.”
Hace años vi una excelente película de terror de Stephen King, titulada “La Tormenta del Siglo”. Trata acerca de una serie de crímenes que se presentan en una pequeña comunidad isleña al nordeste de los Estados Unidos. El criminal, después de atemorizar a sus habitantes, los intimida con esta exigencia que aparece pintada en las paredes. Después, hace más explícitas sus demandas y pone a la comunidad en vilo. Lo demás es la historia que no quiero contar para no dañarles a los lectores el deleite de una obra que amerita disfrutarse.
Muchas veces ha venido a mi memoria el recuerdo de esta película, a propósito sobre todo de las negociaciones que se adelantan con las Farc en La Habana, que exhiben un nítido cariz extorsivo.
En efecto, los capos de una de las más peligrosas organizaciones narcoteroristas que operan en el mundo, parecen decirnos a los colombianos a través de Santos y sus delegados que estarían dispuestos a cesar sus depredaciones de todo género si les damos lo que quieren.
¿Qué es lo que quieren?
Lo han dicho a los cuatro vientos: impunidad para sus crímenes, elegibilidad para sus candidatos, asamblea constituyente hecha a su medida, cambios drásticos en los diferentes aspectos del régimen institucional, medios de prensa proveídos por el Estado, desmonte de las fuerzas militares, régimen electoral que los favorezca, etc., etc.
Pero, a decir verdad, los capos no son tan generosos como el oscuro personaje de la película de marras, que ofrece no molestar más a sus víctimas si le dan lo que les pide, dado que las Farc hacen sus exigencias, no para irse, sino para quedarse acá en posición privilegiada que de hecho les garantice la toma del poder en el corto plazo.
Esto significa que la idea de las Farc no es convenir con el gobierno unas condiciones para entregar sus armas, desmovilizar sus efectivos, desmontar el negocio del narcotráfico, someterse a la justicia, indemnizar a sus miles de víctimas e incorporarse a la vida política de acuerdo con las reglas de juego establecidas para todos los actores de la misma, sino hacer valer unas exigencias que les den posición privilegiada para continuar con el empeño de imponernos a los colombianos un régimen totalitario liberticida y destructor de la riqueza colectiva, similar al que rige en Cuba y, de hecho, en Venezuela.
Por consiguiente, así les demos lo que piden por ahora, las Farc seguirán molestándonos hasta que, con la ayuda del Foro de San Pablo, logren quedarse con el santo y la limosna. El acuerdo al que se llegue con sus negociadores será apenas un paso adelante en su propósito de toma del poder a través de la combinación de las formas de lucha que recomienda la doctrina marxista-leninista que profesan.
Santos, con el simplismo de teleprónter que maneja, no sabe uno si por candor o por malicia, así lo ha reconocido al afirmar que debemos prepararnos para pasar del conflicto armado al conflicto social, sin percatarse de que con los comunistas el segundo no excluye el primero.
Se sigue de ahí que muy probablemente lo que se acuerde con las Farc no traerá la paz, sino un conflicto explícito, el social que admite Santos que se generará, y otro embozado o clandestino, promovido por cuadros ocultos de las Farc que ya existen, el PCC, apoyado en las armas y los dineros que no entreguen.
El país tiene todo el derecho de desconfiar de este proceso, pues las Farc no han generado credibilidad ni respetabilidad, y este es el momento en que nadie sabe que estarían dispuestas a entregar a cambio de que les demos lo que piden.
Y también el país tiene todo el derecho de desconfiar de Santos, que ha perdido igualmente toda credibilidad y toda respetabilidad, con lo que ha descendido al mismo nivel de su contraparte.
El viernes pasado, Hassan Nassar entrevistó en su programa de Cablenoticias a Alvaro Leyva Durán.
Lo que ahí dijo Leyva es preocupante a más no poder, pues, si no lo interpreto mal, afirma que el acuerdo ya está cocinado sobre dos bases: a) otorgarle plenos poderes a Santos con algo así como una ley habilitante de las que han permitido que en Venezuela se instaure la dictadura; b) convocar el famoso congresito con un 40% de participación de las Farc, lo que equivaldría de hecho a la asamblea constituyente que han exigido una y otra vez.
De ser así las cosas, no es osado pensar que se nos avecina la tormenta del siglo, tan espeluzante o más que la de la terrorífica película de Stephen King.
miércoles, 4 de septiembre de 2013
Las trampas de la paz
Para decirlo en términos del finado Alfonso López Michelsen, Juan Manuel Santos fue elegido con un “mandato claro”, consistente en doblegar a las Farc y el Eln, rematando así la tarea iniciada por Álvaro Uribe Vélez, y salvaguardar la dignidad nacional frente a vecinos hostiles que sin recato alguno les han brindado refugio y hasta auxilio a los guerrilleros que pretenden imponernos un régimen totalitario.
En uno de los actos de traición más reprensibles que haya presenciado la historia colombiana, Santos decidió desconocer de modo rampante sus solemnes compromisos electorales, alegando que no es títere de nadie y puede gobernar como a bien tenga.
Todo indica que la traición al electorado se urdió desde la campaña presidencial con su hermano y el consejero Jaramillo Caro, quienes quizás le metieron en la cabeza que él estaba llamado por la historia a traernos la paz a los colombianos que hemos sufrido más de medio siglo de violencia promovida por los comunistas.
Esto trae a mi memoria lo que dijo Raymond Aron cuando supo que el recién elegido Giscard se proponía apaciguar a los soviéticos que amenazaban a Europa occidental con avasallarla con sus tanques en menos de una semana:"Ese joven ignora que la historia es trágica".
De Santos, cuya frivolidad es aterradora, bien podría decirse lo mismo. Engolosinado con su idea de convertirse en un personaje histórico, corre el riesgo de que la posteridad lo vea como una figura tragicómica.
Es risible que les diga a las Farc que se apuren en llegar a un acuerdo porque la oportunidad para ellas es “ahora o nunca”, pues bien se sabe que el de la prisa para exhibir un flamante compromiso de paz es él, que aspira a la reelección y no tiene otra carta para jugar que esa.
A toda costa aspira a que las Farc le firmen algo antes de que en noviembre se venza el término que tiene para anunciar si quiere que sus conciudadanos lo reelijan. Muy probablemente lo harán, pero bajo los términos que quieran imponerle, pues entienden que si Santos claudicó ante Chávez y Correa, nada le impedirá arrodillarse ente ellas.
Ese acuerdo se decidirá a puerta cerrada entre los negociadores de Santos y los de las Farc, que se hicieron llamar plenipotenciarios en el grotesco documento que protocolizó el inicio de las conversaciones en La Habana.
Es un acuerdo para el que conviene reiterar que Santos carece del mandato claro de la ciudadanía. Se lo estipulará a espaldas suyas y sin que tenga oportunidad eficaz de agregarle o quitarle un ápice. La aprobación que se ha dicho que deberá otorgar el pueblo se le presentará en los términos draconianos de “tómelo o déjelo”.
Los golillas de Santos aspiran a convenir con las Farc un articulado dizque bastante simple para que la gente no se enrede al votarlo, quizás con unos pocos textos que deberán pasar primero por el Congreso y la Corte Constitucional, según lo dispone el artículo 378 de la Constitución Política.
No se han dado cuenta de que si el acuerdo se firma en noviembre, la convocatoria a referendo tendría que tramitarse en medio de la campaña que rematará en marzo próximo con la elección de nuevos congresistas.
Para agilizar la aprobación popular del acuerdo con las Farc, sus consejeros llevaron a Santos a proponer la reforma de la ley estatutaria que prohíbe que los referendos se voten simultáneamente con las elecciones de congresistas o las presidenciales.
Ese proyecto, que trata de aprobarse a marchas forzadas en el Congreso, violentando los derechos de la oposición, tiene un cometido explícito y otro tan oculto como tramposo.
Santos y sus voceros han dicho que con ello se busca garantizar la participación copiosa de la ciudadanía, pues temen que. si el referendo se convoca como lo exige la ley estatutaria, tal vez no se logre el umbral que prevé la Constitución para que se lo apruebe.
Esta justificación es engañosa a más no poder, pues si algún tema sería capaz de convocar a la inmensa mayoría de los ciudadanos es precisamente el de un acuerdo de paz con los guerrilleros.
Sucede que hay un propósito que el gobierno no confiesa, porque es inconfesable.
En efecto, Santos y los congresistas de la U que traicionaron a sus electores no tienen otro programa para presentarse a elecciones que el acuerdo con las Farc. Entonces, pondrán a andar toda la maquinaria gubernamental con miras a presionar a la ciudadanía para que elija entre la paz que ellos representarían y la guerra que los escépticos y los enemigos del acuerdo, sobre todo los uribistas del Centro Democrático, estarían aupando.
Al lado de la maquinaria oficial estarían las Farc presionando por la fuerza de las armas a las comunidades para que voten en sí a la propuesta de referendo y por los candidatos amigos de la misma.
Queda claro, entonces, que en las elecciones operaría una auténtica tenaza Santos-Farc tendiente a forzar unos resultados favorables al acuerdo, bien sea por la presión mediática, por la compra de electores a cambio de favores oficiales o por la intimidación guerrillera.
Lo que no parecen haber previsto Santos y sus estrategas es la posibilidad de que el pueblo reaccione en contra, rechace la propuesta y se niegue a reelegir a los traidores, o que de la votación a favor y en contra resulte un empate técnico que haga políticamente inviable lo acordado con las Farc.
Santos y su claque andan diciendo que en aras de la paz habrá que tragarse unos cuantos sapos. Pero al tenor de la incompetencia de su equipo negociador, de la voracidad de las Farc y de la urgencia que él tiene de presentar algo para su reelección, lo que cabe esperar es que quieran que el país se trague la rana venenosa del Chocó, como lo escribí en Twitter esta mañana.
En tal caso, la disyuntiva para los ciudadanos no sería la de escoger entre la paz y la guerra, sino entre la rendición abierta o velada ante las Farc y la continuidad del actual estado de cosas.
Al país lo están engañando con el señuelo de una paz cosmética que, simple y llanamente, servirá para encubrir nuevas y quizás peores confrontaciones que las que hemos padecido.
Cierro con otra evocación del pensamiento de López Michelsen, quien decía que para negociar con las Farc sería necesario derrotarlas primero. Santos, con su prurito de pasar a la historia, no le dio tiempo al tiempo y corrió a presentarles la bandera blanca y tenderles el tapete rojo que les permitirá, como también lo dijo López, ganar en la mesa de negociación lo que no pudieron obtener en los campos de batalla.
Como dice atinadamente Rafael Nieto Loaiza, esperemos que cuando llegue ese momento estemos bien confesados.
lunes, 5 de noviembre de 2012
Convicciones, lealtad y gratitud
En Youtube quedan huellas de la discusión que dos personajes acerca de los que bien puede decirse “que entre el diablo y escoja” sostuvieron a través de la radio Caracol.
El debate enfrentó a Juan Manuel Santos y Darío Arismendi cuando aquel, en su campaña presidencial, se sirvió de un locutor que imitaba la voz de Uribe para invitar a que se votara por él.
Por esas mismas calendas, el propio Santos asumió el papel de Uribe para presentarse ataviado con sombrero aguadeño y poncho de algodón, el que los arrieros antioqueños llamaban mulera.
Arismendi, que no es conocido propiamente por sus escrúpulos, se escandalizó con esa burda patraña y le dijo a Santos públicamente que esa era una picardía. Santos respondió haciendo alarde de cinismo:"A mí me gustan las picardías".
El comportamiento de Santos durante su campaña presidencial mostró el talante moral de lo que iba ser su gobierno, duramente señalado por Luis Carlos Restrepo como “el gobierno de la mentira”. Hay que añadir que concomitantemente con ella, es el del disimulo, la deslealtad y la traición.
Bien dijo hace poco Oscar Iván Zuluaga, en declaraciones para El Espectador, que no le aceptó el ofrecimiento que le hizo del cargo de ministro del Interior porque “Uno en política tiene que tener convicciones, lealtad y gratitud”, que es lo que precisamente se echa de menos en Santos.
Ya la gente ha olvidado su falta de lealtad con Noemí Sanín y, por ende, con el Partido Conservador, cuando al tiempo que este la proclamaba como su candidata oficial, después de una ardua consulta popular, Santos le armó una disidencia con ayuda de Carlos Rodado y varios destacados personajes de la colectividad azul que hoy se arrepienten amargamente de ese mal paso que dieron.
El mismo Santos que en su deplorable discurso ante la U reclamó en fuertes términos la lealtad partidaria, alentó descaradamente la disidencia conservadora para minar así a su antagonista en la primera vuelta de la elección presidencial.
Es, además, el mismo que, según su portavoz oficial, la revista Semana, disgustado por el mal ambiente que encontró en el pasado evento de la U, "Al otro día llamó a Camilo Sánchez y concretó una comida que tenía pendiente con los 17 senadores liberales, a la cual asistió también el expresidente Gaviria", comida en la que "todo fue una luna de miel y todos quedaron felices"(Semana, Ed. 1592, p. 13).
Después de haberse atribuido mendazmente la paternidad del partido de la U, que dijo haber fundado para que sirviera de vehículo de sus ideas sobre la Tercera Vía, de haberlo declarado “su partido” y de haber exigido en duros términos lealtad para con él y obediencia para sus determinaciones estatutarias, en forma similar a lo que hace años se definió como una “disciplina para perros”, corrió a exaltar a los liberales haciéndose designar por Simón Gaviria como “jefe natural del partido”.
Es dudoso que en la historia de Colombia pueda haberse dado un caso semejante de promiscuidad política, como también es dudoso que el que les jura lealtad a todos pueda ser leal con alguno.
Comenté en Twitter que las palabras de Zuluaga que atrás cité iban dirigidas al “ojo de Filipo” de Santos, pues el distinguido aspirante a sucederlo en la jefatura del Estado, al hablar de convicciones, lealtad y gratitud como presupuestos necesarios para hacer política dignamente, le arrojó muy elegantemente un dardo mortal a quien ha dado muestras de carecer de todas tres.
En su excelente biografía de Rafael Reyes, recordaba Eduardo Lemaitre a esos jefes conservadores de la transición del siglo XIX al XX que hacían política sobre principios asentados firmemente en bases movibles.
El siglo XXI nos da en Santos una muestra cabal de esa caterva de políticos sin convicciones que con la misma retórica e igual tono afirmativo sostienen hoy la conveniencia o la necesidad de una línea de acción, y al otro día, sin ruborizarse, proclaman la contraria.
Santos no resiste la prueba de la “mortal doble columna”, pero se le da una higa que la practiquen, pues cree que el mundo de los políticos no se mueve por las convicciones, sino por la “mermelada” o el látigo de la “disciplina para perros”, y que a la opinión se la manipula por medio de una prensa y una dirigencia empresarial subyugadas y obsecuentes.
Sería interminable la lista de contradicciones en que ha incurrido Santos. Además, dadas las circunstancias actuales de postración moral de la política, ese ejercicio resultaría inocuo, pues solo a la indefensa gente del común, “el oscuro e inepto vulgo”, le molesta que la lleven a votar por unas consignas y los elegidos gobiernen con otras muy diferentes.
Es la gente sencilla la que se escandaliza con la incoherencia de los políticos, pero a estos no los inquieta el sentir popular, pues están convencidos de que los rebaños electorales terminarán obedeciendo a sus falaces consignas, salvo que los hechos tozudos las desvirtúen.
El pragmatismo extremo de esta “realpolitik” deteriora la institucionalidad de modo tal que, cuando llegan los momentos de crisis, fácilmente se viene abajo porque la gente ha dejado de creer en ella.
Santos, como los políticos de su estirpe, ignora que las instituciones reposan sobre fundamentos morales, representados precisamente por la coherencia y la lealtad que dan pie para que se consolide la confianza ciudadana. Cuando esta se pierde, la institucionalidad se hunde, como lo prueba con múltiples ejemplos la historia que Santos al parecer ignora o, al menos, desafía.
En un libro de Guglielmo Ferrero que debería de ser texto de lectura obligada para todos los que aspiren a entender la política y actuar en ella, “El Poder o los genios invisibles que gobiernan la ciudad”, el ilustre historiador italiano demuestra que la legitimidad que sostiene a las instituciones reposa sobre actos de fe, es decir, de confianza de las comunidades. Cuando esa fe se pierde, vienen las crisis de legitimidad que dan al traste con el orden político.
Nuestras instituciones son débiles en extremo y Santos no ha hecho otra cosa que degradarlas. El precio se pagará tarde o temprano.
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