lunes, 5 de noviembre de 2012
martes, 30 de octubre de 2012
La mala hora de Santos
Según escribió Armando Benedetti en Twitter, hay que entender que Santos en su discurso ante la asamblea de la U solo pretendió defenderse del abucheo que sufrió de parte de sus malquerientes el pasado domingo.
Todo parece indicar que cambió su libreto después de enterarse del discurso de Uribe, del rechazo a la propuesta de apoyo a su plan de paz con las Farc y del clima adverso que en contra suya reinaba en el recinto. Y como no tenía un discurso alternativo escrito, decidió improvisar, como si la facilidad de palabra y el autocontrol fueran cualidades suyas.
Pues bien, al hacerlo incurrió en dos gravísimas equivocaciones, pues reaccionó dando muestras de que estaba descompuesto y no midió el alcance de lo que estaba diciendo.
El presidente Ospina Pérez, que era muy sabio, aconsejaba no tomar decisiones con rabia, pues generalmente de ellas hay que arrepentirse después, tal como le debe de estar sucediendo ahora a Santos con lo que de mala manera dijo en esa ocasión tan poco feliz para él.
Otro presidente sabio, Lleras Camargo, nunca improvisaba sus discursos, pues tenía clara consciencia de su responsabilidad no solo ante sus oyentes, sino ante el país y, desde luego, ante la historia. También hoy Santos debe de estar lamentando el haber dado rienda suelta a su poco atinada locuacidad en momentos en que toda Colombia estaba pendiente de sus palabras.
Ofuscado por su indignación, resolvió acusar a Uribe de prepararle una emboscada con sus partidarios. De ahí su queja sobre el arma oculta bajo el poncho y la acusación a su rival de comportarse como un “rufián de esquina”.
Acusar a Uribe de propinar golpes bajos a mansalva, es no conocerlo.
Por supuesto que tan desmedida imputación estaba condenada a caer en el vacío, habida consideración no solo de la personalidad y los antecedentes de Uribe, sino de las condiciones morales del propio Santos, que sí es dado precisamente al golpe artero, tal como lo pueden aseverar, entre muchos otros, Noemí Sanín, Luis Carlos Restrepo y, según dicen, el contra-almirante Arango Bacci.
Esa infame acusación de Santos contra Uribe fue torpe a más no poder, pues muchos recordaron de inmediato que estaba repitiendo con otras palabras lo que precisamente le achacó a él Luis Carlos Restrepo al hablar del fino caballero que bajo la manga guarda el puñal para clavarlo a traición. Olvidó, pues, que en casa de ahorcado no se mienta la soga.
Lo peor fue el lenguaje que utilizó para referirse a Uribe, al calificarlo como “rufián de esquina”.
Yo creo conocer algo de la historia del debate político en Colombia y no recuerdo que un presidente en ejercicio se hubiera referido a un contradictor suyo en términos tan ofensivos y de tan baja estofa.
Esta vulgaridad en el lenguaje es, en realidad, habitual en Santos, quien no ha ahorrado epítetos ofensivos para referirse a sus opositores: “perros”, “tiburones”, “mano negra” y algotro más.
Esta tendencia al insulto barato les ha hecho pensar a no pocos observadores que quizás la muy buena amistad que Santos tiene con Chávez ha incidido en el deterioro de su lenguaje, por aquello de que “al que entre la miel anda, algo se le pega”.
Bien se dice que la ausencia de razones induce la hipertrofia del lenguaje.
El discurso de Uribe fue demoledor por los hechos que expuso y las consideraciones que con base en ellos puso de manifiesto. Desde luego que no le faltó ironía, pero esta es manifestación de inteligencia a la que debe responderse con igual finura. Pero esta no es virtud del modo cómo se expresa Santos, que carece de la donosura que exhibía a raudales su tío abuelo, Eduardo Santos.
No obstante sus limitaciones en materia de expresión, Santos habría podido lucirse si hubiese tomado punto por punto las glosas que le formuló Uribe, mostrando la inexactitud de los hechos en que se basó o la improcedencia de sus razonamientos. Pero estaba enardecido, y un cerebro calenturiento no acierta a dar pie con bola, como se dice en el argot de los futbolistas.
Santos puede exhibir como trofeos las cabezas de los dirigentes de las Farc que ordenó “ejecutar”, según confesó en Kansas, pero hay unos hechos contundentes que muestran los retrocesos en materia de seguridad bajo su gestión. Uribe mencionó algunos de ellos, pero Santos no se dignó refutarlo, tal vez porque ni siquiera los conocía.
Si Santos siguiera la cuenta de Twitter que abrieron unos suboficiales y soldados que están muy descontentos con la situación del ejército, tal vez no se habría atrevido a poner como ejemplo de la alta moral de la tropa el de su hijo Esteban, al que ya graduó de Lancero y, según se dice, está preparando viaje para el Sinaí.
Santos se jacta de la normalización de sus relaciones con Chávez y con Correa, pero no explica el precio que ha pagado ni los riesgos a que está sometiendo al país en su trato con esos “nuevos mejores amigos”.
Por ejemplo, se ha tenido que tragar el sapo de la presencia pública de los jefes de las Farc y el ELN en Venezuela, sin decir ni mu, y ha salido a elogiar a Chávez como factor de estabilidad en la región, cuando a las claras no lo es, o a defender ante el mundo a la dictadura cubana, para escándalo de los demócratas que piden a gritos libertades para los perseguidos políticos en esa isla-prisión.
¿Qué diría Eduardo Santos si hubiera visto a su sobrino rompiendo lanzas en favor de dictadores caribeños, él que combatió con denuedo por el régimen de libertades y democracia en América Latina y desheredó a Enrique Santos Castillo por su apoyo a la causa franquista?
A Eduardo Santos se lo recuerda como adalid de la libertad de prensa en el continente.
Dio preciosísimos testimonios de dignidad y coherencia con sus ideas al enfrentarse al dictador Rojas Pinilla cuando en un arranque de arbitrariedad clausuró “El Tiempo”.
Y fue precisamente a raíz del homenaje que le ofrendó Alberto Lleras en el Hotel Tequendama cuando la opinión nacional se galvanizó contra los atropellos de Rojas y comenzó el imparable proceso de su caída. El verbo incandescente e inerme de Lleras tocó a somatén para incitar a la resistencia contra el tirano.
¡Qué vergonzoso contraste el que marca con su tío el Santos de hoy que trata de silenciar a los que se atreven a criticarlo, bien sea a través de la mezquina “mermelada” de que habló con obscenidad su exministro Echeverry, ya por obra de la presión ejercida por empresarios poco avisados que le prestan el servicio de forzar la salida de prestigiosos periodistas , tal como ocurrió con Ana Mercedes Gómez o su primo Francisco Santos!
La furia presidencial se desató sobre todo por las críticas que se han formulado en torno de sus volteretas y del proceso de diálogo con las Farc.
Hay muchísimos ciudadanos que consideran, yo creo que con muy buenas razones, que Santos los traicionó al seguir una líneas de acción política que estiman incompatibles con sus promesas de campaña.
En su prepotente fatuidad, Santos cree que de un plumazo les puede tapar la boca diciendo que no es así y que lo que está haciendo fue lo que se comprometió a realizar en el gobierno. Es la torpe estrategia del esposo infiel al que sorprenden con su amante: ¿de quién me hablan?¿en dónde está que no la veo?
Atando cabos, yo he llegado a la conclusión de que Santos se hizo elegir con una agenda oculta que por supuesto no les dio a conocer a sus electores. Pienso que ya desde la campaña misma andaba con la idea de entenderse con Chávez y con las Farc, así como la de reunificar a los liberales y entregarles el poder. Pero, si lo hubiera dicho, habría perdido las elecciones.
Es difícil encontrar en el DRAE palabras distintas de las de engaño, traición y otras semejantes, no menos duras, para calificar estos hechos. La gente de la calle no es muy sutil en el empleo del lenguaje y por eso trata a Santos con los más hirientes epítetos. El de Judas es suave si se lo compara con otros que se oyen por ahí.
Santos se declara ofendido por ello, pero desafortunadamente para él, resulta difícil convencer al colombiano de a pie de que no le pagaron el voto que en su favor depositó ingenuamente con un “paquete chileno” o lo que “El Nene del Abasto” llamaba el “cambiazo de Paco”.
No dejan de llamarme la atención los candorosos empresarios que salen a menudo, con libretos al parecer prefabricados, a aplaudir las iniciativas de Santos, pues pienso que no están dando buen ejemplo. En efecto, si en el mundo empresarial uno obrase con semejantes dosis de disimulo, para decirlo con un eufemismo, no podría hacer carrera, ya que de entrada suscitaría desconfianza.¿Por qué les piden entonces a las comunidades que crean en quien se hizo elegir probablemente con maniobras engañosas?
Sugiero a mis lectores que busquen en “El Tiempo” de ayer el excelente artículo que escribió Oscar Iván Zuluaga para justificar su escepticismo acerca de los diálogos que Santos ha iniciado con las Farc.
Al igual que muchísimos colombianos de buena voluntad, Zuluaga piensa que la paz es algo de suyo deseable, pero no del modo como pretende logarla Santos. Y lo mismo dijo Uribe en su discurso del domingo, con vehemencia, sí, pero también con sobra de razones.
Santos, en lugar de esmerarse en rectificar las apreciaciones de sus críticos, responde con agravios y baladronadas. No en vano lo llaman en Twitter “Santinflas”. Y, viéndolo el domingo pasado, no pude dejar de asociarlo con “El Siete Machos” que interpretó hace muchos años el histrión mexicano.
Santos cree tontamente que con hablar de que él representa el futuro la gente le va a extender un cheque en blanco para que gire sobre él como a bien tenga. Y asevera de modo irresponsable que, si fracasa el diálogo con las Farc, solo él sufrirá las consecuencias y al país no le va a pasar nada, cuando ya le están ocurriendo cosas muy graves y, según amenazan las propias Farc, las peores están por venir.
Yo he venido alertando en Twitter sobre los graves precedentes que se derivan de la concepción que tiene Santos acerca del juego político y el manejo de la institucionalidad.
Es mucho lo que tengo que decir al respecto.
Me limitaré por lo pronto a pedirles a mis lectores que abran la Constitución y lean el artículo 127, en la parte que dice que en general los empleados públicos sólo podrán participar en las actividades de los partidos y las controversias políticas “en las condiciones que señale la ley estatutaria”.
Como esta ley no se ha dictado, parece claro que Santos y la brigada de funcionarios que se hicieron presentes en la asamblea del Partido de la U el pasado domingo violaron la perentoria prohibición constitucional acerca de la participación en política.
Ahí le queda, apreciado Procurador Ordóñez, una buena tarea.
jueves, 27 de septiembre de 2012
Esas abortistas ávidas de sangre inocente
Sea por obra de la mala Constitución Política que nos rige, ya en virtud de un deplorable deterioro de nuestra institucionalidad, en las últimas semanas nos ha tocado presenciar un espectáculo bochornosos como el que más.
Se trata de la confrontación entre la Corte Constitucional y el Procurador General de la Nación, generada a partir del fallo de tutela de tres magistrados que, por el influjo de un grupo de presión abortista liderado por Mónica Roa, les ordenaron al segundo y a dos de sus subalternas que se retractaran de los conceptos que habían emitido en torno de lo que por un hipócrita subterfugio se viene denominando como “derechos sexuales y reproductivos de la mujer”, en lugar de aborto a secas, y de los efectos de la famosas “pastilla del día después”, que los magistrados insisten en que se los llame “anticonceptivos” y la Procuraduría ha considerado como “abortivos”.
Este evento es uno más de los “choques de trenes” que se han hecho ya proverbiales en nuestra práctica institucional.
Como todos ellos, sus efectos en la salud de la república son desastrosos. De choque en choque llegaremos algún día a alguna solución de fuerza que terminaría dando al traste con nuestro ordenamiento constitucional.
Por lo pronto, formularé algunas glosas sobre lo sucedido.
La primera tiene que ver con el procedimiento que ha dado lugar a la confrontación, esto es, la acción de tutela.
La pregunta obvia que uno se hace de entrada es:¿se dieron los supuestos constitucionales para el ejercicio de esta acción por parte de Mónica Roa y sus más mil compañeras probablemente no vírgenes ni mártires?
De lo que se ha publicado se colige que todas ellas consideran que las opiniones del Procurador y sus subalternas dizque vulneraron o amenazaron gravemente sus “derechos sexuales y reproductivos”, enmarcados dentro de conceptos más amplios como la vida digna, la salud y otros, de modo tal que las accionantes no tenían otra posibilidad efectiva de ampararlos, sino por medio de la acción de tutela.
Parece lógico inquirir si las peticionarias estaban dentro de las tres causales justificativas del aborto que por sí y ante sí, llevándose de calle la Constitución y la lógica, consagró un funesto fallo de la Corte Constitucional, de suerte que, por las opiniones de la Procuraduría, se les hubiese negado la posibilidad de interrumpir voluntariamente sus embarazos.
También parece lógico averiguar si estaban en plan de tener algún acceso carnal que se viera frustrado por la opinión de la Procuraduría acerca de los efectos abortivos del famoso fármaco, o si lo tuvieron y no pudieron tomarlo por miedo a que la justicia penal hiciese suya esa opinión.
No conozco el expediente sobre el que se produjo el fallo de los tres magistrados, pero albergo la idea de que pasaron por alto lo que el más modesto juez habría mirado de entrada, a saber, si se probaron los supuestos fácticos para el ejercicio de la acción.
Da la idea de que las accionantes ni siquiera se esmeraron en demostrar esos supuestos fácticos y que lo que hicieron, como suele ser ya de usanza, fue plantear unos supuestos hipotéticos, como los siguientes: “si yo quedara embarazada, las opiniones de la Procuraduría me impedirían acudir a la interrupción voluntaria de la gestación” o “si yo tuviera una cópula no podría impedir la concepción sobreviniente porque el Procurador opina que la “píldora del día después” es abortiva”.
Si un humilde juez hubiese otorgado el amparo bajo estos supuestos hipotéticos y en ausencia de todo elemento probatorio, habría hecho el hazmerreír y probablemente habría perdido el puesto o las posibilidades de ascenso en la carrera judicial. Pero si la que decide es nada menos que la Corte Constitucional, entonces hay que inclinarse ante su portentosa sabiduría.
Este asunto no habría ido más allá si hubiese mediado esta elemental reductio ad absurdum que acabo de sugerir y si no fuese porque había tras bambalinas otros ingredientes, como la presión del colectivo abortista, la ideologización de la justicia constitucional y el cometido político de oponerse a la reelección del procurador Ordóñez.
Digo, pues, que acá nos encontramos ante uno de los casos más aberrantes de distorsión y manipulación de la figura de la Tutela que haya sido dable conocer en los más de cuatro lustros que lleva de vigencia.
Veamos la segunda glosa que se me ocurre.
El fallo de los tres sapientísimos magistrados ordena que el Procurador y dos Viceprocuradoras se retracten de unas opiniones, y sugiere que, en virtud de tales retractaciones, las mil y más accionantes ya podrán follar a sus anchas sin temor a quedar en embarazo o, al menos, a no poder impedir su iniciación con la tal píldora, o a interrumpirlo, si derivare en alguna de las tres famosas causales.
Pues bien, ¿tanto poder tienen esas opiniones, tanto caso se le hace a la Procuraduría, tal capacidad tienen sus conceptos para hacer que la justicia penal se ajuste a ellos al pronunciarse sobre causales de justificación del aborto o de casos de uso de la “píldora del día después”? ¿Puede impedir la Procuraduría que las clínicas, los médicos y las droguerías atiendan a quienes demanden la “interrupción voluntaria del embarazo” o la mencionada píldora?
A primera vista, si uno cree que la Procuraduría está equivocada en un concepto dado, hay otros medios más razonables para pedirle que corrija sus apreciaciones e incluso están a la mano las acciones judiciales ordinarias.
Pero acá no se trataba de ser obsequiosos con el rigor jurídico, sino de darle un “golpe de opinión” al Procurador.
Y acá viene la tercera glosa: la violación en que ha incurrido la Sala, esa sí grave y flagrante, de los derechos del Procurador a las libertades de conciencia y expresión.
El fallo en comento no solo refuerza la ya ominosa tendencia de los jueces a la dictadura, sino que va más allá, al poner de manifiesto la persecución religiosa en contra de las creencias del Procurador, que son además las de la inmensa mayoría de los colombianos.
Casi al mismo tiempo, la Corte Constitucional, en otra decisión, dispuso que en los documentos oficiales no podrán mencionarse textos bíblicos ni de escrituras sagradas.
Estas dos providencias de la Corte Constitucional marcan pautas claras. So pretexto del carácter aconfesional o laico de la Constitución, se pretende que lo religioso y, específicamente lo cristiano y lo católico, queden relegados a la esfera íntima de la conciencia, de modo que no sean admisibles sus manifestaciones en la esfera de lo público.
Acá hay mucha tela para cortar y por ello será en otra oportunidad que me ocupe a fondo del asunto, pues no quiero fatigar al lector antes de exponer mi cuarta y, por ahora, última glosa.
Me refiero al tema de fondo de la discusión, que es el aborto.
Es tema en el que la discusión se mueve en un ambiente sórdido, pues, como escribí en Twitter, al debatirlo hay que enfrentar a esas abortistas ávidas de sangre inocente.
En mis Lecciones de Teoría Constitucional puse de manifiesto que la doctrina dominante en materia de derechos fundamentales ha perdido el norte moral.
Así se ve en todo lo que concierne al ámbito de las costumbres. Hasta la venerable noción de “buenas costumbres”, que tanta importancia tuvo en el derecho civil a lo largo de siglos, se ha visto relegada al “rincón de los recuerdos muertos”, de que habla un precioso tango de Homero Manzi. Ya ha perdido todo su vigor, pues ha sufrido el embate del relativismo moral que amenaza con desquiciar los cimientos de la civilización en que nacimos.
domingo, 9 de septiembre de 2012
Las Farc al asalto del poder
La historia es pródiga en casos de grupos minoritarios, pero audaces, decididos e implacables que han logrado tomar el poder en las sociedades gracias a la debilidad, la candidez, el descuido e incluso la traición de quienes tenían el deber de protegerlas.
Es lo que podría suceder en Colombia a raíz del desatinado diálogo que proyecta iniciar Santos con las Farc.
A nadie, salvo que se trate de los turiferarios del régimen, escapa que este proceso empezó mal.
En primer lugar, según dijo Chávez, fue Santos el que le pidió ayuda para convencer a las Farc a fin de que entrasen en tratativas con su gobierno con miras a la búsqueda de la paz. Dicho en pocas palabras, fue él quien izó la bandera blanca, ofreciéndoles prácticamente la rendición.
En segundo término, el Marco Jurídico para la Impunidad que aprobó el Congreso bajo una grosera presión de Santos, de entrada les puso a los subversivos en bandeja la Constitución. De ese modo, lo que debía ser tema de discusión a lo largo del proceso se convirtió en presupuesto del mismo.
En tercer lugar, Santos comienza estas negociaciones cuando su periodo presidencial tiene, como se dice entre nosotros, “el sol a sus espaldas” y su gestión ya no goza del apoyo que al principio le brindaron los colombianos, pues lo rodea una opinión pública dividida que en buena parte se halla indignada y asustada.
En cuarto lugar, los diálogos se iniciarán con las Farc recuperando terreno frente a un ejército desmoralizado porque, si bien cuenta con un gran apoyo dentro de las comunidades, las tres ramas del poder público se han negado a darle la protección jurídica que requiere frente a sus enemigos agazapados en la judicatura y los órganos de control.
En fin, el Pacto de La Habana, suscrito dizque por “Plenipotenciarios” de Santos y de las Farc, en vez de tranquilizar, inquieta por las gravísimas omisiones y concesiones que pone de manifiesto.
Así Santos diga con su habitual garrulería que en este proceso no se incurrirá en los errores de los que hubo en el pasado, con los que ya ha cometido se ve claro que ha quedado a merced de las Farc, las cuales le imprimirán la dinámica que deseen.
¿Qué quieren las Farc?
No es improbable que cuando el proceso haya avanzado lo suficiente, la consigna implícita que anime a sus negociadores sea, parafraseando la de los comunistas rusos en 1917, la de “Todo el poder para las Farc”.
Las Farc siguen siendo una organización narco-terrorista animada por una obsoleta ideología de corte estalinista. Las autoridades no las han derrotado, sino que les han implorado que se sienten a dialogar. No son comunistas arrepentidos de su ideología y deseosos de convertirse así sea a la social-democracia u otras denominaciones de izquierda moderada. Por el contrario, creen a pie juntillas en los dogmas del totalitarismo y aspiran a imponer el modelo cubano de economía centralizada, planificada y estatizada, así como el régimen de Estado policíaco, democracia de partido único y severísimas restricciones de las libertades públicas.
¿Qué se podría negociar en materia de régimen político, social y económico que no implique el sacrificio de valores fundamentales para ellos y para nosotros? ¿Cómo dialogar mientras las Farc conserven el poder de atacar a las poblaciones, intimidar a las comunidades, cometer actos terroristas, continuar con la práctica de sus mal llamados ajusticiamientos, extorsionar a los empresarios, secuestrarlos, reclutar menores, ejercer el narcotráfico en todos sus aspectos, movilizar a sus milicias urbanas, presionar mediante la violencia a los negociadores del Estado, etc?
El propio Santos, no se sabe si por ingenuidad o por cinismo, ha alertado a los colombianos sobre la necesidad de la templanza frente al incremento de las agresiones tendientes a quebrar la capacidad de resistencia física y moral de las comunidades, sobre todo cuando se presenten dificultades en las negociaciones por exigencias desmedidas de las Farc.
Por otra parte, Santos no le ha explicado al país cuál sería el modus operandi para instrumentar los acuerdos a que eventualmente se llegaría a partir de esos diálogos.
Es claro, a la luz de nuestro ordenamiento institucional, que esos acuerdos tendrían que someterse a aprobación por parte del Congreso en lo que impliquen reformas constitucionales y legales, bien sea para que aquel decida sobre ellos directamente, ora para convocar al pueblo con miras a que sea este mismo el que los apruebe.
Si el término fijado para las negociaciones es de un año, su vencimiento se dará en octubre de 2013, en vísperas del comienzo de la campaña electoral para la elección de congresistas y la que sigue para elegir Presidente.
Los tiempos no dan para que el actual Congreso se ocupe de evacuar esos supuestos acuerdos, a menos que se utilice la vía rápida del referendo que prevé el artículo 378 de la Constitución, caso en el cual su celebración tendría que ser anterior a las elecciones.
Piénsese, pues, en la situación caótica que se presentaría con unas elecciones antecedidas por una campaña centrada en la discusión de esos eventuales acuerdos con las Farc y en las que éstas harían uso de todo su potencial de intimidación contra los partidos políticos, los sectores sociales y, por supuesto, los votantes mismos.
¿Piensa Santos que tendrá todo el poder jurídico y fáctico para imponer por sí y ante sí esos eventuales acuerdos, en los que desde ya podemos predecir que habrá claudicaciones humillantes y desastrosas para nuestra institucionalidad?
Dicen los mentecatos que llevan hoy la vocería del Estado que si este proceso conduce a soluciones negociadas representará ganancias inequívocas para Colombia, como si ya supieran qué es lo que se va a convenir. Agregan que si fracasa, será muy poco lo que se pierda. Cito, por ejemplo, lo que ha dicho el ya conocido por el público como Simón el bobito.
Pues bien, de antemano sabemos que lograr que las Farc acepten una solución negociada implicará tremendos sacrificios de toda índole, a punto tal que el expresidente Betancur ya ha dicho que a la paz hay que llegar a cualquier precio. Pero,¿cuál sería ese precio extremo?¿El de decirles a las Farc que ya ganaron y nos dejen algún irrisorio premio de consolación?
Lo que yo veo venir son los actos de fuerza, las tomas de pueblos y haciendas, las marchas populares, los paros cívicos y nacionales, las huelgas interminables y, en fin, la generación de un ambiente revolucionario acorde con las técnicas de agitación y movilización de masas que los subversivos han estudiado a lo largo de décadas, así como la debilidad de la respuesta de las autoridades, dizque para no afectar los diálogos ni quedar mal con facilitadores y acompañantes como los gobiernos de Venezuela y Cuba.
El expresidente Uribe, como voz que clama en el desierto, ha alertado sobre la estulticia que significa poner al lado de las mesas de negociación a los cómplices internacionales de las Farc, con capacidad de presionar a los representantes del gobierno a fin de que sean tolerantes con los desmanes de aquellas.
Se afirma por ahí que la presencia y el respaldo de la comunidad internacional son prenda de garantía de la corrección de los diálogos, pues las Farc quedarían muy mal frente a un mundo globalizado que ya no ve con buenos ojos el recurso a la fuerza para solucionar los conflictos políticos internos.
Pues bien,¿les duele a las Farc la mala imagen ante la comunidad internacional? ¿Se volvieron decentes de la noche a la mañana?¿Se pusieron la corbata para entrar a ese club?
Y,¿qué es en definitiva esa comunidad, sino una entelequia más o menos difusa, diríase que fantasmal, proclive a tolerar todos los atropellos que la Realpolitik encuentre que no sólo no puede impedir, sino que de algún modo les convienen a los que la controlan?
Según Santos, los que lo criticamos somos como esos perros que salen a ladrarles a los caminantes intentando desviarlos de la ruta que llevan. Pero ya sabemos que él no se saldrá de la suya, pues su arrogancia y su frivolidad tienen inexorablemente trazado el camino de su tumba. Nada podemos hacer, salvo alertar y lamentarnos, pues no nos será posible ni siquiera prepararnos para el desastre.
Me decía antier un destacado ganadero:”¿a quién podría venderle hoy mis tierras y ganados, si todos los inversionistas están asustados con lo que se ve venir?” Y lo mismo están pensando los que tienen intereses en la minería, en los hidrocarburos, en la agricultura, etc.
Cuando aparezcan las iniciativas de las Farc, avaladas por las mesas que se van a instalar en todo el país, cundirá el pánico de los industriales, los comerciantes, los banqueros y hasta los dueños de los medios que hoy aplauden ciegamente las iniciativas de Santos. Entonces, habrá llanto y crujir de dientes.
¿Piensa Santos que cuando su contraparte, Timochenko, anuncia que los suyos han jurado vencer y vencerán, está simplemente pensando con el deseo y haciendo un discurso de ocasión para el gusto de la galería?
Guerra civil, golpe de Estado, dictadura de un lado o del otro, baño de sangre en los campos de Colombia, no son hipótesis alocadas en estos momentos, sino posibilidades ominosas que cobran viabilidad a partir de la ceguera de un gobernante irresponsable. Repito, no sería la primera vez que algo así sucediera en la historia.
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