domingo, 14 de septiembre de 2014

Como va al matadero la res

La encuesta Gallup que se dio a conocer esta semana muestra el pesimismo que ha invadido a los colombianos respecto de los diálogos que se adelantan con las Farc en La Habana.

 

Aunque, a lo largo del proceso, la opinión en general se ha manifestado de acuerdo con que se dialogue con los guerrilleros, las encuestas revelan que es escéptica sobre sus resultados. Y ese escepticismo, desde luego, ha afectado la imagen presidencial: el 49% desaprueba la forma como se está desempeñando el Presidente, mientras que solo el 44% la aprueba.

 

Estos resultados, apenas a un mes de haberse iniciado su segundo período presidencial, hacen ver que a Juan Manuel Santos lo afecta el mismo sindrome que a la oveja Dolly, la clonada que nació con envejecimiento prematuro. No hay entusiasmo con su gobierno, la gente no le tiene confianza, nada positivo se espera de sus gestiones.

 

Una amiga muy espiritual, cuyos consejos valoro por su honda sabiduría, me dice que hay que rezar por Santos, no solo por caridad para con él y su familia, sino con el país, porque su empeño en hacerse reelegir a como diera lugar y sin escrúpulo alguno respecto de los medios de que se valió para ello, rápidamente harán que se arrepienta de haberlo intentado y nos pondrán a todos en situaciones difíciles. Y un amigo que sabe de muchos secretos, me dice que, al apoyarse en fuerzas espirituales oscuras, Santos tendrá que habérselas con la pavorosa cuenta de cobro que intentarán pasarle. Es poco probable que la comunión que recibió, según foto que circula en las redes sociales, le confiera el vigor y la lucidez que necesita para llevar a Colombia por buen camino.

 

De ahí que, en general el 51% de los encuestados considere que las cosas en Colombia están empeorando y solo un 27% crea que van mejorando. Y a medida que la crisis fiscal que el gobierno se cuidó de ocultar durante la reciente campaña electoral vaya arreciando y se vea que las promesas populistas no podrán cumplirse, el desencanto va a ser peor.

 

Ese desencanto ya se advierte en escritos que se pueden leer hoy en medios tan dóciles para con el gobierno como El Espectador o El Tiempo.

 

El primero de ellos editorializa en duros términos sobre la reforma tributaria anunciada por el ministro de Hacienda(vid. http://www.elespectador.com/opinion/editorial/reforma-articulo-515980).

 

Transcribo el segundo párrafo del editorial, que es contundente acerca de las implicaciones morales y políticas de la crisis presupuestal de la Nación:

“El país, asimismo, se enteró horrorizado del volumen que ha alcanzado la llamada “mermelada”, o sea, las partidas regionales que impulsan las campañas de los grandes electores del Congreso consentidos del Gobierno. El Ministerio de Hacienda está aprobando sumas extravagantes, del tamaño de los ingresos completos de municipios medianos, para asegurar las copiosas votaciones de los grandes caciques amigos. Salvo las protestas y denuncias aisladas de los medios, ningún organismo de control, que se sepa, averigua siquiera al respecto. Este adefesio ya hace parte del paisaje presupuestal colombiano.”

 

Y en El Tiempo aparecen sendos artículos de María Isabel Rueda y Mauricio Vargas no menos incisivos: “El hueco de 12,5 billones”(http://www.eltiempo.com/opinion/columnistas/el-hueco-de-125-billones/14530418) y “El Abrazo de la DIAN” (http://www.eltiempo.com/opinion/columnistas/el-abrazo-de-la-dian/14530420).

 

Se cree que el agujero en las finanzas nacionales es mucho peor. Vargas habla de analistas que lo estiman en 20 billones de pesos. Y, en todo caso, escribe que es enorme:”de entre el 5 y el ocho por ciento del presupuesto”.

 

Si, como afirmaban los hacendistas franceses del siglo XIX, “Gobernar es gastar”, el margen de maniobra de lo que la prensa ha dado en llamar “Santos II” va a ser muy estrecho. Y está perdiendo apoyos muy valiosos entre los potentados que ayudaron a reelegirlo, pues no entienden cómo aspira a que sean ellos, más la sufrida clase media y, en últimas, el colombiano de a pie, quienes tengan que pagar la cuantiosísima factura de la reelección.

 

La gran carta de Santos para darle aire a su gobernabilidad es el acuerdo con las Farc y por eso sus voceros dicen a los cuatro vientos que todo va muy bien, que nadie saldrá afectado por lo que con los guerrilleros se convenga y que ya estamos prácticamente en el periodo constructivo del postconflicto. Pero las Farc lo desmienten categóricamente. De ahí que Plinio Apuleyo Mendoza se pregunte en su último artículo para El Tiempo, “A fin de cuentas, ¿a quién creerle?”( Vid. http://www.eltiempo.com/opinion/columnistas/a-fin-de-cuentas-a-quien-creerle/14521957).

 

Recuerdo que cuando Otto Morales Benítez renunció a seguir manejando el proceso de paz iniciado por Belisario Betancur, y que terminó tan mal, habló de “los enemigos agazapados de la paz”, aunque sin decir quiénes eran.

 

Pues bien, los diálogos de La Habana tropiezan con dos enemigos nada agazapados y bien visibles: las inconsistencias del gobierno de Santos y la descarada arrogancia de las Farc.

 

Me decía hace poco un amigo, de esos que saben dónde pone la garza, que la desesperación de Santos por mostrar resultados lo está llevando a firmar lo que le exija su contraparte y a nosotros no nos quedará otro remedio que plegarnos a lo que su debilidad les otorgue a los narcoterroristas.

 

Vino entonces a mi memoria el verso de “Casas Viejas”, para hacerme ver que nos llevarán “Como va al matadero la res…”

 

A lo largo de todo este proceso no hemos hecho si no ver cómo el gobierno cede y miente, mientras que las Farc ganan y ganan por punta y punta, como si se tratase de una lotería de la que tuviesen todos los boletos en sus faltriqueras. Ya aquél está ajustando su lenguaje para admitir que no habrá entrega, sino dejación de armas, y ofrecer además la posibilidad de un cese el fuego bilateral. Et sic caeteris…

 

En su momento veremos cómo se decide la suerte de la institución armada, se encuentra la fórmula mágica para garantizar impunidad, se aceptan los cambios estructurales que la guerrilla exige para integrarse al régimen político y se conviene la elección de una asamblea constituyente en términos que le garanticen que tendrá mayoría. Entonces, como lo ha denunciado valerosamente el procurador Ordóñez, estaremos compitiendo con un partido político armado y con recursos financieros que, según informaciones recientes, solo son superados por los de ISIS (Estado Islámico de Siria y el Levante).

 

No tengo nada en principio contra la campaña que, por iniciativa de la Andi y con apoyos tan fuertes como el de la jerarquía eclesiástica, acaba de lanzarse en favor de la reconciliación de los colombianos.

 

Es más, después de leer el importantísimo documento que para el efecto publicó el cardenal Salazar y me hizo llegar oportunamente mi caro amigo Rafael Uribe Uribe, hube de vencer una reticencia inicial sobre su actitud, pues en el mismo se habla, con profundo sentido cristiano, de la necesidad de que las víctimas del conflicto sean misericordiosas y perdonen, pero también, del arrepentimiento y la conversión de los victimarios.

 

Todo lo que conduzca al desarme de los espíritus ha de ser bienvenido. Sin embargo, tal como lo recomienda el Evangelio, al lado del candor de las palomas hay que protegerse con la astucia de las serpientes y no entregarse con mansedumbre de ovejas a la ferocidad de los lobos.

 

Si los diversos estamentos de la sociedad colombiana les dicen a las Farc “Yo soy capaz de perdonar y de ser misericordioso”, ojalá que sus cabecillas  en todos los niveles respondan de igual manera.

 

Sin embargo, no hay que bajar la guardia. Esa es una campaña publicitaria que por supuesto hace mucho ruido; pero lo que se desea son las nueces. Ya se verá si produce el milagro del cambio de actitud de las Farc.

 

Yo soy uno que cree en milagros, pues los he experimentado en mi interior. Del mismo modo que creo en la acción del Demonio, pues la he padecido, creo también y con más fuerza en la gracia de Dios, que me ha bendecido en momentos cruciales de la vida. Pero los milagros se producen, como insistentemente lo dice el Evangelio, por la fe.

 

Desafortunadamente, Colombia es hoy un país que en apariencia es religioso, pero en el fondo está profundamente descristianizado y, por ende, corrompido, tanto en la esfera de lo público como en la de lo privado.

 

¿Qué se puede esperar de una sociedad que tolera que unas niñas que van al extranjero a una competencia ciclística se presenten con un uniforme  que simula la desnudez de sus genitales? ¿A quién se le ocurrió esa porquería? ¿Qué se pretendió con ello? ¿Acaso, rendirle tributo a la flamante titular de la cartera de Educación Nacional?

 

Coda:

 

Acabo de leer en Twitter unas declaraciones de Santos para la BBC en las que dice lo siguiente:

 

“Ese Centro Democrático en el fondo es una extrema derecha, una especie de neonazismo, de neofascismo que lo único que causa es polarización y odios”.

 

Cómo contrasta esta actitud desobligante respecto de una oposición legítima que obtuvo cerca de siete millones de votos contra viento y marea en las pasadas elecciones, con el “prodigio de blandura” que, parafraseando a Churchill, exhibe frente al segundo grupo terrorista más poderoso del mundo.

miércoles, 10 de septiembre de 2014

La Homosexualización de la Sociedad

Hace algo más de diez años, a raíz de un proyecto de ley sobre uniones homosexuales que a la sazón se debatía en el Congreso, publiqué una serie de artículos en El Colombiano para oponerme a tal iniciativa. En alguno de ellos señalé que su objetivo final era la promoción de la agenda para imponer en la sociedad el estilo de vida homosexual, por lo que las cosas no se quedarían ahí, en el reconocimiento de derechos de las parejas homosexuales, sino que irían bastante más allá, como por ejemplo, en la transformación de los cursos de educación sexual en las escuelas para incluir en ellos las técnicas de interacción homosexual. En síntesis, observaba que venía en camino una profunda revolución moral y, por consiguiente, cultural.

 

Creo que los hechos me han dado la razón. Ahora, con la ayuda de internet, cuento con muchos más elementos de juicio par validar lo que en aquel momento era apenas una intuición.

 

Es una revolución que ha avanzado vertiginosamente en el transcurso de este siglo, tal como puede apreciarse en este escrito:http://lcnproducciones.wordpress.com/problematica-social/matrimonio-homosexual-y-adopcion-de-ninos/?blogsub=confirming#subscribe-blog

 

Ahí se lee que Holanda fue el primer país que reconoció por ley, en 2001, el matrimonio homosexual. Lo han seguido Bélgica, España, Canadá, Sudáfrica, Noruega, Suecia, Portugal, Islandia, Argentina y Dinamarca, entre otros. Y donde no ha sido posible establecerlo por decisión legislativa, como en Colombia, a las uniones homosexuales se las ha legitimado por vía judicial. De manera concomitante, han proliferado las iniciativas para aceptar la adopción de niños por parejas del mismo sexo, así como para imponer la agenda homosexual en la educación y penalizar a quienes se atrevan a disentir de estas tendencias que, como digo, implican una revolución a fondo en la esfera de las costumbres.

 

Como no es bien conocida de todos la Ley 1482 de 2011, que tipifica los actos de racismo y discriminación en el Código Penal, transcribo en seguida su texto, sobre el que luego haré algunas consideraciones:

 

Ley 1482 de 2011

(noviembre 30)

Diario Oficial Nro. 48.270 del 1 de diciembre de 2011

CONGRESO DE LA REPÚBLICA

Por medio de la cual se modifica el Código Penal y se establecen otras disposiciones

DECRETA:

TÍTULO I.

DISPOSICIONES GENERALES.

ARTÍCULO 1o. OBJETO DE LA LEY. Esta ley tiene por objeto garantizar la protección de los derechos de una persona, grupo de personas, comunidad o pueblo, que son vulnerados a través de actos de racismo o discriminación.

ARTÍCULO 2o. El Título I del Libro II del Código Penal tendrá un Capítulo IX, del siguiente tenor:

CAPÍTULO II.

De los actos de discriminación.

ARTÍCULO 3o. El Código Penal tendrá un artículo 134ª del siguiente tenor:

Artículo 134A. Actos de Racismo o discriminación. El que arbitrariamente impida, obstruya o restrinja el pleno ejercicio de los derechos de las personas por razón de su raza, nacionalidad, sexo u orientación sexual, incurrirá en prisión de doce (12) a treinta y seis (36) meses y multa de diez (10) a quince (15) salarios mínimos legales mensuales vigentes.

ARTÍCULO 4o. El Código Penal tendrá un artículo 134B del siguiente tenor:

Artículo 134B. Hostigamiento por motivos de raza, religión, ideología, política, u origen nacional, étnico o cultural. El que promueva o instigue actos, conductas o comportamientos constitutivos de hostigamiento, orientados a causarle daño físico o moral a una persona, grupo de personas, comunidad o pueblo, por razón de su raza, etnia, religión, nacionalidad, ideología política o filosófica, sexo u orientación sexual, incurrirá en prisión de doce (12) a treinta y seis (36) meses y multa de diez (10) a quince (15) salarios mínimos legales mensuales vigentes, salvo que la conducta constituya delito sancionable con pena mayor.

ARTÍCULO 5o. El Código Penal tendrá un artículo 134C del siguiente tenor:

Artículo 134C. Circunstancias de agravación punitiva. Las penas previstas en los artículos anteriores, se aumentarán de una tercera parte a la mitad cuando:

1. La conducta se ejecute en espacio público, establecimiento público o lugar abierto al público.

2. La conducta se ejecute a través de la utilización de medios de comunicación de difusión masiva.

3. La conducta se realice por servidor público.

4. La conducta se efectúe por causa o con ocasión de la prestación de un servicio público.

5. La conducta se dirija contra niño, niña, adolescente, persona de la tercera edad o adulto mayor.

6. La conducta esté orientada a negar o restringir derechos laborales.

ARTÍCULO 6o. El Código Penal tendrá un artículo 134D del siguiente tenor:

Artículo 134D. Circunstancias de atenuación punitiva. Las penas previstas en los artículos anteriores, se reducirán en una tercera parte cuando:

1. El sindicado o imputado se retracte públicamente de manera verbal y escrita de la conducta por la cual se le investiga.

2. Se dé cumplimiento a la prestación del servicio que se denegaba.

ARTÍCULO 7o. Modifíquese el artículo 102 del Código Penal.

Artículo 102. Apología del genocidio. El que por cualquier medio difunda ideas o doctrinas que propicien, promuevan, el genocidio o el antisemitismo o de alguna forma lo justifiquen o pretendan la rehabilitación de regímenes o instituciones que amparen prácticas generadoras de las mismas, incurrirá en prisión de noventa y seis (96) a ciento ochenta (180) meses, multa de seiscientos sesenta y seis punto sesenta y seis (666.66) a mil quinientos (1.500) salarios mínimos legales mensuales vigentes, e inhabilitación para el ejercicio de derechos y funciones públicas de ochenta (80) a ciento ochenta (180) meses.

ARTÍCULO 8o. VIGENCIA. La presente ley rige a partir de su promulgación y deroga todas las disposiciones que le sean contrarias.

 

Del texto se desprende que la ley se ocupa de tres temas principales: la discriminación, el hostigamiento y la apología del genocidio o el antisemitismo. 

 

La discriminación consiste en impedir, obstruir o restringir arbitrariamente el pleno ejercicio de los derechos de las personas por razón de su raza, nacionalidad, sexo u orientación sexual. Con esta figura se pretende castigar el racismo, el chauvinismo, el machismo y la homofobia. Es curioso que no se mencione la discriminación por consideraciones religiosas, pero no resulta difícil advertir el porqué: a los católicos y, en general, a los cristianos si se nos puede discriminar. A la luz del texto, si un padre de familia reprende a su hijo por los medios homosexuales que esté frecuentando, incurre en en este delito.

 

El hostigamiento cubre una gama más amplia: los motivos de raza, religión, ideología, política, u origen nacional, étnico o cultural. Según el DRAE, hostigamiento equivale a acoso. Y una de las acepciones del mismo consiste en “Práctica ejercida en las relaciones personales, especialmente en el ámbito laboral, consistente en un trato vejatorio y descalificador hacia una persona, con el fin de desestabilizarla psíquicamente”. El texto legal amplía la noción: el hostigamiento que se castiga va orientado a causar daño físico o moral a una persona, grupo de personas, comunidad o pueblo. El mero insulto o la alusión peyorativa podrían, entonces, configurar trato vejatorio y descalificador capaz de causar por lo menos daño moral consistente en la aflicción, la dignidad lastimada o la desestabilización psíquica.

 

Con base en disposiciones de este jaez, en otras latitudes se ha enjuiciado y castigado a predicadores cristianos que recuerdan en los púlpitos las duras referencias que se encuentran en la Biblia contra la homosexualidad y otras prácticas que en la misma se consideran aberrantes.

 

Bien podría aquí abrirse proceso contra cualquier católico que suscribiese la siguiente declaración de la Congregación para la Doctrina de la Fe en 1975: "Según el orden moral objetivo, las relaciones homosexuales son actos privados de su regla esencial e indispensable. En las Sagradas Escrituras están condenados como graves depravaciones e incluso presentados como la triste consecuencia de una repulsa de Dios" (Vid. http://www.es.catholic.net/hispanoscatolicosenestadosunidos/584/1471/articulo.php?id=6877).

 

Difundir, incluso, lo que enseña el Catecismo de la Iglesia Católica sobre la condición y los actos homosexuales, que considera intrínsecamente desordenados, podría considerarse vejatorio  y psíquicamente desestabilizador:

 

 

Castidad y homosexualidad

2357 La homosexualidad designa las relaciones entre hombres o mujeres que experimentan una atracción sexual, exclusiva o predominante, hacia personas del mismo sexo. Reviste formas muy variadas a través de los siglos y las culturas. Su origen psíquico permanece en gran medida inexplicado. Apoyándose en la Sagrada Escritura que los presenta como depravaciones graves (cf Gn 19, 1-29; Rm 1, 24-27; 1 Co 6, 10; 1 Tm 1, 10), la Tradición ha declarado siempre que “los actos homosexuales son intrínsecamente desordenados” (Congregación para la Doctrina de la Fe, Decl. Persona humana, 8). Son contrarios a la ley natural. Cierran el acto sexual al don de la vida. No proceden de una verdadera complementariedad afectiva y sexual. No pueden recibir aprobación en ningún caso.

2358 Un número apreciable de hombres y mujeres presentan tendencias homosexuales profundamente arraigadas. Esta inclinación, objetivamente desordenada, constituye para la mayoría de ellos una auténtica prueba. Deben ser acogidos con respeto, compasión y delicadeza. Se evitará, respecto a ellos, todo signo de discriminación injusta. Estas personas están llamadas a realizar la voluntad de Dios en su vida, y, si son cristianas, a unir al sacrificio de la cruz del Señor las dificultades que pueden encontrar a causa de su condición.

2359 Las personas homosexuales están llamadas a la castidad. Mediante virtudes de dominio de sí mismo que eduquen la libertad interior, y a veces mediante el apoyo de una amistad desinteresada, de la oración y la gracia sacramental, pueden y deben acercarse gradual y resueltamente a la perfección cristiana.

 

En fin, afirmar que no es posible la equiparación moral y jurídica de la heterosexualidad y la homosexualidad, suscita el riesgo de que se abran procesos instigados por quienes consideren que de ese modo se los veja y se les desestabiliza psíquicamente.

 

La tercera figura que contempla la ley en comento es la apología del genocidio y el antisemitismo, con el propósito de castigar a quienes por cualquier medio difundan ideas que los  promuevan, propicien o de alguna manera los justifiquen, o pretendan la rehabilitación de regímenes o instituciones que amparen prácticas generadoras de las mismas. Por consiguiente, si uno da lugar  a que lo moteje de “neonazi”o  pone en duda las cifras del Holocausto, se expone a que la Fiscalía le abra investigación. A lo mismo podría exponerse, en sana lógica, quien defendiera lo que hicieron Stalin, Mao, Pol Pot y, en general, los dictadores comunistas que causaron el genocidio más brutal de la historia, los cien millones de muertos que registra “El Libro Negro del Comunismo”. Pero es dudoso que el Fiscal quiera habérselas con sus antiguos conmilitones, sobre todo ahora que funge de defensor de oficio de los carniceros de las Farc.

 

Esta tercera figura ilustra sobre el común origen de las dos primeras. Como nadie que al parecer esté en sus cabales podría negar la total carencia de fundamento racional y moral del racismo, ni sus aterradoras consecuencias, como las que acreditan los campos de concentración nazis y demás testimonios sobre el Holocausto, no deja de tener buena presentación que se reprima a sus defensores y promotores, así se incurra en excesos, como la condena que en Austria se dio contra  David Irving, el conocido historiador británico que se hizo famoso por su libro “La Guerra de Hitler” y por cuestionar hechos y datos concernientes a la persecución nazi contra los judíos.

 

Hay, de hecho, un poderosísimo lobby sionista que actúa al servicio de los intereses israelíes y de las comunidades judías, para proteger su imagen histórica y defenderlos de persecuciones, discriminaciones y hostigamientos.

 

Pues bien, con razones similares se han integrado a sus esfuerzos los de organizaciones que con justa causa actúan en defensa de afrodescendientes , pueblos aborígenes y otras comunidades étnicas que han sufrido por obra del racismo.

 

E invocando una muy disuctible analogía, los activistas del feminismo y el colectivo LGTBI han pretendido identificar sus reclamos y aspiraciones con los de quienes luchan contra el racismo. La consigna ya no es entonces “Proletarios de todo el mundo, uníos”, sino “Discriminados de todo el mundo, uníos”. Es el marxismo cultural en marcha.

 

Cobijados bajo la misma manta, su acción se guía por idénticos procedimientos: sensibilizar a la opinión pública, presentarse como víctimas, satanizar a quienes de algún modo disientan de sus premisas, de sus métodos o de sus propósitos.

 

Pero en lo que atañe al feminismo radical y el colectivo LGTBI la acción va más allá de obtener reconocimiento y derechos, pues de lo que se trata es de provocar una profunda revolución cultural que desemboque, no en el reconocimiento de su igualdad, sino en la imposición de su hegemonía.

 

Acerca del feminismo radical, el siguiente testimonio es contundente:http://fellowshipoftheminds.com/2014/09/04/feminism-is-communism/

 

El colectivo LGTBI es aún más beligerante. No en vano se mencionan con insistencia sus pretensiones totalitarias. Su propósito no es solo la destrucción de la familia,  sino imponer su estilo de vida en toda la sociedad. Se habla en torno suyo  de un totalitarismo violento y bien financiado, tal como puede verse en:http://www.politicadeestado.com/index.php/item/2186-homosexual-denuncia-que-el-objetivo-del-lobby-gay-es-destruir-a-la-familia.html

 

Un contradictor anónimo me ha tildado de ignorante por citar lo que dice Borges acerca del prurito de los homosexuales de convencernos de que lo suyo es lo mejor; pero ahí están los hechos mondos y lirondos. La propaganda LGTBI es invasiva en los medios de comunicación, en el cine, en el debate público. Y su acción está presente en múltiples esferas, especialmente la académica y la educativa.

 

La educación pública en los Estados Unidos está en poder de sus activistas. Y lo mismo está ocurriendo en Colombia, pues no otro sentido tiene que el Ministerio de Educación esté  bajo el control de una lesbiana que hace alarde de su orientación sexual. En Inglaterra, una maestra fue sancionada porque se negó a que en su clase se leyera un libro de cuentos sobre aventuras de los pingüinos gays. Bajo el gobierno de Zapatero en España, uno de los textos de educación sexual era un folletín de caricaturas titulado “Alí Babá y sus cuarenta maricones”. Y en la Francia de Hollande, se estimula a los niños para que jueguen con muñecas y, a las niñas, para que lo hagan con carritos o “transformers”. Además, hay programas de ambientación de la cultura homosexual, como el de “mi papá viste de bata”.

 

De hecho, hay un compromiso nítido del actual gobierno norteamericano con la promoción de la homosexualidad. No faltan los que dicen que ello se debe a las supuestas orientaciones sexuales de la pareja presidencial. Así lo manifestó hace un par de meses  la recientemente fallecida comediante Joan Rivers en unas declaraciones,  tal como se registra en http://www.ijreview.com/2014/07/154150-joan-rivers-walks-cnn-interview-criticized-fur/

 

Pero la agenda de la homosexualización de América , anunciada y promovida por Denis Altmann en un libro que lleva este mismo título, viene de años atrás y es consecuencia de la liberación sexual de la década de 1960.

 

Jo Coleman, en “Cooked? The Homosexualization of the Entire American Culture”, se ocupa, según la reseña que hace Amazon de su libro, de mostrar en detalle cómo a lo largo de los últimos cuarenta años se ha producido un profundo cambio cultural tendiente a imponer la tesis de que la homosexualidad es un estilo de vida alternativo del todo aceptable. Todos los segmentos de la sociedad norteamericana han sido presionados para imponerles esta idea, tanto en el sistema educativo (desde el kindegarten hasta la universidad), como en el establecimiento político, las corporaciones, las organizaciones profesionales, los medios, la industria del entretenimiento e, incluso, las iglesias ( Vid. http://www.amazon.com/Cooked-Homosexualization-Entire-American-Culture/dp/0979821215).

 

Hay quienes consideran que la estrategia para imponer la homosexualización no es solo cultural, sino que se adelanta a través de otros medios, como la presión financiera que se ejerce, según se ha visto, sobre países africanos que la rechazan, o de modo clandestino, mediante la introducción en los alimentos o el agua destinada al consumo público de sustancias esterilizantes. De hecho, se ha constatado una disminución del 50% de los espermatozoides en la población global en las últimas décadas (Vid. The Eugenics Wars: Oppression of the Nanny State, en “The New World Order and the Eugenesics Wars-A Christian Perspective”, por Andrew John Hoffman).

 

La promoción de la homosexualidad pretende  borrar las diferencias entre  lo masculino y lo femenino. Se habla de roles intercambiables, se recomienda la práctica de la bisexualidad y se desacreditan las actitudes que resaltan los rasgos propios del varón o de la mujer, pues como dijo nuestro poeta, “Olivos y aceitunos, todos son unos”. Tras ello median consideraciones pragmáticas (el sexo no reproductivo), pero también ideológicas, tocantes con la tesis gnóstica que sigue la Masonería ocultista acerca de la androginia original del ser humano, que se trata de recuperar mediante el ocultismo sexual. Es tema de la obra diabólica de Aleister Crowley y de las extravagantes especulaciones de Gabriel López de Rojas.(Debo esta observación sobre el mito del Andrógino a un interesante comentario del  famoso biblista francés André Paul).

 

En el sitio de Henry Makow (henrymakow.com) leí hace poco   que, según  uno de sus corresponsales, en Dinamarca de hecho ya no se establece distinción alguna entre lo masculino y lo femenino. Siendo así, Dinamarca podría considerarse entonces como un laboratorio de la ingeniería social que pretende desarrollar el Nuevo Orden Mundial, del mismo modo que Holanda y Bélgica lo son de la eutanasia, y la Confederación Helvética lo es del suicidio asistido.

 

Judith A. Reisman, que denunció el fraude de los famosos informes de Kinsey sobre la sexualidad de los norteamericanos , sostiene que la propensión de los homosexuales hacia la pedofilia es mucho más elevada que la de los heterosexuales (Vid. http://linkis.com/wordpress.com/AYyto).

 

En el sitio http://www.barruel.com/info12.html puede encontrarse abundante información sobre las redes pedófilas que actúan con deplorable impunidad en las más altas esferas sociales de Europa y los Estados Unidos, frecuentemente vinculadas con las logias masónicas.

 

El papa Paulo VI declaró con enorme aflicción que el humo de Satanás se había colado por las hendijas de la Iglesia. Es probable que lo hubiera dicho a propósito de la ceremonia satanista que Malachi Martin denunció que se había celebrado en el Vaticano a poco de su elección.

 

Una de las manifestaciones de esa perversa penetración en la Iglesia es la presencia conspicua de la homosexualidad y la pedofilia, ligada esta con aquella, en no pocos de sus estamentos.Tal es el tema de dos libros estremecedores, “The Rite of Sodomy”, de Randy Engel, católica tradicionalista que se ha hecho famosa por sus trabajos de periodismo investigativo, y “Lucifer’s Lodge-Satanic Ritual Abuse in the Catholic Church ”, de William  H. Kennedy. El padre Germán Robledo Ángel se ha ocupado del asunto en lo que respecta a la Arquidiócesis de Cali,  en su libro “¿Hacia un clero gay?”, que plantea graves inquietudes acerca de la situación moral de los seminarios y la condescendencia de la jerarquía frente a prácticas escandalosas.

 

Coincido con Makow en que hay en los tiempos que vivimos muchísimos indicios de una extensa acción demoníaca que amenaza la supervivencia de la humanidad sobre la faz de la Tierra. La crisis espiritual, doctrinal y moral del Catolicismo parece darles la razón, además, a quienes piensan que ya estamos presenciando los eventos anunciados en muchísimas profecías, comenzando por la del Apocalipsis. Son profecías que alertan sobre una descomposición tal que implica la apostasía de la Iglesia.

martes, 2 de septiembre de 2014

La agenda de destrucción de la familia

El fallo de tutela que emitió la Corte Constitucional la semana pasada sobre adopción por parte de parejas homosexuales, es un eslabón más de una larga cadena de abusos interpretativos con que dicha corporación no solo contribuye a desquiciar nuestra endeble institucionalidad, sino a promover la revolucíón cultural tendiente a cambiar radicalmente la fisonomía de nuestra civilización.

 

Dice el artículo 241 de nuestra Constitución Política que “a la Corte Constitucional se le confía la guarda de la integridad y supremacía de la Constitución en los precisos términos de este artículo”. Y el artículo 42 del mismo estatuto reza:"La familia es el núcleo fundamental de la sociedad. Se constituye por vínculos naturales o jurídicos, por la decisión libre de un hombre  una mujer de contraer matrimonio o por la voluntad responsable de conformarla".

 

A primera vista, este enunciado parecería gozar de las garantías de integridad y supremacía que consagra el referido artículo 241, máxime si el mismo dice que la Corte Constitucional debe protegerlo dentro de los precisos términos de su competencia para actuar.

 

Pero, por arte de bibibirloque, la Corte Constitucional, desde que se la instauró en 1991, ha venido considerando que su papel no es la guarda de la Constitución, interpretándola y aplicándola a su leal saber y entender, sino modificarla a su arbitrio, sustituyendo la voluntad del Constituyente por la suya y autoproclamándose ella misma entonces como instancia constituyente.

 

De hecho, la Corte Constitucional ha adoptado como divisa, contrariando textos expresos de la Constitución, la del realismo jurídico norteamericano, según la cual “La Constitución es lo que los jueces dicen que es”. Por consiguiente, ha implantado entre nosotros, no el discutible gobierno de los jueces, sino algo peor: su dictadura.

 

Como dijo Don Miguel Antonio Caro acerca del Congreso que en 1858 instituyó la Confederación Granadina con el voto de los conservadores, “el guardián del manicomio se enloqueció”. De igual modo, la Corte Constitucional, encargada de la guarda de la Constitución y de controlar de ese modo al Congreso, al Ejecutivo e, incluso, por vía de tutela, a todas las restantes autoridades públicas, perdió ella misma el control y se desbocó como rocín desaforado. No se autocontrola, ni hay quien le tenga las riendas.

 

Si la Constitución dice que la familia se integra a partir de la unión, formal o informal, de un hombre y una mujer, la Corte se atribuye el poder de enmendarle la plana, diciendo con argumentos especiosos que hay otras modalidades de familia que también merecen, en razón de la igualdad, que se las considere como células fundamentales de la sociedad y se las proteja del mismo modo que a la monogámica heterosexual y nuclear. En tal virtud, se autoadjudica la competencia para redefinirla según sus preferencias ideológicas.

 

En la reseña que ofrece El Tiempo de este fallo se hace un breve recuento de los antecedentes jurisprudenciales que le sirven de apoyo:

 

“La más reciente decisión de la Corte frente a las parejas gay se dio en el 2011 cuando consideró este tipo de uniones como una forma de familia, en el 2008 sentenció que las parejas del mismo sexo en unión marital pueden acceder a la pensión de sobreviviente y en el 2007 le reconocieron el derecho de visita conyugal en las cárceles.”

http://www.eltiempo.com/politica/justicia/corte-avala-adopcion-a-pareja-de-mujeres-gay-en-colombia/14451558

 

El fallo es, entonces, consecuencia lógica de la redefinición de la familia que abusivamente se impuso desde el año 2011. Pero trae algo más: la idea de que el niño tiene derecho, no a dos progenitores, sino a dos figuras autoritarias o protectoras, según se mire, que contribuyan a su cabal desarrollo. Impone, eso sí, un condicionamiento: que con una de ellas tenga relación de filiación biológica.

 

No dice que el niño tiene derecho a un papá y a una mamá, sino a ser regido por una especie de diarquía que puede ser hetero u homosexual. Para tal efecto, en otros países que nos están trazando el camino, en la cabeza de la familia ya no se mencionan esposo y esposa, padre y madre, sino cónyuge 1 y cónyuge 2.

 

Para llegar a estas conclusiones se echa mano de variados argumentos, unos de ellos tendientes a destruir lo que se considera que son prejuicios religiosos o atávicos, y otros encaminados a establecer jerarquías en el seno de la normatividad constitucional o a sustentar supuestas afirmaciones científicas.

 

Hay un dogma que se reitera a troche y moche en las discusiones político-jurídicas, en virtud del cual en el escenario de la “Razón Pública” no son de recibo argumentaciones basadas en principios religiosos o metafísicos. A partir de ahí, se excluye del debate sobre temas tan controvertidos como el que nos ocupa, todo lo concerniente a la Revelación Divina (es decir, lo que ordena el Evangelio), así como a la Ley Natural o a escalas de valores que en su exploración de la vida espiritual haya formulado la Axiología.

 

En consecuencia, se excluyen de tajo  las ideas que han fundado nuestra civilización, en beneficio de otras a las que  se otorga arbitrariamente carácter racional, cuando a menudo son meras construcciones ideológicas, como sucede con la llamada ideología de género, o elaboraciones más propias de una pseudociencia que de la ciencia en sentido esticto, como muchas de las que se afirman acerca de la sexualidad y, en general, de la vida humana.

 

En rigor, los magistrados de la Corte Constitucional se atribuyen el poder de decidir cuáles son las ideologías que prevalecen, a título de integrantes del sistema de legitimidad, sobre el sistema de legalidad explícito que consagra la Constitución.

 

Conviene recordar que en la Sociología del Derecho se diferencian el sistema de legalidad, configurado por la normatividad positiva, y el sistema de legitimidad, constituído por conceptos, principios y valores. Mientras que el sistema de legalidad tiende a concretarse en enunciados que corresponden al esquema lógico de supuesto de hecho, consecuencia normativa y cópula de deber ser que vincula al primero con la segunda, el sistema de legitimidad se traduce en enunciados abiertos y más bien difusos, de carácter ideológico. El primero se rige, en términos kelsenianos, por una validez formal, mientras que el segundo aspira a una validez material. Además, también según Kelsen, el sistema de legalidad es rigurosamente jurídico, en tanto que el de legitimidad hace parte bien sea del orden moral, ya del universo político.

 

De acuerdo con los planteamientos de Kelsen y, en general, de los positivistas, la práctica del Derecho debe centrarse en el sistema de legalidad, que consideran que es objetivo y seguro, ya que poco se presta para que las consideraciones subjetivas de los operadores jurídicos se cuelen como si emanasen  de la autoridad pública. Pero es difícil que los casos concretos puedan resolverse siempre a la luz de los textos legales, razón por la cual se hace menester que se acuda al auxilio de los principios generales del Derecho o de cada ordenamiento en particular.

 

Tal como lo establece el artículo 230 de la Constitución Política, “Los jueces, en sus providencias, sólo están sometidos al imperio de la ley”. Y según precisa la misma disposición, “La equidad, la jurisprudencia, los principios generales del derecho y la doctrina son criterios auxiliares de la actividad judicial”. Estos medios son, por consiguiente, secundarios. Es posible acudir a ellos para orientar la interpretación del Derecho, para resolver problemas de interpretación, para definir casos difíciles o para suplir los vacíos que inevitablemente se presentan en la vida de la normatividad. Pero, como lo ha sostenido el pensamiento jurídico a lo largo de siglos, no sustituyen ni derogan el ordenamiento positivo, sino que lo refuerzan, integran y precisan.

 

Pues bien, el Nuevo Constitucionalismo y otras corrientes afines henchidas de pesada carga ideológica, han invertido el esquema, convirtiendo el sistema de legalidad positiva en algo secundario y asignándole la mayor fuerza normativa a la validez material del sistema de legitimidad. De ese modo, se ha instaurado la inseguridad jurídica, se ha abierto camino la arbitrariedad judicial y el Derecho, como lo observa agudamente Zagrebelsky, se ha tornado en algo dúctil. Carente de rigor conceptual y de severidad lógica, se ha convertido en un instrumento político, un arma ideológica. Por eso he manifestado en algotra oportunidad que ya no es derecho, sino torcido.

 

Dentro de esta tónica, la Corte Constitucional, por sí y ante sí, resolvió modificar radicalmente el sentido del artículo 230 en mención, de modo que de hecho habría que seguir leyéndolo en estos términos:

 

"Los jueces, en sus providencias, están sometidos al imperio de ley y, sobre todo, al precedente judicial, en los términos de la Sentencia C-836 de 2001. La equidad, la jurisprudencia, los principios generales del derecho y la doctrina son criterios auxiliares de la actividad judicial, salvo que hagan parte de la ratio decidendi de sentencias que consagren precedentes obligatorios en virtud del mismo proveído”.(Vid.http://www.corteconstitucional.gov.co/relatoria/2001/c-836-01.htm)

 

Esta sentencia configura, por supuesto, un manifiesto abuso de poder. La Corte Constitucional no solo modificó de ese modo un texto expreso y nítido de la Constitución Política, sino que lo hizo en su propio beneficio para acrecentar su poder. De hecho, se llevó de calle el Título XIII, que trata sobre la reforma de  la Constitución, imponiendo la tesis de que esta es lo que aquella dice que es.

 

Es tema sobre el que ha habido discusiones interesantes, como las que se recogen en el siguiente ensayo: http://www.usergioarboleda.edu.co/investigacion-derecho/edicion3/la-interpretacion-y-desarrollo-del-articulo-230-de-la-constitucion-politica-de-colombia.pdf

 

De ahí extrae la Corte Constitucional su poder de redefinir la familia, en contra del texto expreso y también nítido del artículo 42 de la Constitución Política.

 

La Corte Constitucional se desliga del sistema de legalidad positiva enunciado en la Constitución, invocando para ello la supremacía del sistema de legitimidad o la validez material y valiéndose de un comodín: el principio de igualdad.

 

Según sus sentencias, todo el sistema de la Constitución parece girar en torno de ese principio. Ella se arroga la atribución de decidir cuáles disposiciones constitucionales que aparentemente permitan desigualdades son de recibo y cuáles no lo son. De ahí, la tesis que implícitamente ha desarrollado acerca de que hay unas normas más constitucionales que otras, como en la conocida novela de Orwell, “Rebelión en la Granja”:"Todos los animales son iguales, pero hay unos más iguales que otros".

 

La Corte Constitucional ha erigido una Supraconstitución ideológica que prevalece sobre la Constitución escrita.

 

"Quod scripsi scripsi", dijo Pilato en frente del Señor: lo escrito, escrito queda. No es fácil borrarlo y, cuando de Derecho se trata, impone límites. La ideología, en cambio, es gaseosa, etérea, mudable: hoy es y mañana no parece. Constituye “Flatus Vocis”, palabras que se lleva el viento, algo que se puede dotar del contenido que quien la esgrima desee.

 

La palabra ideología se presta para variadas interpretaciones, algunas de ellas más bien peyorativas. En un sentido amplio, se refiere a conjuntos de ideas más o menos ordenados de modo sistemático, en los que hay cierta unidad temática y alguna correspondencia lógica. Pero frecuentemente se utiliza la expresión para referirse a conjuntos que no tienen el mismo rigor de los sistemas filosóficos o las concepciones científicas. Y en la Sociología del Conocimiento suele empleársela para referirse a complejos de ideas que tienen un valor meramente instrumental, puestos al servicio de intereses políticos y en los que el valor de verdad es secundario.

 

La Corte rechaza la Revelación Divina como fuente de conocimiento moral y jurídico. La misma negativa pone de manifiesto frente a la Ley Natural o a los Valores del espíritu. La suya es, en los términos de Tresmontant que cité en un escrito anterior, una “antropología mutilada”, hecha a la medida de lo que ahora ha dado en llamarse como “políticamente correcto”, de base materialista y refractario a todo lo que evoque la noción de trascendencia. Esa antropología  entronca con la que Borges alguna vez denominó la “triste mitología de nuestro tiempo”.

 

De acuerdo con una seguidilla de sentencias, la Corte Constitucional considera que la “Ideología de Género”, con sus afines, hace parte de la Supraconstitución, tal como se observa en un fallo risible que dispuso corregir la redacción del Código Civil, que en gran parte sigue la mano maestra de Don Andrés Bello, para cambiar las reglas de la gramática castellana y ajustar su articulado a la farragosa distinción entre “los” y “las”.

 

No importa que esa “Ideología de Género” no esté contemplada dentro de las que de modo indubitable le brindan soporte de legitimidad a nuestra Constitución Política. No importa tampoco que incorporarla a ella implique un cambio de veras revolucionario en su espíritu, de aquellos que según jurisprudencia de la misma Corte no podrían introducirse mediante reformas ordinarias, sino que implicarían participación directa del pueblo en su aprobación, de acuerdo con la tesis de Karl Schmitt que ha hecho tan mala carrera en nuestro constitucionalismo. El Congreso no puede aprobar reformas que vayan contra el espíritu de la Constitución, porque su poder constituyente secundario no lo habilita para ello, tal como lo dispuso la Corte Constitucional al declarar inexequible el Acto Legislativo que habría permitido la segunda reelección presidencial de Álvaro Uribe Vélez. Pero la Corte Constitucional, en un fallo de tutela, sí puede hacerlo, promoviendo a la vez una revolución cultural por ese medio.

 

La célebre definiición aritotélica de la justicia postula que ella consiste en tratar a los iguales como iguales y a los desiguales como desiguales, en la medida de su desigualdad.

 

Igualdad y desigualdad son relaciones, pero los términos u objetos de dichas comparaciones tienen su propia entidad. Lo igual o desigual en ellos hace parte de su realidad. Ahora bien, hay realidades que son pertinentes para la normatividad jurídica y otras que no lo son. Tomar nota de ellas o ignorarlas es materia de discernimiento, es decir, de lo que Santo Tomás de Aquino llamaba la sindéresis, que no es otra cosa que el buen sentido que se aplica a la complejidad de las situaciones, diferenciando en ellas lo sustancial y lo accidental. En materia político-jurídica, esas diferenciaciones no solo consideran los deseos o intereses de los sujetos, sino, ante todo, el bien común.

 

La Ideología de Género, tanto en su versión de feminismo radical como en la que anima al colectivo LGTBI, aduce que las diferencias entre hombres y mujeres no son naturales, sino culturales, y aunque fuese lo primero, en tal caso no serían relevantes, como tampoco lo son las segundas. Agrega que lo mismo ocurre respecto de las orientaciones sexuales. Por consiguiente, todas estas deben tratarse tanto desde el punto de vista jurídico como el moral, dentro de un plano de estricta igualdad. Y si de pronto aparecen desigualdades debidas a la naturaleza o a la historia, el ordenamiento jurídico debe permitir e incluso promover su compensación y su corrección.

 

Para llegar a estas conclusiones, ha sido necesario un arduo y persistente trabajo de lo que los filósofos franceses más recientes suelen llamar “deconstrucción”, que es, por así decirlo, un desmonte de todos los conceptos expresos y tácitos en que se basan las ideas corrientes sobre diferenciación de los sexos, así como de normalidad y anormalidad en la actividad sexual. Esa demolición va acompañada de un auténtico lavado cerebral que, a través de distintos medios y procedimientos, se ejerce sobre el gran público.

 

Dice el Génesis: “Dios creó al hombre a su imagen, a imagen de Dios lo créo, macho y hembra los creó”(1,27).

 

Lo primero es, por supuesto, un enunciado de fe; pero lo último es una verdad de a puño: el género humano se divide en hombres y mujeres. La anatomía y la fisiología dan cuenta de ello sin necesidad de mayores elucubraciones. Y la biología remata el cuadro: la diferenciación sexual es la clave de la procreación y, por consiguiente, la perpetuación de la especie.

 

Es verdad que por un extraño designio en  la naturaleza se presentan fenómenos excepcionales de indiferenciación sexual, intersexualidad o desviaciones del apetito sexual, todo lo cual ha dado lugar a una dialéctica que se presenta en todas las sociedades, aunque no todas la asimilan y manejan de la misma manera: la de la normalidad y la anormalidad. En virtud de ello, todas las sociedades hasta el presente han establecido distinciones entre el carácter masculino y el femenino, asi como entre el ejercicio ordenado y el desordenado de la sexualidad. Tales distinciones proceden en buena medida de la cultura y son tan versátiles como esta misma, pero surgen de la observación de datos que ofrece la naturaleza. Su justificación deriva de necesidades colectivas relacionadas ante todo con la vida familiar y la cívica.

 

Se atribuye a Nietszche lo de que el hombre es un animal incompleto. Creo que el apunte es parcialmente acertado, pues no es strictu sensu una entidad biológica, sino mucho más. Pero su parte animal lo vincula al orden de la naturaleza. Lo que lo completa es la cultura, algo que él mismo crea y es capaz de estimular su ascenso hacia las altas regiones espirituales. En rigor, habría que distinguir en él su parte natural, su parte cultural y su parte espiritual. Y solo podríamos entenderlo mediante la articulación de esas tres perspectivas.

 

Pues bien, el naturalismo solo capta en él su dimensión biológica. Lo considera como un animal especialmente dotado, pero igualmente limitado o mal equipado. Aunque no se crea, tal era el pensamiento de Voltaire, según puede leerse en el siguiente sitio, bastante crítico por cierto del mal llamado filósofo de la tolerancia: http://www.contreculture.org/AG%20Voltaire.html.  Ese es, además,  el punto de vista de no pocos biólogos contemporáneos,  que hablan de que son insostenibles la originalidad y la preeminencia del ser humano sobre sus congéneres animales.

 

El culturalismo hace suya la divisa acuñada por  la filosofía alemana de la cultura, bastante influenciada por Kant y, sobre todo, por Hegel, según la cual “El hombre no es naturaleza, sino cultura”, o como decía Ortega, “historia”. Este punto de vista inspira la célebre afirmación de Sartre según la cual “En el hombre, la existencia precede a la esencia”. Por consigiente, el hombre es un ente que se hace a sí mismo: es lo que hace. Su acción está abierta a toda clase de contenidos, su constitución es del todo maleable.

 

El espiritualismo recaba en la dimensión trascendente del hombre, su vocación hacia lo eterno, su sed de Dios. Su mundo no es el de la naturaleza ni el de la sociedad (como llamaba Balzac a la cultura en sus disgresiones sobre las  contradictorias exigencias de la naturaleza y de la sociedad), sino el Topos Uranos de Platón o la Ciudad Celestial, que es tema de las más elevadas creaciones musicales de esa figura monumental de la mística francesa que fue Olivier Messiaen.

 

Cuál es la parte de la naturaleza, cuál la de la cultura y cuál la del espíritu en el fenómeno humano, es asunto todavía no resuelto y quizás insoluble, tanto en términos filosóficos como científicos. Más difícil resulta para los ordenamientos morales y jurídicos tomar nota de todo ello en orden a formular las respectivas adjudicaciones acerca de lo que debe exaltarse, lo que debe tolerarse, lo que debe desestimularse y lo que debe censurarse, tanto en bien de los individuos como de las colectividades.

 

En las discusiones actuales sobre la sexualidad y la familia hay dos grandes ausentes: el bien común y el espíritu.

 

Se argumenta con base en la naturaleza, para decir que no hay un modelo natural de familia, como tampoco de sexualidad. Y si se insiste en que la diferenciación sexual exhibe rasgos naturales y la procreación supone dicha diferenciación, inmediatamente se replica citando como un dogma infalible lo de Simone Beauvoir, cuando dice que  la mujer no nace, sino que se hace, y aduciendo que en general las que consideramos funciones naturales de la sexualidad no son otra cosa que construcciones sociales artificiales y arbitrarias. Agréguense los debates todavía vigentes acerca de si el homosexual nace o se hace, si se elige a sí mismo como tal o es una condición que le viene impuesta sea por la genética o por el ambiente en que se cría, si  lo suyo es tratable o no lo es ni puede serlo, etc.

 

Se juega, pues, a veces con argumentos naturalistas y, otras veces, con argumentos culturalistas. Pero no se piensa casi en lo que les conviene a las sociedades como tales y, muchísimo menos, en la realización espiritual del ser humano.

 

Las ideas corrientes sobre la sexualidad tienden a borrar la distinción entre lo normal y lo anormal, bien sea porque se piensa que, en general, todo apetito sexual y toda forma de satisfacerlo son normales, siempre y cuando no se afecte la libre voluntad de otras personas ni se someta a quienes, como los niños, carecen de ella. Pero también se piensa, como al parecer era el concepto de Freud, que toda sexualidad es perversa y es un campo en el que no puede hablarse de normalidad, ya que en el mismo, igual que en la guerra, todo se vale.

 

Es posible que las ideas tradicionales sobre la sexualidad, que distinguen lo aceptable y lo inaceptable, estén fundadas muchas veces en prejuicios, tabúes y apreciaciones erróneas, pero de ahí no se sigue que las ideas que están hoy día en boga sean más adecuadas para entender y manejar un fenómeno tan complejo, cuyas raíces encuentra Freud en una corriente oculta de naturaleza incierta, la libido, que se abre paso en un medio también oculto e incierto, el inconsciente, y se manifiesta de modo extraño en nuestro psiquismo y nuestras acciones.

 

Afirmar que toda orientación sexual es inocua no deja de ser bastante apresurado. Por ahí me encontré el caso de una francesa que dicta clases prácticas en universidades de su país acerca de la orientación sexual y cómo desarrollarla. Creo recordar que ella habla de más de medio centenar de orientaciones sexuales, lo que haría crecer el listado LGTBI como las cuentas de un rosario.¿Podríamos afirmar que todas ellas, como dijo Enrique Peñalosa en su campaña presidencial, dan gusto a unos y a nadie perjudican?

 

Pero satanizar todo o casi todo lo que tenga que ver con la sexualidad e imponer unas modalidades como normales, con exclusión y censura de todas las que se consideran anormales, también resulta excesivo. Es, en efecto, asunto en el que median consideraciones de caridad y de comprensión de las flaquezas de la condición humana. El pecado de la carne suele ser fruto de nuestra debilidad. Hay otros mucho peores, como la soberbia y todas las formas de egoísmo o de crueldad.

 

Las sociedades occidentales habían llegado a soluciones de compromiso o pragmáticas sobre estos temas, a través de la distinción entre el ejercicio privado y el público de la sexualidad: libertad en el primero, discreción en el segundo. Esas soluciones teminaronaceptándose tanto en lo moral como en lo jurídico e incluso en las reglas de urbanidad, con base en consideraciones de respeto: respeto hacia la intimidad de las personas, pero también respeto de ellas para con los demás.

 

Desafortunadamente, las fronteras entre lo privado y lo público no son precisas, de suerte que poco a poco se las ha venido corriendo hasta el punto de que nada quede dentro del “clóset” ni de la mancebía. Los del colectivo LGTBI  no se contentaron con que se los tolerara, y se dedicaron a romper los diques, con la idea de implantar su estilo de vida en las sociedades. Se hizo cierto lo que en alguna oportunidad observó Borges cuando  dijo que no tenía nada contra los homosexuales, exceptuando su prurito de convencernos de que lo suyo es lo mejor y el de  tratar de imponérnoslo.

 

Uno de los límites generalmente aceptados tenía que ver con la protección de la inocencia de los niños. Pero, a partir de la idea freudiana de la perversidad infantil, el liberalismo libertario y el marxismo cultural, de consuno e impulsados por la Masonería, han resuelto dotar de contenidos explícitos los cursos de educación o instrucción sexual, los cuales se pretende impartir desde las más tiernas edades. Para darse cuenta de lo que ello significa, baste con mencionar lo que hizo el gobierno de Zapatero en España, lo que está haciendo el de Hollande en Francia, lo que ocurre en Suiza o, para no ir muy lejos, lo que  Petro quiere imponer en Bogotá. Algunos me han dicho que es también lo que Fajardo pretende hacer en Antioquia, pero no me consta.

 

Bertrand Russell, que no era propiamente casto ni pudibundo, llamaba la atención sobre la necesidad de autocontrolar la sexualidad, no solo por consideraciones atinentes a la vida personal, sino a la de relación y la de las comunidades en general. Si se impone como regla el desenfreno sexual, al que somos tan propensos, el panorama de las sociedades cambiará por completo, con desmedro, ante todo, de los niños, las mujeres y las familias.

 

Es posible que lo de Sodoma y Gomorra sea mítico, pero también lo es que en efecto haya habido unas sociedades con tal grado de depravación que terminaran destruyéndose a sí mismas.

 

Para los gobernantes actuales el tema del crecimiento espiritual de las personas es de ínfima relevancia. Lo quieren excluir del sistema educativo y lo ignoran casi totalmente en la creación, la interpretación y la aplicación de la normatividad jurídica. A lo más, creen que es asunto meramente personal que no amerita que se lo considere en las políticas públicas. Ignoran los beneficios colectivos que se derivan de la espiritualidad de las personas. Y desconocen, además, los estropicios que se siguen de la corrupción de las costumbres.

 

Por supuesto que a ellos les resulta ajena la intrincada complejidad de las relaciones entre la vida sexual y el crecimiento espiritual, lo mismo que la necesidad que este tiene de un medio ambiente social adecuado. Reitero acá lo que en otra oportunidad he señalado fundándome en una observación de Santo Tomás de Aquino: si hoy consideramos indispensable para la calidad de vida un medio ambiente natural sano, más necesario aún es que contemos con un medio ambiente espiritual idóneo.

 

Los resultados del deterioro de lo que Jaspers llamaba el ambiente espiritual de nuestro tiempo están a la vista. Hace poco leí que en los Estados Unidos el número de suicidios ya supera los de muertes por accidentes o por enfermedades como el cáncer y las cardíacas. Los estudios clásicos de Durkheim, que retoma Emmanuel Todd en una obra digna de repasarse, “El Loco y el Proletario”, muestran que las tasas de suicidio, a las que hay que añadir las de internación psiquiátrica, las de alcoholismo y otras adicciones, las de agresiones o las de accidentes de tránsito, son indicativas de profundos malestares en el alma de las sociedades.

 

Todas estas consideraciones son despreciables para la Corte Constitucional, cuya única preocupación es ganar el aplauso de los libertarios que pregonan que las sociedades progresan marchando hacia el abismo.

 

¿En qué consiste, en últimas, la igualdad que se proclama respecto de todas las orientaciones sexuales?

 

No radica en los modos de practicarla, habida consideración de  los  condicionamientos anatómicos que imponen diferencias. Tampoco en sus resultados, pues la única que está abierta a la reproducción de la especie es la  heterosexual.

 

El hedonismo que campea en la dirección de las colectividades  reduce esa igualdad al placer que  resulta de la pulsión satisfecha. Por consiguiente, al tenor de la tosca antropología de la Corte Constitucional, la dignidad humana estriba en las pulsiones que experimentamos y nuestra supuesta libertad para satisfacerlas. Como lo dio a entender una libertina en El Tiempo hace días, esa dignidad procede de que somos seres habitados por el deseo y con vocación de saciarlo. Cosa distinta del pensamiento clásico, que valoraba ante todo nuestra libertad para controlar racionalmente el huracán de las pasiones.

 

Pero los apologistas de los “amores extraños” no se ocupan de la oscuridad del mundo en que se introducen muchas veces los que quieren tener experiencias distintas, y el sufrimiento interior que padecen. Recomiendo a propósito de ello la lectura de los últimos libros de la serie “En busca del tiempo perdido”, de Proust, y un capítulo extremadamente tenebroso de su biografía escrita por George D. Painter. El mundo LGTBI, etc., no es lo idílico que pinta la propaganda. Suele ser, más bien, algo parecido a un infierno.

 

De la muy discutible tesis sobre la igualdad moral y jurídica de todas las orientaciones sexuales, no solo las de los LGTBI, sino también el donjuanismo, la zoofilia, el voyerismo y el medio centenar más que predica la profesora francesa, se ha pretendido deducir el reconocimento igualmente moral y legal de las uniones afectivas a que puedan dar lugar todas ellas.

 

A la gente se le ha dicho que el tema se refiere a las parejas de gays y de lesbianas que conviven armoniosamente como suelen hacerlo los cónyuges, es decir, con unidad de lecho, de mesa y de techo. Pero los principios tienen fuerza expansiva parecida a la de los gases, bajo el concepto de que donde haya la misma razón debe existir la misma disposición.

 

Por consiguiente, también habría que reconocerles igual condición a las uniones múltiples, tales como la poligamia, la poliandria, la unión de varios hombre y varias mujeres (“Friends”), o la perversa “trieja” que presentó al público la cadena Caracol hace algún tiempo con la explicación que daban tres degenerados acerca de cómo cómo compartían lecho, mesa y techo.

 

He visto en internet que en Francia y Australia ya hay personajes que muy seriamente afirman su propósito de contraer matrimonio con sus mascotas. En Holanda se ha creado una asociación para luchar por los supuestos derechos de los pedófilos, en tanto que en Alemania existe otra similar para la promoción de la zoofilia. Además, pululan las iniciativas más extravagantes acerca de las múltiples posibilidades de configuración de las uniones conyugales, tales como los matrimonios a prueba, de tiempo parcial (el semi-internado que se hecho corriente entre nosotros) o de duración limitada, así como las modalidades “swinger” que dieron lugar a alguna acción legal en Argentina, etc.

 

La Procuraduría General de la Nación, al glosar el fallo que motiva este escrito, observó que la Corte Constitucional está empeñada en unas peligrosas iniciativas de ingeniería social que no cuentan con el debido respaldo científico ni se sabe qué consecuencias podrían acarrear.

 

Como se dice coloquialmente, puso el dedo en la llaga. Las evidencias empíricas acerca de estas novedades institucionales no son contundentes. En realidad, ellas poco cuentan, pues de lo que se trata es de imponer un supuesto principio de dignidad humana, pero con un designio oculto que no es otro que la erradicación del Cristianismo y la instauración del Nuevo Orden Mundial (NOM).

 

La destrucción de una de las obras maestras de la Civilización Cristiana, la familia nuclear fundada en el matrimonio monogámico, heterosexual e indisoluble, está en la agenda de sus enemigos desde hace varios siglos. Recomiendo sobre el tema una obra esclarecedora como la que más:"The Broken Heart", de William J. Bennett.

 

Pero el asunto exhibe otras ramificaciones: como lo he señalado en otros escritos, el NOM pretende no solo limitar el crecimiento de la población humana, sino reducir drásticamente su tamaño.

 

Una de sus estrategias básicas consiste en disociar sexualidad y reproducción, estimulando la primera y restringiendo la segunda. El fomento de la homosexualidad se inscribe dentro de este propósito, cuya implementación se desarrolla a través de las organizaciones internacionales,  los cuerpos legislativos, la burocracia gubernamental, los órganos judiciales, las ONG, los medios de comunicación, la cultura, el espectáculo y todos los demás instrumentos a su alcance. Hay una gran correa de transmisión de estas funestas inciativas: las logias masónicas. Quiénes la activan, es un misterio.

 

La ideología es apenas una pieza del engranaje puesto al servicio de una empresa verdaderamente demoníaca. No importan sus debilidades conceptuales. Basta con imponerla a título de verdad por medio de la propaganda. Convencida la gente de que hay que compadecer a los LGTBI porque la naturaleza no los dotó del don de la procreación, ni la historia los declara aptos para contraer vínculos conyugales dignos de encomio, lo que se sigue es corregir tanto la una como la otra mediante  experimentos de ingeniería social como los que denuncia la Procuraduría igual que voz que clama en el desierto.

 

Lo que está en juego no es simple, como piensan muchos opinadores superficiales. Es algo de hondo calado y, desfortunadmante, la opinión pública no está bien informada acerca de ello.

martes, 26 de agosto de 2014

Un valeroso testimonio de fe católica

 

En buena hora la Universidad Pontificia Bolivariana ha decidido publicar una selección de artículos de opinión escritos inicialmente por Carmen Elena Villa para El Colombiano, medio del que es una muy distinguida colaboradora habitual.

 

Si bien los artículos de opinión suelen ser flores de un día, no pocas veces, bien sea por su forma o por su contenido, son dignos de conservarse y releerse, en razón de que trascienden el momento en que fueron escritos y ofrecen enseñanzas de valor permanente.

 

Es el caso de los que acá se recopilan.

 

Me atrevo a considerar que son modelos de claridad, precisión, concisión y elegancia que pueden ilustrar y orientar positivamente a quienes se aventuran en la difícil tarea de opinar para el público. Tanto los estudiantes de comunicación social como los comentaristas avezados, podrán derivar de la lectura de los textos que acá se recopilan valiosas lecciones acerca de cómo escribir artículos de prensa que estén al alcance de todos los lectores, les suministren informaciones confiables, les brinden argumentos sólidos, y susciten en ellos el interés por explorar y discutir temas de vital importancia para todos.

 

Pero, más allá de la forma impecable en que vienen presentados estos artículos, pienso que hay que destacar el hilo conductor que constituye su trasfondo y les suministra, dentro de su variedad, la unidad temática. Se trata de una corriente espiritual que los nutre y anima, dándoles vida fecunda que aspira a dejar huella en los lectores hacia los que van dirigidos.

 

En estos artículos hay, ante todo, una confesión de fe católica, una adhesión nítida a la Iglesia, un propósito expreso de dar testimonio de lo que en ella ocurre y lo que en ella se piensa, un compromiso decidido con la evangelización.

 

Este compromiso representa hoy una muestra de coraje. Siempre ha sido así desde hace veinte siglos, pero en los tiempos que corren se hace especialmente cierto que la proclamación del Evangelio exige una fuerte presencia de ánimo, un valor excepcional.

 

Hilaire Yves-Marie, en su “Histoire de la Papauté”, resume los 2.000 años de existencia de la Iglesia en dos palabras: misión y tribulaciones. La misión le fue impuesta por su Divino Fundador: “Vayan a todo el mundo y anuncien la Buena Nueva a toda la creación” (Mc 16, 15). Pero Él mismo advirtió: ”Acuérdense de lo que les dije: el servidor no es más que su patrón. Si a mí me han perseguido, también los perseguirán a ustedes. ¿Acaso acogieron mi enseñanza? Tampoco, pues, acogerían la de ustedes” (Jn 15,20).

 

La difusión, la defensa y la puesta en práctica del Evangelio constituyen tareas fundamentales de la Iglesia y de quienes a ella pertenecemos. Y aunque el suyo es un mensaje de paz, amor y buena voluntad, destinado a mejorar la vida de los individuos y las sociedades, elevándola a planos superiores de espiritualidad, por un designio misterioso el mundo siempre lo ha recibido, más que con desgano, con hostilidad que va desde el rechazo y la burla hasta la persecución y el martirio.

 

Transmitir los pronunciamientos de los papas, recordar la doctrina de la Iglesia, ocuparse de los problemas que la afectan y las discusiones que median en torno suyo, argumentar en su favor y poner énfasis en su presencia en los distintos escenarios del mundo contemporáneo, como se lee en estas páginas, es empresa que traerá incontables beneficios a muchos católicos que encuentran hoy pocas posibilidades de enterarse de lo que está ocurriendo hoy en el mundo y sufren la desorientación que la cultura dominante pretende imponerles.

 

No somos muchos los creyentes que tenemos clara conciencia de los desafíos que enfrenta la Iglesia en la actualidad. Unos de esos desafíos provienen de su interior mismo, y tocan sea con temas doctrinales que ponen en grave peligro su unidad, ya con la corrupción de las costumbres tanto del clero como de los fieles. Y al lado de la división y la descomposición internas, la Iglesia sufre persecución violenta en distintos lugares del mundo, principalmente en Asia y África, y una persecución solapada pero no menos letal en Norte América y la Unión Europea, que se extiende sinuosamente a nuestra América Latina y se propone llegar a todos los países bajo el impulso de la ONU y sus controlantes discretos o secretos.

 

El cientificismo materialista, el pluralismo religioso, el laicismo, el relativismo, el inmanentismo, el libertarismo y la ideología de género son los principales caballitos de batalla de que el Príncipe de este mundo se sirve hoy para contrarrestar y disipar la luz del Evangelio. A partir de estos presupuestos ideológicos, se ha puesto en marcha toda una revolución cultural, social y, en últimas, política, cuyo propósito es erradicar el Cristianismo de la faz de la tierra. Y, desde luego, el objetivo fundamental de sus promotores es la destrucción de la Iglesia Católica.

 

Todo comienza imprimiendo en el espíritu comunitario unas ideas simples y harto sesgadas, como que la religiosidad es asunto meramente emocional y subjetivo, del todo refractario a la racionalidad; que la diversidad de credos no es susceptible de llevar a quienes los profesan a acuerdos racionales que hagan posible su convivencia pacífica; que el argumento religioso es de suyo impertinente dentro del debate colectivo, que debe sujetarse a las reglas de una hipotética “razón pública”; que la moralidad está desligada de las creencias religiosas y debe fundarse estrictamente en acuerdos intersubjetivos que respeten la dignidad, la autonomía y la igualdad de los individuos humanos, concebidas como supuestos formales a priori y no como categorías existenciales ancladas en la realidad del hombre como ser natural con vocación de trascendencia espiritual; que la medida de todo valor es relativa a la variedad y la intensidad del deseo humano; que todo proyecto humano se agota en la existencia temporal; que la realización del ser humano parte de emanciparse de todo condicionamiento natural, social y religioso o metafísico; y que su dimensión histórico-cultural, que no espiritual, hace de él una criatura radicalmente dúctil y maleable.

 

Acabo de leer acerca de un debate que está en el orden del día en Francia, dado que los mismos que en 1968 tenían como divisa “prohibido prohibir”, hoy promueven toda una serie de prohibiciones tendientes a reprimir las libertades de conciencia, de acción, de expresión y hasta de participación política de quienes descreemos de los postulados y las aspiraciones de esta revolución cultural que, según un ministro del actual gobierno francés, pretende culminar el trabajo interrumpido de la Revolución Francesa, que a su juicio es incompatible con la existencia de la Iglesia católica.

 

De ahí se sigue un proceso que ha sido objeto de minucioso estudio por parte de Janet L. Folger en su libro “The Criminalization of Christianity”, que muestra cómo la ideología de género y en particular los activistas del colectivo LGTB, se han propuesto, sobre todo a través de la dictadura instaurada por el activismo judicial, desterrar al Cristianismo de la vida pública. Los instrumentos jurídico-políticos urdidos para ello son diversos, pero todos apuntan hacia los mismos resultados, esto es, la destrucción de la familia tal como la configuró la Cristiandad, la prohibición de toda manifestación pública de creencias y hasta de sentimientos cristianos, la imposición forzada a los creyentes de prácticas contrarias a sus creencias, etc. La autora lo dice en serio: hay que leer su libro antes de que se prohíba su circulación.

 

No estamos lejos de que estas tendencias se impongan entre nosotros. Ya están presentes en ciertas interpretaciones de la Constitución; en los textos de leyes, ordenanzas, acuerdos, decretos y circulares administrativas; en fallos de las altas cortes; en instrumentos internacionales; en la enseñanza; y, sobre todo, en medios de comunicación abiertamente hostiles a la cultura católica.

 

Más temprano que tarde, los católicos colombianos, que poco nos fijamos en las ideas y los propósitos de aquellos a quienes beneficiamos con nuestros votos, tendremos que someternos entonces a la condición de exiliados en nuestra propia patria.

 

No deja de ser deplorable que periódicos que otrora facilitaban la acción evangelizadora de la Iglesia y hasta las instituciones educativas católicas, a menudo sirvan de vehículos de la descristianización de nuestra sociedad.

 

Ojalá que este valeroso y meritorio esfuerzo de Carmen Elena Villa, a quien no conozco personalmente, pero he aprendido a admirar a través de sus escritos para El Colombiano, contribuya en algo a contrarrestar el aflictivo proceso de descomposición espiritual que estamos viviendo en Colombia.