jueves, 14 de mayo de 2015

Entre copa y copa

Un testigo presencial le informó al Procurador  que, en medio de libaciones, el fiscal Montealegre se jactó de haber participado decisivamente en la reelección de Santos, con su jugada del “hácker”, y de ser el alma de la conspiración para buscar que el Consejo de Estado anule la reelección de Ordóñez.

Lo del “hácker” Sepúlveda, tal como lo denuncié en varios artículos para este blog el año pasado, exhibe todos los visos de un montaje urdido por el siniestro binomio Santos-Montealegre, con la colaboración de la revista “Semana”, el diario “El Tiempo” y los dirigentes de la Mesa de Unidad Nacional, entre otros.

El punto de partida del operativo fue la grabación subrepticia e ilegal desde todo punto de vista que hizo un supuesto socio español de Sepúlveda de un encuentro de este con el candidato opositor Óscar Iván Zuluaga. Violando la reserva del sumario, la Fiscalía le entregó esa grabación, posiblemente manipulada, a la prensa adicta al gobierno y cómplice de este, para así sustentar un escándalo que presentaba a la campaña del Centro Democrático como una empresa criminal, tal como descaradamente lo afirmó Santos antes de las elecciones.

Creo que nunca antes en la historia de Colombia se había visto algo tan sucio: un Presidente-candidato dedicado a desacreditar a su principal oponente, con la complicidad del Fiscal General de la Nación y otras altas personalidades públicas, a través de esa sí una ominosa empresa criminal que contaba con la garantía de una total impunidad.

El modus operandi de esa empresa criminal ya se ha ensayado en otras ocasiones. Consiste en valerse de principios como el de oportunidad y el de colaboración eficaz, así como de falsos testigos que se autoincriminen involucrando a terceros, para lograr unas sentencias condenatorias debidamente arregladas, que después se esgrimen frente a quienes que no han sido parte en  procesos en  que no se los ha oído y ni siquiera se les ha permitido hacerse presentes.

Como suele advertirse en el cine, cualquier parecido de estas actuaciones con las de la justicia totalitaria es resultado de  meras coincidencias.

Contrasta la saña que el Fiscal ejerce contra el uribismo y sectores que considera que podrían serle afines, con la  escandalosa proclividad que pone de manifiesto en torno  de los grupos subversivos. 

Dice la prensa hoy que como contra estos hay abiertos más de 13.000 procesos, se considera que no hay más remedio que insistir en las soluciones de la justicia transicional para resolver sus situaciones jurídicas, pues las que ofrece la Ley de Justicia y Paz no resultan adecuadas (http://www.elcolombiano.com/colombia/paz-y-derechos-humanos/justicia-y-paz-para-las-farc-no-es-un-marco-adecuado-fiscal-FY1919007).

Pero ese mismo es el número de actuaciones que se dice que hay en curso contra empresarios por supuesto apoyo a los grupos de autodefensa y con las que se los está amenazando.

Ello quiere decir que la Fiscalía se siente impotente para actuar en contra de los guerrilleros,  pero en cambio se apresta a perseguir al empresariado. De ese modo, una vez suscritos los acuerdos de paz con la subversión, se espera que aquella tendrá todos los elementos para ejercer una justicia revolucionaria contra agricultores y ganaderos sindicados de haberse defendido de las depredaciones de los guerrilleros.

Ya se está abriendo campo la idea de que el Fiscal está desbocado y, como dice “El Colombiano” hoy, "baila a su propio ritmo" (Vid. http://www.elcolombiano.com/montealegre-baila-a-su-propio-ritmo-analistas-YL1915643).

Lo que está sucediendo es, como dije en artículo anterior, fruto de que en buen grado nuestra dirigencia política está poseída por “hybris”, ese espíritu de desmesura que destruye la armonía colectiva.

Pero hay ingredientes peores en esa olla podrida que nos está intoxicando.

Uno de ellos es el espíritu de traición, al que se refirió mi dilecto amigo José Alvear Sanín en escrito titulado “Del placer de traicionar”, que aquí menciono para que quede constancia suya ante la historia.( http://periodicodebate.com/index.php/opinion/columnistas-nacionales/item/8476-del-placer-de-traicionar).

El otro es no menos abyecto y nocivo: el espíritu de cobardía, ese que Dante  encuentra en “la triste secta, renegada por Dios y su enemigo, juntamente.”(http://www.biblioteca.clarin.com/pbda/poesia/infierno/b-601671.htm).

De los que están poseídos por tan mal espíritu, dice el poeta:

“Esta turba, que en vida no fue nada,

desnuda va, por nubes incesantes,
de tábanos y avispas hostigada,

que regaban de sangre sus semblantes,

y a sus pies con sus lágrimas caía,

chupándola gusanos repugnantes.”

 

Pues bien, llámesela triste secta o turba, sobre la elite de los cobardes que saben que el país va por mal camino, pero contemporizan con la traición de Santos para que este y sus secuaces no los intimiden, tal como lo señala mi también dilecto amigo Juan David Escobar Valencia en escrito que igualmente es premonitorio y acusador ( Vid. http://periodicodebate.com/index.php/opinion/columnistas-nacionales/item/8489-olvidensen-del-campo-ya-lo-entregaron), recaerá la responsabilidad histórica de la claudicación de la débil pero antigua democracia colombiana frente a esas hordas salvajes animadas por una ideología totalitaria y liberticida que son las Farc y el Eln.

Hay quienes piensan que esas elites ya están protegidas por sus inversiones en el exterior y tienen la esperanza, además, de seguir haciendo negocios rentables con los que aspiran a ser los nuevos dueños del país, dado que, según creen, el capital no tiene patria y, como dice Marx en texto célebre, su consigna es enriquecerse, tal como lo ordenan la Ley y los Profetas.

No me atrevo, sin embargo, a formular tan destemplada hipótesis, pues los mejores años de mi vida los pasé trabajando en la Asociación Nacional de Industriales, en donde conocí patriotas de verdad y gente de acendrado carácter que me brindó lecciones indelebles que contribuyeron decisivamente a mi formación.

No creo que todos nuestros dirigentes empresariales y ni siquiera su mayoría, hacen parte de la triste secta de los cobardes. Me parece, más bien, que están desorientados y no saben qué hacer para reencauzar el rumbo de la patria.

A ellos les reitero lo que vengo recabando con insistencia: despierten antes de que sea demasiado tarde.

Si cobran adecuada conciencia de lo que está sucediendo, esa misma conciencia les indicará cómo obrar.

martes, 12 de mayo de 2015

Donde viven los monstruos

No me refiero al cuento de Maurice Sendak, que es ya un clásico,  (https://cajondesastreparalengua.wikispaces.com/file/view/donde+viven+los+monstruos.pdf), sino a nuestra flamante Constitución Política de 1991, que alberga una abominable caterva de monstruosidades institucionales.

Es una nave que por donde se la mire hace agua, una edificación que por doquier amenaza ruina.

Prácticamente toda la institucionalidad que deriva de ella está en crisis, tal como lo acreditan las más recientes encuestas de opinión.

Y hace carrera la idea de “refundar a Colombia”, expresión que viene de las Farc, pero ha encontrado acogida en distintos escenarios, pues hay consenso acerca de que el país no va por buen camino y se hace menester enderezarlo.

Con todo, no hay acuerdo sobre el modus operandi de esa empresa, ni acerca de las notas distintivas de lo que un dirigente empresarial llama “el país que soñamos”.

Colombia está poseída por lo que los antiguos griegos llamaban “hybris”, que significa “desmesura, todo lo que sobrepasa una justa medida, orgullo, soberbia” ( http://etimologias.dechile.net/?hybris).

Las altas corporaciones judiciales han perdido la sindéresis, si es que alguna vez en los últimos años la tuvieron, y se han extraviado por los andurriales de la política, no la grande de los valores que deben guiar los destinos de la patria, sino la menuda de los juegos de poder que las pone al servicio de las maquinaciones gubernamentales y en contra de aquellos a quienes se pretende liquidar porque se los considera opositores al régimen o incluso meros competidores suyos.

Pero si alguien osa ponerlas en su sitio, se atrincheran en sus privilegios y batallan para conservarlos.

Ya a nadie le cabe duda alguna acerca de que hemos llegado a los extremos calamitosos de la judicialización de la política y la politización de la justicia.

Las declaraciones del expresidente y actual senador Uribe Vélez, difundidas después de presentarse ante la Corte Suprema de Justicia el 5 de mayo último,  constituyen un histórico Memorial de Agravios que debería preocupar a todos los interesados en la suerte institucional de Colombia, pues si a él lo asiste la razón en sus quejas, estaríamos abocados a una situación de extrema gravedad , inédita en nuestra patria.(Vid.http://www.wradio.com.co/docs/2015050594ae687.pdf).

El espectáculo que está ofreciendo el Congreso es lamentable a más no poder. Compradas e intimidadas sus mayorías por la zanahoria y el garrote presupuestales, obra como caballo cochero que anda a ciegas por la senda que le impone el látigo que esgrime el jefe del Estado.

Lo ocurrido con el Plan de Desarrollo y lo que se ve con el proyecto sobre equilibrio de poderes que anda por el séptimo debate, son muestras del desdén que nuestros legisladores experimentan respecto de la Constitución.

¿Qué decir de la realidad que ofrece nuestro Estado unitario  y descentralizado con autonomía de sus entidades territoriales, que ha sido capturado por tenebrosas redes de corrupción, también sin precedentes en nuestra historia?

Remito, como abrebocas para posteriores exámenes del tema, al artículo “El Insoportable Desorden”, que publicó hace unos días en “El Mundo” el exmagistrado Jorge Arango Mejía.(Vid. http://www.elmundo.com/portal/opinion/columnistas/el_insoportable_desorden.php#.VVH8S45_Oko)

Pero las muestras más elocuentes e inquietantes de desbordamiento institucional proceden del siniestro binomio que integran el presidente Santos y el fiscal Montealegre, frente al cual otro binomio de que se habló hace más de medio siglo podría considerarse, como dice un sentido vals argentino, “igual que dos palomas”.(Vid. http://www.eltiempo.com/archivo/documento/MAM-1034716).

Escribió María Isabel Rueda el domingo pasado en “El Tiempo”:

“¿Cuál es el miedo que el gobierno Santos le tiene al fiscal Montealegre?

“Tiene que ser algo muy gordo. Porque casi con complacencia, y a veces con complicidad, observa cómo el doctor Montealegre extralimita y desborda cotidianamente sus funciones y ejerce combinaciones extrañas de intereses con la subversión.

Cuando no está arengando a los jueces para que salgan a la calle a protestar por una reforma de la justicia que no le gusta a él, está inventando propuestas que suplantan el nombre de las altas cortes para retar a los poderes públicos y allanar el camino minado hacia la constituyente que exigen las Farc…”

 

(Vid http://www.eltiempo.com/opinion/columnistas/sinfonia-para-refundar-la-patria/15722164).

 

Me atrevo a pensar que, fuera de alguna eventual afinidad ideológica que algunos han denunciado entre el supuesto “Santiago” que ocupa la silla presidencial y un viejo activista no arrepentido ni evolucionado de la Juco, está de por medio el caso Arango Bacci, pues al absolver al Contraalmirante y reconocer el oscuro montaje que se armó para destruirlo, la Corte Suprema de Justicia ordenó compulsar copias para que la Fiscalía investigara a Juan Manuel Santos “por haber presuntamente incurrido en irregularidades y falsos testimonios a lo largo del proceso contra Arango Bacci”, según informó en su momento “El País”.

(Vid.http://historico.elpais.com.co/paisonline/notas/Diciembre042009/condenasantos.html).

Ignoro cuál haya sido la suerte de la investigación que le tocaba abrir a la Fiscalía para atender la exigencia de la Corte Suprema de Justicia. Quizás peque de malpensado si digo que probablemente anda, como el caimán, con las fauces abiertas a la espera de que Santos dé algún mal paso para asestarle un golpe que lo aconducte.

Insisto en lo que escribí al comienzo de este artículo: la Constitución de 1991 es un criadero de monstruos institucionales.

Y el peor de todos es la Fiscalía General de la Nación. Su enorme potencialidad de daño para el ordenamiento político y jurídico del país se ha hecho patente con el  desbordado ejercicio de sus atribuciones por parte de Eduardo Montealegre.

Se atribuye a Napoleón el dicho de que “el juez de instrucción es el funcionario más poderoso dentro del Estado”, dado que en últimas es el dueño de las libertades ciudadanas. Y si, como buen comunista, obra siguiendo el lema del pavoroso  jefe de la policía secreta de Stalin, Lavrenti Beria, que decía “Mostradme el sujeto y yo os mostraré el delito”(Vid. http://henrymakow.com/2015/05/Freemasons-Control-the-US-Justice-System%20.html), todo el que caiga en sus garras la lleva perdida.

Afrortunadamente, la dirigencia colombiana ya está reaccionando contra esta ominosa dictadura, tal como puede leerse en el editorial de “El Colombiano” de hoy, que le formula al Fiscal estas severas exigencias:

“Más institucionalidad y menos acción fuera de los linderos de las reglas del juego. A lo mejor retomando las funciones que la Constitución le encomienda, podrá rescatar algo del sentido de justicia para el cual fue postulado al cargo.”(http://www.elcolombiano.com/opinion/editoriales/menos-audacia-mas-razon-ME1897871)

 

Santos, por su parte, también ostenta ínfulas dictatoriales. Pero es un dictador de fachada, pues, como lo insinúa María Isabel Rueda, está bajo el control de Montealegre. O, quizás, bajo el de Timochenko, según sugiere Guillermo Perry cuando escribe, también para “El Tiempo”, que “Santos ha cometido errores que pueden haber inducido a las Farc a pensar que quedó en sus manos.” (Vid. http://www.eltiempo.com/opinion/columnistas/con-pies-de-plomo-guillermo-perry-columnista-el-tiempo/15722165)

Hace días rematé un escrito con esto que traigo de nuevo a colación:

¡Colombia, despierta antes de que sea demasiado tarde!

domingo, 26 de abril de 2015

El Pacifismo de Capitulación

Eduardo Mackenzie acaba de publicar un importante escrito sobre el tipo de pacifismo que exhibe el Alto Comisionado de Paz, Sergio Jaramillo (http://periodicodebate.com/index.php/opinion/columnistas-nacionales/item/8358-sergio-jaramillo-y-el-pacifismo-de-capitulacion?utm_source=feedburner&utm_medium=email&utm_campaign=Feed%3A+Portada-PeridicoDebate-PeridicoDebate+%28Portada+-+Peri%C3%B3dico+Debate%29).

Este pacifismo derrotista ha hecho carrera en el paìs desde hace años y ha estado en auge bajo la conducción de Juan Manuel Santos, que es uno de sus precursores y animadores.

Baste recordar, en efecto, que en 1997 urdió una conspiración para promover la renuncia de Samper, so pretexto de un alocado plan de paz con los actores del conflicto armado que lo llevó a reunirse, sin que la Fiscalía se diera por enterada y sin autorizaciòn del gobierno, con cabecillas del paramilitarismo y de las Farc.

A raíz de esas reuniones abiertamente ilegales y hasta subversivas, dio a conocer un pronunciamiento en que planteaba la creación de una zona de distensión y sugería  la renuncia de Samper, con miras a la puesta en marcha de su estrambótica propuesta.(Vid. http://portal.canalrcn.com/node/12684;http://www.semana.com/opinion/articulo/el-precursor-del-despeje/115046-3).

Al parecer, su osadía lo llevó a proponer un Frente Nacional con las Farc, según acusación que en un momento dado le hizo Petro, cuando este era su contradictor y no su aliado, como lo es hoy. Asi lo dice en su párrafo final la información de RCN que acabo de citar:

"El candidato del Polo Democrático, en un comunicado, Petro (sic) dice que Juan Manuel Santos propuso un frente nacional con las Farc, para después “desdecirse en el uribismo”.  Y agrega que las personas pueden hacer de su vida una permanente rectificación, pero hay ante todo  que tener principios."

Esa idea de un Frente Nacional con las Farc era una obsesión de Tirofijo. Entiendo que cuando Serpa y otros congresistas lo visitaron en su refugio de Casa Verde para tratar de convencerlo de que se acogiera a la Constituyente de Gaviria, les dijo que para él lo de la paz era muy sencillo, pues bastaría con que se la convocara  integrándola con una mitad de representantes de la subversión y otra mitad elegida por el “establecimiento” como a bien tuviera. Lo mismo continuó sosteniendo bajo el gobierno de Pastrana, según me contó un alto funcionario del mismo.

Recuerdo que a principios del gobierno de Uribe, un destacado dirigente empresarial que acompañó a Santos en su conspiración contra Samper y fue muy activo en el remedo de diálogos del Caguán cuando Pastrana, hizo en Medellín una exposición derrotista a más no poder acerca del modo de enfrentar a las Farc. Según su punto de vista, nuestro ejército, mal equipado y con muy deficiente motivación, no estaba en capacidad de doblegar a la subversión y, de hecho, tenía perdida la guerra.

Después de su intervención, me acerqué a él para preguntarle por qué menospreciaba la capacidad de resistencia del pueblo colombiano contra esas hordas salvajes. Me respondió que, a su juicio, no nos quedaba otra alternativa que negociar con los guerrilleros para ver qué querrían dejarnos.

Supongo que esta mentalidad derrotista y candorosa explica en buena medida el antiuribismo y el santismo  de buena parte de la dirigencia empresarial, especialmente en Antioquia.

Como lo he explicado en varios artículos, el rumbo que llevan los diálogos de La Habana no conduce a una asimilación por parte de las Farc de las reglas fundamentales de nuestro sistema social, político y económico, pues sus cabecillas no han renunciado a la ideología totalitaria y liberticida que los anima y pretenden imponer por las buenas o por las malas entre nosotros.

Entre la democracia pluralista que mal que bien ha regido en Colombia, y la totalitaria de los herederos del estalinismo que pregonan hoy dizque un Socialismo del Siglo XXI, no hay entendimiento posible. Ahí no cabe la famosa Tercera Vía que le sirvió a Tony Blair para meterse por el camino del medio entre los conservadores del Thatcherismo y la vieja guardia del Laborismo, pues unos y otros estaban de acuerdo en la salvaguarda de las libertades públicas y los procedimientos de la democracia representativa.

Con  las Farc y el Eln no hay Tercera Vía posible, porque sus ideólogos descreen totalmente de la garantía de dichas libertades públicas y dichos procedimientos democráticos. El modelo de sociedad con que sueñan es el cubano, y no creo que el Presidente de Bancolombia comparta ese sueño. Es más, no creo que esos sueños tan dispares puedan competir pacíficamente en los escenarios institucionales.

Pienso, y ojalá esté equivocado, que la dirigencia que sigue a Santos ha sostenido de hecho la tesis de que nos queda otro remedio que negociar para ver qué nos quieren dejar los promotores del Socialismo del Siglo XXI. De ahí, la tendencia que cada vez se va haciendo más clara de pensar en un sistema híbrido que les deje a los subversivos el control de una parte del territorio nacional y al mal llamado “establecimiento” la posibilidad de actuar en el resto del país.

Habría, por consiguiente, una “Farclandia” sometida a los cabecillas del narcoterrorismo. Lo que restase del viejo Virreinato de la Nueva Granada continuaría bajo el menguado  imperio de un régimen constitucional adaptado a las exigencias de aquellos y, tan expuesto permanentemente a su asedio, que estaría condenado tarde o temprano a caer bajo su control.

Parece, sin embargo, que los empresarios ya se están dando cuenta de las trampas que les están tendiendo.

“El Colombiano” de ayer sábado informó sobre el malestar que entre aquellos produjeron unos pronunciamientos amenazantes de Sergio Jaramillo, que dieron a entender que se los obligaría a financiar el fementido postconflicto a cambio de que la Fiscalía no los persiguiese, como lo ha hecho con militares y uribistas. Según el informe de prensa, Jaramillo habló de más de 13.000 procesos que andan contra empresarios que supuestamente financiaron el paramilitarismo.(Vid. http://www.elcolombiano.com/colombia/empresarios-piden-claridad-por-denuncias-de-nexos-con-paras-HN1791449).

Y hoy domingo, el mismo periódico editorializó severamente contra la propuesta que ha venido haciendo carrera para convocar un referendo que dote a Santos de plenos poderes para celebrar acuerdos con las Farc.(Vid. http://www.elcolombiano.com/opinion/editoriales/no-a-los-poderes-extraordinarios-DL1793630).

Es, a no dudarlo, un documento histórico que protocoliza el final de la luna de miel de la dirigencia empresarial antioqueña con Santos. Ya saben nuestros generadores de riqueza que, como en “Casas Viejas”, se pretende llevarlos “como va al matadero la res, sin que nadie les diga un adiós”.

La dirigencia colombiana parece estar despertando. Ojalá que no sea demasiado tarde.

miércoles, 22 de abril de 2015

Dios no está en La Habana

Hace poco, el sencillo pero sabio sacerdote que celebra la Santa Misa  que frecuento cada domingo, dijo con justificada preocupación:"La paz viene de Dios, y Dios no está en los diálogos de La Habana".

Es dudoso, en efecto, que tanto el gobierno como sus negociadores lo tengan en mente, salvo para sacar provecho político de la Iglesia; y, por supuesto, muy lejos está de la endemoniada delegación de narcoterroristas de las Farc.

Créase o no en Dios, es lo cierto que el tema de la paz no puede abordarse sin una adecuada disposición de apertura espiritual. No en vano se dice que su primer requisito es el desarme de los espíritus.

Es lo que encarece el Santo Padre cuando habla de la necesidad de un sincero ánimo de reconciliación, que debe ir acompañado de dos condiciones que también son de índole netamente espiritual: el arrepentimiento y el perdón recíprocos.

Verdad, justicia y reparación son tres condiciones morales que tirios y troyanos reconocen que son indispensables para que un acuerdo de paz sea sustentable y no redunde en un fracaso histórico que podría acarrear gravísimas repercusiones. No es osado pensar que de un acuerdo de paz mal concebido podría seguirse una pavorosa guerra civil o, al menos, el caos institucional.

Pues bien, la verdad es, como Dios, una gran ausente en los fementidos diálogos de paz.

Las Farc se niegan a admitir su profunda inserción en el siniestro mundo del narcotráfico, así como la horripilante crueldad de sus prácticas en contra de la población colombiana. Exigen que tanto las autoridades civiles y militares como los empresarios y la gente del común hagan su propio examen de conciencia y la admisión explícita de sus delitos, pero piden que los suyos, en cambio, se cubran bajo un piadoso manto de condescendencia por tratarse de efectos colaterales del ejercicio del sagrado derecho de rebelión. Y el gobierno, por su parte, le miente descaradamente a la opinión acerca del proceso de diálogo y sus eventuales desarrollos.

Para aproximarse al desvelamiento de la verdad de lo que ha sucedido en Colombia a lo largo de más de medio siglo, se convocó a un grupo de personas de diferentes tendencias para que contribuyeran a un ejercicio de Memoria Histórica que no dio el resultado que se esperaba, pues lo que quedó en claro después de darse a conocer sus respectivos escritos fue la evidente disparidad de criterios sobre las causas, las dimensiones y los responsables de la violencia.

A decir verdad, se trata de un asunto de enorme complejidad que no puede despacharse de buenas a primeras.

Ahí entran en juego múltiples factores y diversos niveles de responsabilidades individuales y colectivas. Si uno se empeñase en simplificarlos tendría que señalar, por supuesto, los llamados factores objetivos, que no son otros que las situaciones de injusticia social que han condenado a millones de colombianos humildes a vivir en condiciones extremadamente precarias, pero también la intransigencia criminal de una izquierda comprometida con un proyecto totalitario y liberticida al que no ha renunciado, así como la crisis de civilización que se pone de manifiesto en el problema de la droga. El narcotráfico, en efecto, suministra el combustible de todas nuestras guerras, como lo ha puesto de presente muchas veces el hoy senador Uribe.

Es claro que sin verdad no puede haber justicia. Y las Farc se niegan tajantemente a esta última, pues han dicho en todos los tonos que solo admiten responsabilidades menores y tangenciales por las que no están dispuestas a pagar ni un día de cárcel. En cambio, exigen que todo el peso de la ley recaiga sobre militares, políticos y empresarios a los que acusan de estar comprometidos con la violencia y ser sus verdaderos causantes.

Este empecinamiento de las Farc ha conducido a respuestas tan discutibles como la del expresidente Gaviria, que de hecho plantea una solución de impunidad para todo el mundo, o las del Presidente y el Fiscal, que piden que se desconozcan  los compromisos de Colombia frente a la Corte Penal Internacional y se sustituyan las penas privativas de la libertad por trabajo comunitario o algo similar. En rigor, lo que Santos y Montealegre han propuesto es una parodia de justicia que responde con cinismo cruel a las exigencias de las víctimas y de la sociedad.

Uno de los resultados de la justicia es la reparación que merecen las víctimas del conflicto. Se las cuenta por millones: las familias de los asesinados por los actores del conflicto, los mutilados e incapacitados, los secuestrados y extorsionados, los reclutados contra su voluntad, los despojados de sus haberes, los desplazados, las mujeres violadas y sometidas a esclavitud sexual, etc.

Cuando se le preguntó a uno de los cabecillas de las Farc, de cuyo nombre es preferible no acordarse, si estarían en disposición de indemnizar a las víctimas de sus atropellos, contestó con sorna diabólica como en el famoso bolero:"Quizás, quizás, quizás". Igual que con el desminado, aspiran a que la reparación corra a cargo de la comunidad entera, de modo que puedan conservar intactas las ingentes riquezas acumuladas por cuenta del narcotráfico. No puede olvidarse que en  medios internacionales se considera que las Farc son el tercer grupo terrorista más rico del mundo.

Pues bien, si la verdad, la justicia y la reparación están ausentes de La Habana, ¿de cuál paz se habla allá?

Es comprensible entonces que probablemente la mayoría de los colombianos seamos escépticos en relación con los resultados de los diálogos con las Farc. Por eso, a muchos no nos tomó por sorpresa masacre de los soldados en el Cauca, pues no otra cosa podríamos esperar de esos desalmados, ya que son capaces de cualquier felonía.

Queda la impresión de que los diálogos de La Habana versan en realidad sobre la mecánica del poder, vale decir, sobre las parcelas del mismo que se proyecta entregarles a los cabecillas de esa banda de narcoterroristas y las que el mal llamado “establecimiento” aspira a retener para sí, dentro de una teoría derrotista que alguna vez controvertí con el finado Nicanor Restrepo Santamaría, quien atacaba al entonces presidente Uribe dizque por guerrerista y, en cambio, apoyó con denuedo el ánimo claudicante del actual mandatario.