martes, 1 de septiembre de 2015

¡Muera la inteligencia!

El viernes pasado, en diálogo con Fernando Londoño Hoyos a través de “La Hora de la Verdad”, me referí a varios tópicos que considero oportuno recapitular y comentar aquí.

Lo primero que tratamos fue lo concerniente a los señalamientos amenazantes de Anncol, página oficial de las Farc, contra escritores públicos, dentro de los cuales me cuento, que hemos manifestado nuestro escepticismo acerca de los diálogos que se desarrollan en La Habana.

Cada uno de nosotros, a su manera, ha presentado argumentos justificativos de la desconfianza que suscitan esos diálogos. Se supone que en una controversia civilizada a los argumentos se responde con argumentos contrarios tendientes a mostrar las debilidades de las premisas en que aquellos se basan o las falencias lógicas de las conclusiones que tratan de sustentarse en ellos. Por ejemplo, si yo digo que hay que desconfiar de las Farc porque son una organización terrorista, lo lógico es que se demuestre que no es así o que, aún siéndolo, no es razonable desconfiar de los terroristas. Et sic coeteris.

Pero la respuesta de los “intelectuales” de las Farc es el agravio personal, acompañado de la amenaza, como ha sucedido en el caso de Darío Acevedo.

Entonces, uno puede concluir que, como las Farc están acostumbradas a obrar a través de la fuerza bruta y no del diálogo civilizado, parece difícil esperar que como consecuencia de algún acuerdo resultante de los diálogos de La Habana estén dispuestas a competir con sus contradictores de acuerdo con las reglas de juego de la democracia liberal.

Como brillantemente lo acotó Londoño, su actitud es la misma del generalote español que, en vísperas de la guerra civil española, cerró un célebre debate con don Miguel de Unamuno lanzando la bárbara consigna de “¡Muera la inteligencia!”.

El pavoroso atentado que sufrió Londoño de parte de las Farc es elocuentísimo y deja lecciones que es ineludible considerar para futura memoria.

Ante todo, si alguien en la política colombiana de los últimos años ha hecho despliegue de luminosa racionalidad, exquisito empleo del lenguaje y heroico valor civil para denunciar el peligro que entrañan las Farc para nuestra patria, ese es Fernando Londoño Hoyos. Y la respuesta de esa organización narcoterrorista ha sido estremecedora: primero, con el atentado contra el Club El Nogal; segundo, con la bomba lapa que pusieron en su vehículo y cuyo estallido dio muerte a sus escoltas.

El país no ha reflexionado lo suficiente sobre ese crimen atroz. Es indudable que fueron las Farc quienes lo perpetraron, cuando Enrique Santos, el hermano del presidente y su mentor, se reunía con sus cabecillas en Cuba y el mismo día en que la Cámara de Representantes se aprestaba a votar uno de los últimos debates del fementido Marco Jurídico para la Paz.

Tanto el gobierno de Santos como la Cámara de Representantes y, sobre todo, el oscuro general Naranjo, que corrió a desviar la atención sobre la autoría del crimen, se mostraron cobardes ante sus perpetradores. Como se dice vulgarmente, se dejaron medir el aceite por las Farc y les dieron vuelo  para mostrarse intransigentes en los mal llamados diálogos de paz, estrategia que han adelantado con éxito abrumador. De ello da cuenta un artículo reciente de Plinio Apuleyo Mendoza que es bueno traer a colación aquí.(Vid. http://www.eltiempo.com/opinion/columnistas/una-realidad-que-no-vemos-plinio-apuleyo-mendoza-columna-el-tiempo/16299398).

El procurador Ordóñez no se ha cansado de repetir que la presencia en el debate público de un grupo feroz que conservaría guardadas sus armas es el peor peligro que pende sobre la democracia colombiana. Sin entrega de las amas, no habrá paz posible con las Farc, y estas insisten en que harán “dejación”, pero no entrega de las mismas, y que la fuerza pública deberá hacer lo mismo.

Otro lamentabilísimo episodio de presencia activa de la fuerza bruta en el escenario político acaba de ser protagonizado por el monstruoso dictador venezolano, Nicolás Maduro, que parece calcado de Brutus, el pintoresco y despreciable personaje de la tira cómica de Popeye.

Lo que acaba de hacer la satrapía venezolana con nuestros compatriotas residentes en el vecino país es inaudito. Razón de sobra tienen los que comparan los recientes episodios ocurridos en la frontera colombo-venezolana con lo que hacían los nazis y los comunistas soviéticos con las poblaciones que consideraban indeseables. Tal como lo ha señalado Londoño Hoyos, se trata ni más ni menos de actos de genocidio.

Pero América Latina está padeciendo un deplorable proceso de involución en la calidad de sus dirigentes. Los que se imponen hoy son unos jayanes que exhiben el cinismo y la brutalidad que caracterizaba hace décadas a los dictadores de la región, especialmente los caribeños y los centroamericanos.

Hay que releer hoy “Entre la libertad y el miedo”, ese clásico de Germán Arciniegas al que por razón de la época en que se publicó le hizo falta un capítulo adicional sobre los fatídicos hermanos Castro, para encontrar los modelos que inspiran a Maduro y sus esbirros. No vamos hacia adelante, sino en reversa. Y los que no son sanguinarios, son descaradamente corruptos, como se ve hoy en Argentina y en Brasil, o cobardes, como lo estamos sufriendo en Colombia.

Debo ofrecerles a mis lectores una fe de erratas por datos equivocados que di sobre los precios internacionales del café en la década del 50 del siglo pasado, para ilustrar sobre la crisis económica que hoy nos aflige por la improvidencia del gobierno de Juan Manuel Santos.

La mayor cotización del café suave colombiano en el mercado externo se produjo en 1954, durante el gobierno de Rojas Pinilla, cuando subió a US$ 0.80, que equivalen hoy a US$ 7.10 (Vid. http://www.bls.gov/data/inflation_calculator.htm). Pero en 1956 se produjo una brusca caída que dio lugar a la crisis cambiaria que nos afligió hasta la “bonanza cafetera” que se presentó a partir de 1976 durante el gobierno de López Michelsen y llegó hasta 1979).(Vid.http://www.banrepcultural.org/blaavirtual/economia/banrep1/hbrep64.htm;http://www.banrep.gov.co/docum/ftp/borra163.pdf;   http://www.banrep.gov.co/docum/ftp/borra095.pdf; http://www.banrep.gov.co/docum/ftp/borra255.pdf).

Hay no pocas analogías entre lo que empezó a presentarse en 1955, que acarreó la caída de Rojas Pinilla, y lo que hoy sucede en la economía colombiana. Nos está llegando la época de las vacas flacas y no estábamos preparados para ello. Santos recibió una herencia millonaria y la dilapidó. Ahora nos toca afrontar la baja de todos los indicadores de la economía, y nos vemos de contera en medio de un proceso político con los subversivos de las Farc que podría desembocar en un “postconflicto” cuyo valor es hoy incuantificable.

Colombia pudo manejar la asfixia cambiaria después de la caída de la dictadura porque contaba con un precioso instrumento político que aseguraba la gobernabilidad: el Frente Nacional. La crisis en que ya estamos inmersos, en cambio, nos encuentra divididos por obra y gracia de los protuberantes errores políticos de Santos, que carece de toda capacidad de liderazgo para la conducción del país en estos momentos de tremendas dificultades.

lunes, 24 de agosto de 2015

En la mira de las Farc

A raíz de la publicación del artículo titulado “Terrorismo y Comunismo” (Vid. http://www.elespectador.com/opinion/terrorismo-y-comunismo), su autor, Darío Acevedo Carmona, ha sufrido unas violentas andanadas de parte de la página oficial de las Farc, Anncol, en la que de contera se menciona mi nombre en una lista de “escribientes, autores de los insumos de la discursividad del caballista del Ubérrimo”, que hacemos “parte de este cuartel de francotiradores expertos en el sofisma, la injuria, el montaje y el linchamiento mediático”, tal como puede leerse en el siguiente sitio: https://anncol.eu/index.php/opinion/item/1540-horacio-duque.

De la lista hacemos parte “José Obdulio, Rangel, Acevedo, Botero Campuzano, JVallejo, Paloma, F. Londoño, Gómez Martínez, Saúl Hernández, Nieto, Carlos HolmesT, Ana Mercedes, Hoyos, Alvear Sanín, Jaramillo Panesso  H. Rodríguez, I. Duque y otros”.

Contra Acevedo están programando bloqueos, mítines y bochinches susceptibles de dar lugar a insultos y humillaciones en público, de donde podrían seguirse atentados contra su integridad personal. Algo parecido a lo que les hacían a los profesores durante la Revolución Cultural que promovió Mao en China. Los demás estamos señalados y, a partir de ello, estaríamos expuestos a diferentes eventualidades desagradables, por decir lo menos. En efecto, estar en la mira de las Farc no es un juego de niños. Es, más bien, una ruleta rusa.

En lo que a mí concierne, entiendo que el sofisma, la injuria, el montaje y y el linchamiento mediático que se me endilgan parecen consistir en haber sostenido lo siguiente, que aquí reitero:

- El proceso de paz de Santos con las Farc está mal concebido desde el principio, pues aquél recibió mandato del pueblo para someterlas y no para equipararlas con la autoridad legítima del Estado y muchísimo menos para rendirse ante ellas.

- Las Farc no han abjurado del marxismo-leninismo. Ni siquiera han atenuado sus intransigentes posturas ideológicas. Así lo ha dicho uno de sus cabecillas:"Nuestro propósito es instaurar el socialismo en Colombia".

- Las Farc no buscan convertirse en actores políticos dentro de un sistema democrático y liberal, sino el asalto del Estado para la toma del poder con miras a la instauración de un sistema totalitario y liberticida.

- Las Farc son una de los más poderosas organizaciones narcotraficantes en el mundo. Por consiguiente, configuran unas peligrosísimas bandas de delincuentes comunes.

- Las Farc son una organización terrorista. Se la considera una de las más vigorosas y perversas del mundo, unos pasos detrás de ISIS.

- Las Farc han dado muestras de una crueldad que excede toda humana previsión. Su modelo es el Pol Pot cambodiano.

- A lo largo de las negociaciones de La Habana, Santos ha corrido todas los llamados inamovibles que trazó en su discurso de posesión el 7 de agosto de 2010, mientras que las Farc no han hecho una sola concesión significativa.  A Santos lo han llevado de la ternilla.

- A estas negociaciones les ha faltado aliento moral. Están presididas por la mentira y el engaño en que compiten Santos y las Farc. Ni a aquel ni a estas se les puede prestar fe.

- La arrogancia de las Farc ha minado la confianza del pueblo en las resultas de estos diálogos. La gente está temerosa de lo que Santos al final termine otorgándoles a los guerrilleros

- Las Farc no tienen nada positivo para ofrecerle al pueblo colombiano. Los modelos que pretenden imponer, basados en Cuba y Venezuela, solo han acarreado ruina y caos.

- El pueblo colombiano no quiere a las Farc y es extraño que cada que en las encuestas manifiesta su descontento, Santos, en lugar de tomarle el pulso a la nación, la ignora y les ofrece a a aquellas nuevas concesiones, muchas de ellas estrambóticas.

- Esas concesiones implican la destrucción de nuestra precaria institucionalidad. No nos auguran la paz, sino nuevos escenarios de confrontación que podrían significar para Colombia la guerra civil o, como lo ha puesto de presente hace poco Álvarez Gardeazábal, su “afganización”. El posconflicto que anuncia la propaganda oficial no es la antesala de la paz, sino la multiplicación de tensiones y enfrentamientos violentos que un Estado débil no estaría en capacidad de controlar.

- Santos no solo ha incurrido en causales de indignidad susceptibles de que se le abra proceso por ese motivo, sino que da muestras de insania que lo hacen incapaz de gobernar a Colombia en uno de los momentos más críticos de su historia.

Si estoy equivocado, refútenme y convénzame de lo contrario que afirmo.

Los señalamientos y las amenazas no me tocan. Ya, hace años, el ELN me había declarado “objetivo militar” por mis escritos para “El Colombiano”, y estuve, además, en la mira de Pablo Escobar por haber defendido en la Corte Suprema de Justicia la exequibilidad de la ley aprobatoria del Tratado de Extradición con los Estados Unidos que había sancionado el presidente Barco.

No tengo miedo a la muerte y muchísimo menos ahora que mi amadísima esposa ha hecho el tránsito de esta vida mortal a la eterna. Mi mayor anhelo es estar con ella por toda la eternidad. Acá solo me retiene el amor de los dos ángeles que ella me dejó para que cuidaran de mí. Y si los esbirros de las Farc me hacen algún daño no letal, tengo muy clara la enseñanza del Santo Padre Pío de Pietrelcina:"Al cielo solo se llega a través del sufrimiento".

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jueves, 20 de agosto de 2015

¿Quién le pone el cascabel al gato?

Dice uno de los biógrafos del Gran General Tomás Cipriano de Mosquera que cuando su esposa doña Amalia Arboleda se enteró de que lo habían elegido presidente de la Nueva Granada, exclamó, palabra más palabra menos, lo siguiente:"¡Por Dios! Tomás en la presidencia es como soltar un gato en un pesebre!".

Bien podría haber dicho más bien un mico, en lugar de un gato.

De cualquier modo, de su temperamento agitado y veleidoso tal era lo que razonablemente cabía esperar de su gestión, aunque, a Dios gracias, en su primer mandato no se cumplieron los oscuros augurios de Doña Amalia. Y en los que ejerció después, los radicales se encargaron de poner coto a sus inquietudes y terminaron sacándolo de la presidencia.

Pues bien, lo que tenemos ahora al mando de la República es muchísimo peor que un gato, un mico o cualquiera otra especie del Reino Animal. Es más bien algo así como uno de esos alocados emperadores romanos que se hicieron célebres por sus excentricidades.

Muchos de nuestros compatriotas están preocupados, en efecto, por el desorden mental que exhibe Juan Manuel Santos. Su narcisismo, su delirante vanidad, su fanfarronería, su falta de criterio y su carácter errático suscitan dudas razonables acerca de si está en sus cabales y sufre una incapacidad mental permanente, que desde luego es física, para el ejercicio del cargo, susceptible de configurar la causal de falta absoluta cuya declaración le corresponde al Senado, según estipula el artículo 194 de la Constitución.

Los lapsus linguae, las incoherencias, las fallas de memoria, la tendencia patológica al engaño, la fobia que manifiesta contra quienes se atreven a disentir de sus políticas o muestran algún asomo de duda sobre sus bondades, y, sobre todo, la inquietante y continua pérdida del contacto con la realidad hacen pensar seriamente en la insania de quien por desgracia hoy nos gobierna, máxime en momentos en que, como nunca antes en nuestra historia, se juega decisivamente la suerte de Colombia.

Se atribuye a Clemenceau lo de que “La guerra es asunto demasiado serio para dejarlo exclusivamente en manos de los militares”. Bien cabría hacer una paráfrasis de ese famoso dicho para señalar, con base en lo que actualmente sucede en Colombia, que “La paz es asunto demasiado serio para dejarlo exclusivamente en manos de políticos”, sobre todo si son de la calaña de Santos.

Su ciega tozudez lo está llevando a destruir lo poco que queda de nuestro andamiaje institucional. Cada día sale con propuestas insensatas que de inmediato provocan chistes crueles. Pero él y sus áulicos las toman en serio, y como no se para en pelillos al momento de torcerles el cuello a las instituciones, es de temer que a punto de “mermelada”, chanchullos e intimidaciones logre su cometido de demoler toda sana doctrina constitucional y arrodillar al Congreso, la Corte Constitucional y toda otra corporación o persona que intente ponerle freno.

Ha llegado la hora de que seamos los colombianos del común quienes atemos al orate para que no nos hunda en el fangal de sus alucinaciones.

Si no se forma un vigoroso movimiento de opinión que le haga sentir que no queremos que nos entregue atados de pies y manos a los verdugos de las Farc, mañana tendremos que habérnoslas con ellos, no en la selva que por su condición de salvajes constituye su habitat natural, sino en los puestos de mando de la sociedad. Entonces sufriremos en carne propia los rigores de la más cruel y sanguinaria de las tiranías.

¡COLOMBIA: DESPIERTA ANTES DE QUE SEA DEMASIADO TARDE!

Coda: Ante la imposibilidad de hacerlo personalmente, aprovecho este medio para agradecer los mensajes de condolencia que he recibido y las oraciones que se han pronunciado con motivo del fallecimiento de mi amadísima esposa Victoria Eugenia Mosquera de Vallejo. Que Dios los bendiga a todos.

miércoles, 29 de julio de 2015

Importancia de la Filosofía para el Derecho

Por amable invitación del profesor Carlos Andrés Gómez Rodas, tuve oportunidad de conversar con sus discípulos de la Facultad de Derecho de la UPB acerca del tema referido.

Para futura memoria, resumo acá lo tratado en mi conversación con ellos, ni sin antes agradecerles su esmerada atención y sus valiosos aportes:

1) El Derecho involucra, desde luego, muchas cuestiones filosóficas, tanto en su enseñanza como en su formulación, su interpretación y su práctica.

De ello da cuenta una tradición milenaria que viene desde los orígenes mismos del pensamiento filosófico en la antigua Grecia.

Pero, más o menos desde principios del siglo XIX hasta mediados del siglo XX, por obra conjunta del positivismo y la codificación iniciada en el siglo XVII como un proceso de racionalización del ordenamiento jurídico, la Filosofía del Derecho fue perdiendo importancia frente a nuevas disciplinas académicas inspiradas en la idea de una Teoría General o una Ciencia del Derecho despojadas de toda pretensión metafísica.

El positivismo es resultado de una evolución que arranca del nominalismo del siglo XIII, pasa por el voluntarismo naturalista de Maquiavelo y Hobbes, continúa con el empirismo de Hume, se afianza con la negación de la Metafísica por parte de Kant y se nutre del materialismo cientificista de los siglos XVIII y XIX, para llegar a una afirmación radical: solo hay hechos perceptibles por los sentidos y la tarea de la razón es describir esos hechos, clasificarlos, identificar sus regularidades, explicarlos en función de lo que Aristóteles llamaba las causas materiales y eficientes (con exclusión de las formales y finales), con miras a formular hipótesis y sustentar leyes inexorables sobre su constitución, su desarrollo y su interacción con otros fenómenos, y así integrarlos en teorías cada vez más generales que sirvan para concebir técnicas apropiadas para manipularlos.

La mentalidad positivista se aplicó a buscar los hechos firmes o los datos fenoménicos de los ordenamientos jurídicos. Su objetivo era estudiar el Derecho como hecho y lo encontró en la normatividad legal del Estado soberano que estaba en auge en esos momentos en Europa.

Según su perspectiva, todo el Derecho estaba en la Ley y únicamente en esta. Y la Ley, de conformidad con las ideas de Rousseau, era fruto de la Voluntad General que sustentaba la soberanía del Estado.

Esa concepción de la Ley se reforzaba con el movimiento codificador que pretendía ordenar racionalmente la normatividad jurídica. Por ejemplo, del Código Napoleón llegó a decirse que en él se ponía de manifiesto la razón escrita. De hecho, se aspiraba a que cada código agotase de modo íntegro su materia.

La Teoría Pura del Derecho formulada por Hans Kelsen marca por así decirlo la apoteosis del positivismo jurídico.

Según sus tesis, el Derecho es un orden coactivo autónomo que regula su propia creación, identificación y aplicación. Solo son jurídicas las normas creadas por autoridades competentes, elaboradas a través de procedimientos previamente establecidos y formalizadas de acuerdo a lo prescrito por normas superiores. El referente último del ordenamiento jurídico es la Constitución, que se funda en un postulado: lo que ordene el soberano debe obedecerse. La normatividad jurídica es una forma susceptible de llenarse con cualquier contenido. Lo atinente a valores es tema extra-jurídico, propio de disciplinas extrañas que no pueden tomarse en cuenta sin correr el riesgo de contaminar el rigor de la investigación estrictamente normativa, que solo versa sobre los supuestos de hecho y las consecuencias normativas de las reglas jurídicas, así como los enlaces de estas.

Pues bien, si todo lo concerniente al Derecho está en la normatividad positiva, ¿para qué preocuparse por sus aspectos filosóficos?

La enseñanza oficial los fue abandonando o, por lo menos, relegando a segundo plano, y solo en  centros de estudio tradicionales, principalmente los católicos, se mantuvieron cátedras que solían llamarse de Derecho Natural, pues la denominación Filosofía del Derecho era más bien reciente, ya que se difundió sobre todo a partir de Hegel.

2) La solidez de la edificación conceptual levantada por el positivismo no tardó en mostrar fisuras de varia índole.

En primer término, el "dato duro", el "hecho rotundo" que pondría de manifiesto la positividad del Derecho, no es perceptible por los sentidos y es menester inteligirlo o interpretarlo mediante procedimientos de comprensión propios de las ciencias de la cultura. Solo de ese modo es posible diferenciar un ordenamiento jurídico del que impone una banda de forajidos.

Ya lo había puesto de presente San Agustín: es la justicia lo que diferencia al gobierno del Estado de una cuadrilla de facinerosos.

De acuerdo con lo anterior, la juridicidad no se capta a partir de la observación de la conducta externa de las personas, sino de representaciones mentales acerca de cómo se viven unos valores y se trata de realizarlos en la práctica social.

Esos valores son, por así decirlo, el alma de las reglas, su alfa y omega, lo que las justifica en la vida colectiva. Por consiguiente, el estudio de los sistemas jurídicos no se agota en la descripción de los supuestos fácticos y las consecuencias normativas que se hayan previsto en las reglas, pues debe considerar ante todo los valores que las sustentan.

En segundo lugar, la idea de que todo el Derecho está claramente formulado en la Ley pronto mostró sus limitaciones.

Los propios redactores del Código Civil abrieron las puertas para que la regla moral penetrara sus instituciones por medio de los principios generales del Derecho, la equidad natural, la idea del buen padre de familia como criterio para definir la culpa y, sobre todo, los conceptos de orden público y buenas costumbres, tal como lo mostró Ripert en su célebre ensayo sobre "La Regla Moral en las Obligaciones Civiles". Por su parte, la regla moral penetró en el Derecho Administrativo a través de la figura de la desviación de poder.

Los positivistas dieron cuenta de estas observaciones aduciendo que cuando el texto legal remite a ordenamientos supra o extrajurídicos lo que hace es positivarlos.

Pero entonces el texto legal pierde claridad y precisión y se torna vago, nebuloso. Su contenido hay que fijarlo por métodos que exceden las posibilidades de la exégesis, que era el método de interpretación por excelencia a juicio del positivismo.

La exégesis, en efecto, limita el vuelo de la interpretación, pues la amarra al tenor literal del texto, como cuando se establece que si las palabras de la Ley son claras no se podrá prescindir de ellas so capa de consultar su espíritu.

Dos eventos diversos dieron lugar al abandono del paradigma positivista del texto legal nítido en todos sus contornos: la jurisdicción constitucional norteamericana y los excesos del totalitarismo del siglo XX, sobre todo los de los nazis.

La primera derivó en un crecimiento tal del poder de interpretación de los jueces, que condujo a sostener que en últimas el Derecho es lo que ellos tomen por tal. Todo texto jurídico es interpretable y el juez lo puede hacer con entera libertad. Y como el juez constitucional tiene que habérselas con textos de alcance muy general llamados a regular la vida del país a través de distintas circunstancias históricas, su papel consiste en otear el espíritu cambiante de los tiempos. El espíritu de la Constitución no es inmutable, sino evolutivo, y es el juez el llamado a registrar sus mutaciones por medio de sentencias que son tanto o más vinculantes que la normatividad constitucional misma.

Los segundos mostraron hasta dónde puede llevar el culto positivista por el poder soberano del Estado.

Los jerarcas nazis se defendieron en el proceso que se les siguió en Nüremberg alegando que habían obrado conforme a las leyes del Reich. Pero de la aplicación de esas leyes se seguían consecuencias atroces que herían la sensibilidad de las conciencias civilizadas. Por eso, después de la II Guerra Mundial hubo una fuerte reacción antipositivista y se consideró necesario introducir frenos morales que impidieran que en lo sucesivo pudiese invocarse el ordenamiento positivo para agredir a la Humanidad. De ahí que se postulase que sobre los textos positivos pesan Principios y Valores cuyo alcance es justamente el cometido que deben llevar a cabo los tribunales constitucionales.

En tercer lugar, las ideas sobre la soberanía del Estado y la manifestación de la misma a través del texto de la Ley han sufrido múltiples alteraciones a lo largo de las últimas décadas. La primera, por así decirlo, se ha relativizado y atenuado. En cuanto a que todo el Derecho está en la Ley, bien se ve que ya no es así, pues sus fuentes se han multiplicado y la jerarquía que antes reinaba en ellas se ha debilitado.

En síntesis, de un sistema jurídico centrado en el Imperio de la Ley se ha pasado a otro bastante difuso en el que predominan Principios y Valores abstractos que se prestan a múltiples determinaciones.

De ese modo, del Derecho con pretensiones de solidez y claridad a que aspiraban los positivistas se ha pasado, como señala Zagrebelsky, a un Derecho dúctil que, por consiguiente, es incierto.

3) Ya no se habla de que todo el Derecho está en la Ley, sino en la Constitución, no tanto en sus reglas, cuanto en sus principios y valores.

Pero estos no traen de vuelta al venerable Derecho Natural de antaño. El Neoconstitucionalismo considera que esos principios y valores son Derecho positivo. Son vinculantes porque los enuncia la Constitución misma y no porque se funden en órdenes superiores a ella. Y, según creen sus promotores, su contenido debe explorarse a partir de las ideologías constitucionales.

De ese modo, es frecuente que los fallos de constitucionalidad contengan razonamientos como los siguientes:

-Dado que la Constitución ha adoptado una democracia pluralista, y por tal se entiende x, de ahí se sigue y.

-Dado que la Constitución consagra unos principios liberales, por los cuales se entiende x, entonces hay que optar por la solución y, que es más acorde con esos principios.

-Dado que la Constitución consagra que el nuestro es un Estado Social de Derecho, por lo cual se entiende x, el caso a estudio debe resolverse de manera acorde con el mismo, es decir, del modo y.

Lo que de hecho sucede es que el juez constitucional y, tras él, cualquiera otro, impone su propia ideología. Le basta con rotularla como democrática, liberal o ajustada a los principios y valores del Estado Social de Derecho.

Pero esos principios y valores doctrinarios no son solo tema de contenidos ideológicos, sino, ante todo, de reflexión filosófica aplicada a definir en qué consisten, examinar sus fundamentos racionales y guiar su aplicación

4) Es el caso de lo que podría considerarse como cinco de los pilares del edificio axiológico de la Constitución: la dignidad de la persona humana, la libertad, la igualdad, la tolerancia y el bienestar.

¿Qué significa cada una de esas expresiones? ¿Se trata de comodines que cada juez puede utilizar a su arbitrio para sustentar sus decisiones? ¿Hay nítidas definiciones constitucionales de sus respectivos contenidos y sus alcances? ¿En qué fuentes debe abrevar el juez para decidir lo que sea pertinente entender en los casos concretos como propio de la dignidad humana, como ejercicio adecuado de la libertad, como exigencia intransigible de la igualdad, como algo que es de suyo tolerable o intolerable, o como elemento básico del bienestar que según la Constitución deben las autoridades garantizarles a los habitantes del territorio?

Todos estos temas son susceptibles de diferentes lecturas según las convicciones filosóficas que se profesen.

De hecho, la filosofía dominante en las altas corporaciones judiciales, y muy probablemente en todo el aparato judicial, es de corte materialista, individualista, relativista y tributario del marxismo cultural, una de cuyas proyecciones es la ideología de género.

Pero todas estas son concepciones filosóficas no solo discutibles en sí mismas, sino cuestionables desde el punto de vista de la legitimidad democrática, puesto que es dudoso que el pueblo colombiano, cuya voluntad se invoca como supremo referente de la autoridad de la Constitución, las profese, por lo menos del modo como lo creen los titulares del poder judicial y otros operadores jurídicos.

Frente a esas concepciones que no vacilo en considerar que son deletéreas, hay que señalar que los referidos grandes pilares no solo pueden, sino que deben, examinarse a la luz del personalismo, el espiritualismo y el realismo filosófico, que ofrecen criterios más estructurados desde el punto de vista racional para sustentarlos y dotarlos de sentido.

En efecto, la dignidad, la libertad, la igualdad y la realización plena de la persona humana, que la colma de satisfacción, son nociones  cuyo significado resplandece cuando se las mira a partir de la realidad espiritual del hombre y su destino eterno. Todas ellas están impregnadas de un profundo sentido moral. Es más, entrañan verdades morales frente a las que el relativismo es ciego. Y la tolerancia no puede significar que se nivelen por lo bajo desde el punto de vista moral todos los comportamientos, sino la piedad que un sentimiento humanitario elemental indica que debe practicarse respecto del que sufre o se equivoca.

Si bien es cierto que el Derecho y la Moral configuran ordenamientos diferentes el uno del otro, ello no significa que sean compartimientos estancos que no se interrelacionan. En rigor, el ordenamiento jurídico se asienta sobre sólidas bases morales, pues como  lo dijo Horacio en sentencia memorable:"¿De qué sirven las vanas leyes si las costumbres fallan?"

El gran reto para quienes hoy se están formando en las disciplinas jurídicas es volver los ojos hacia una tradición cuyos fundamentos son sólidos, si bien sus detalles son susceptibles de mejoramiento y nuevas precisiones, que es la del Derecho Natural, vale decir, el que dicta la Justicia, a la luz de la cual deben valorarse todos los ordenamientos positivos.

Para ello, hay que esmerarse en dar respuesta a la cuarta célebre pregunta filosófica de Kant:¿Qué es el hombre?

En efecto, si lo justo es dar a cada uno lo suyo, para saber qué es lo propio de cada cual hay que tener una noción clara y sólida de lo que es el ser humano y en qué reside su valor.