viernes, 21 de noviembre de 2014

Muestras del Mal

Nota: Publiqué este escrito en otro blog hace unos años. Para futura memoria, lo incorporo a este Pianoforte.

He escrito varios artículos sobre la trascendencia de la persona hacia estados superiores de espiritualidad que otorgan sentido pleno a la vida humana. Son los estados de santidad a que todos estamos llamados, si bien sólo podemos alcanzarlos mediante el auxilio de la Gracia. Por nuestros propios medios, apenas logramos elevarnos un poco sobre nuestro estado natural.

 

Esto es importante retenerlo, dado que hay una idea muy difundida según la cual la espiritualidad es asunto de técnicas de meditación, de ejercicios mentales y de actitudes positivas que nada tienen que ver con creencias y prácticas religiosas que más bien serían un lastre para su desarrollo. Pero, si así fuera, las altas cumbres que han alcanzado los santos católicos estarían a disposición de los maestros espirituales a la moda y los que siguen sus pasos, a través de manuales que, por ejemplo, nos enseñarían en veinte lecciones cómo igualar a San Francisco de Asís, a San Pedro Claver, a San Vicente de Paúl, a Santa Teresa de Lisieux o a la Beata Teresa de Calcuta, etc.

 

A mis estudiantes solía decirles que todos tenemos la posibilidad de llegar a ser como San Francisco, pero ciertamente con la ayuda de Dios, o la de descender a los peores niveles, por debajo incluso de las bestias. A menudo les citaba el dicho de Pascal: “El hombre no es ángel ni bestia”.  Pero es en potencia  lo uno o lo otro, y en ello reside el drama de su libertad.

 

Como ejemplo de la segunda alternativa acostumbraba mencionarles el penoso ejemplo de Pablo Escobar.

 

Para exaltar a mis discípulas, les ofrecía el paradigma de la Beata Madre Teresa. Mas, para no ofender a alguna en particular, les presentaba un modelo imaginario de los extremos a que podría llegar la maldad de la mujer: el de la atroz Rosario Tijeras.

 

Traigo esto a colación porque hace unos días tomé un taxi para ir al centro de Medellín. Tenía una deuda pendiente con mi amigo Juan Hincapié, el de “Los Libros de Juan”, y quería pagarla antes de Navidad. Lo menciono debido a que el relato que sigue tiene dos colofones y uno de ellos toca precisamente con Juan. Además, me propongo escribir en otra ocasión sobre un tesoro que entre sus libros viejos encontré.

 

Pues bien, como de costumbre, me puse a charlar con el taxista, que resultó bastante locuaz. En un momento dado, me contó que vivió en Aruba varios años y allá se convirtió en el rey de los recicladores. Le pregunté cómo fue a parar a la isla y me contestó que tenía parientes que le dieron albergue para huir de sus enemigos en Medellín. Sentí curiosidad por las “culebras” que lo perseguían y, entonces, soltó la lengua para contar lo que sigue.

 

Comenzó su relato recordando que de niño había sido muy díscolo y proclive a hacer maldades. Desde los 10 años portaba armas de fuego y llegó a capitanear en el Inem de la avenida Las Vegas una banda de 70 jóvenes delincuentes. La puso al servicio de los capos del narcotráfico y se convirtió en sicario de Pablo Escobar. Ascendió en la jerarquía del crimen organizado hasta el punto de tener bajo su control una zona de Medellín. Le tocó subir muchas veces a “La Catedral”, el sitio de reclusión que el capo convirtió en sede de sus fechorías, llevando gente que, según sus palabras, entraba caminando y salía después en bolsas que a él le tocaba botar al río.

 

Todo comenzó porque en Castilla, un barrio de la zona noroccidental de Medellín en donde vivía, un vecino tenía la costumbre de darle golpes en la cabeza cuando pasaba a su lado. Como vio en una película que alguien se defendía apretando entre el puño una piedra con la que le partía la cara a su contrincante, decidió hacer lo propio con el que lo molestaba. No sólo le partió la cara con la piedra, sino la cabeza.

 

Pasó en esos momentos por ahí el tristemente célebre Dandenys Muñoz Mosquera, alias “La Quica”, que hoy purga condena por la voladura del avión de Avianca. Muñoz se asombró de su coraje y le pidió que lo acompañara. Le regaló un arma de fuego para que en lo sucesivo no tuviera que defenderse con piedras, lo entrenó y lo hizo guardaespaldas suyo. Al pasar los retenes, él guardaba las armas, pues como era un niño no lo requisaban.

 

Me dijo: “Usted me pregunta por mis maldades. Pues le voy a contar que yo estaba al servicio de un lugarteniente de Escobar y en un partido de fútbol el árbitro pitó un penalty que no correspondía a la realidad. El jefe me dijo que había que matarlo, y así lo hice”.

 

Más adelante, añadió: “La última vez me encomendaron que matara a un personaje que estaba en un restaurante. Llegué con mi gente y como el hombre estaba reunido con otros seis, los matamos a todos. Nuestros jefes decidieron castigarnos porque se nos fue la mano. A mí me hirieron de siete balazos, pero me salvé. Al salir del hospital, me fui para Aruba, en donde estuve seis  años. Cuando regresé a Medellín me alejé de ese mundo, aunque a veces me buscan; pero yo les digo que soy hombre de paz y no quiero andar en peleas. Así se lo dije al que mató a un hermano mío por problemas que había entre ellos. Muchos de los que fueron mis compañeros están muertos, presos o desaparecidos”.

 

Mientras escuchaba estas historias, yo no sabía si bajarme del taxi o pedirle que alargara la carrera para dar pábulo a mi curiosidad. Pero no hice lo uno ni lo otro. Llegamos a lo de Juan, pagué y me despedí diciéndole que Dios le había dado una segunda oportunidad que no debía desaprovechar.

 

Le conté a Juan por las que acababa de pasar. Y Juan siguió con su propia historia, pues su padre, el célebre abogado Julio Hincapié Santamaría, fue asesinado a raíz de un pleito cuya contraparte era un personaje de apellido López, llamado “El Padrino”, que fue probablemente el iniciador del narcotráfico en Medellín y para quien trabajaba Pablo Escobar.

 

Dice Juan que un escritor muy conocido en el país tiene muchísimo material sobre Escobar, pero piensa dejarlo inédito. Dentro de las confesiones que le hizo el capo, hay una que coincide con las circunstancias del asesinato de su padre, lo que lo ha llevado a creer que Escobar conducía la Lambretta roja de donde se bajó el sicario que le disparó.

 

Juan conoció años después a un personaje que trabajó con Escobar y le contaba sobre la perversión que le tocó presenciar en la hacienda Nápoles. Por ejemplo, allá llegaban modelos, reinas de belleza, presentadoras de televisión, divas de la farándula, etc., atraídas por los montones de billetes que les ofrecían. Pero el precio que pagaban era oprobioso. La primera noche la pasaban con el capo y sus íntimos. La segunda ya era para el deleite de los segundones. Y en la tercera quedaban a merced de la soldadesca. Se ofrecían sumas exorbitantes a las que se atrevieran a hacer cosas tales como sexo oral con un caballo padrón o tragar cucarachas vivas…Y las descastadas peleaban entre ellas para que las eligieran para tan torpes menesteres.

 

El día de Navidad, una parienta que trabaja en la Fiscalía me contó que tuvo hace un tiempo su despacho en lo que fue la residencia de Escobar, el edificio Mónaco. Ahí hubo que hacer exorcismos, pues se presentaron casos espeluznantes. Por ejemplo, a una alta funcionaria se le apareció un espectro sin cabeza; un vigilante tuvo una visión que lo privó del susto y hubo que hospitalizarlo; mi parienta oyó pasos una noche en que no había nadie más adentro del edificio; y su hijita no quiso que la volviera a llevar a su oficina, porque, según le dijo, en ese lugar había “monstruos”.

 

Todo este relato ilustra sobre aspectos tenebrosos de los extremos de maldad a que puede llegar el ser humano.

 

El papa Benedicto XVI ha dicho que esas manifestaciones no son susceptibles de explicación natural. Sólo una realidad que supera los datos de la naturaleza puede darnos a entender por qué sucede el mal. Esa realidad es espiritual y, más precisamente, demoníaca, como bien los saben tanto quienes han sido víctimas de fenómenos de posesión u otros conexos, como los exorcistas que los enfrentan. Ni los neurólogos, ni  los psicólogos, ni los psicoanalistas, ni los psiquiatras , pueden dar razón de su ocurrencia, pues nada en el mundo natural ofrece analogías convincentes para explicarlos.

 

Esta mañana, uno de mis corresponsales de Twitter, @Mike_friesen, difundió este mensaje que viene oportunamente al caso: “Religion is lived by people who are afraid of hell. Spirituality is lived by people who have been through hell.-Richard Rohr”.

 

“La religión se vive por gente que le teme al Infierno; la espiritualidad, por gente que lo ha atravesado”. Esta reflexión de Richard Rohr es análoga a la que hace Papini al cierre de su presentación de “El Diablo”: “Se puede entrar al reino de Dios hasta por la puerta negra del pecado”.

 

En efecto, el mal nos revela la realidad del Infierno y de su patrón, el Demonio. Los que hemos experimentado el descenso a sus simas sabemos bien de qué se trata. Y sabemos bien, igualmente, que sólo por la Gracia de Dios no nos hemos hundido en él, en ese “mar profundo” que recuerda la intensa letra del tango “Madre”.

 

Ello significa que muchas veces, para poder apreciar la luminosidad de las altas esferas, es preciso haber conocido antes la pavorosa negrura de los abismos.

 

La espiritualidad exhibe, por consiguiente, dos caras: la del Bien y la del Mal. Es un mundo invisible que se pone de manifiesto en el mundo visible, pero es refractario a las mediciones y los experimentos de laboratorio. Pero ello no significa que lo sea a toda experiencia, tal como lo acredita en lo que a su lado oscuro concierne el padre Juan Gonzalo Callejas en su impresionante libro “En Contra de la Brujería”, que publicó recientemente Intermedio Editores en Bogotá.

 

Hace poco me permití “trinar” esta reflexión: el mal radical hace que muchos duden de Dios, pero acredita sin lugar a dudas la existencia del Demonio.

 

Agrego ahora que por esta vía oscura llegamos a establecer como requisito sine qua non de la racionalidad del mundo y, sobre todo, de nuestra existencia, la creencia en Dios, pues sin éste todo sería absurdo y tendríamos que admitir, como lo han hecho ciertas tendencias gnósticas, que su lugar lo ocupa una entidad maligna. Pienso que el argumento de razón práctica que esgrime Kant para defender la existencia de Dios y la supervivencia del alma después de la muerte del cuerpo, va en esta dirección: hay que suponer a Dios, porque de lo contrario habría que prosternarse ante el Demonio.

 

De hecho, abundan hoy en día los que han adoptado esta última alternativa. El satanismo y el luciferismo constituyen siniestras realidades de la sociedad contemporánea, aún en los países más avanzados. Malachi Martin calculó que en  la última década del siglo pasado había más de ocho mil templos satánicos en Estados Unidos. Y en Europa occidental se mencionan numerosos casos que ilustran sobre su conspicua presencia en muchas partes. Llega a creerse, incluso, que la criptocracia que controla los hilos del poder en el mundo es de índole satánica. Tal es el tema del libro que varias veces he citado,  “Blood on the Altar”, de Craig Heimbichner.

miércoles, 19 de noviembre de 2014

Oh libertad que perfumas las montañas de mi tierra

Traigo a colación las palabras de Epifanio Mejía con que empieza el Himno de Antioquia, para contar algunas anécdotas y hacer unas breves reflexiones sobre lo que le espera a nuestra libertad en medio de las circunstancias que ahora nos rodean.

 

Resulta que hace ya no sé cuántos años sufrí una agudísima dolencia en la columna vertebral que me llenó del temor de quedar inválido. Un tiempo atrás había padecido lo mismo, que es terrible, y hube de someterme a una muy exitosa cirugía que alivió mis dolores y me permitió volver a caminar, a montar a caballo y, en fin, a mi vida normal. Pero la dolencia renació y estaba prácticamente baldado. Como no quería repetir la experiencia de los medicamentos tan fuertes que tuve que tomar la primera vez, ni tampoco la de la intervención quirúrgica, a pesar de lo positiva que esta resultó, me puse en manos de una terapeuta rusa que anunciaba tratamientos de acupuntura china.

 

En la primera sesión que tuve con ella hizo el diagnóstico de mi dolencia y me dijo que en unas quince o dieciséis sesiones me aliviaría. Cada sesión duraba una hora o algo más. A lo largo de ella, actuaba sobre el ciático mediante técnicas de dígitopuntura. Pacientemente lo iba desengarrotando hasta que por fin logró volverlo a su estado normal, de acuerdo con el término que había señalado.

 

Mientras hacía su trabajo, conversábamos animadamente. Era una mujer mayor con mucho recorrido e innumerables experiencias para contar. Como conocía más de medio mundo, alguna vez le pregunté por el país que más le gustaba. Me devolvió la pregunta:"¿Para visitar o para vivir?". Le dije que lo segundo. Entonces, sin vacilar, me dijo:"Este país, el de ustedes". Elogió el clima, la gente, las comodidades, pero destacó una nota que aquí quiero también subrayar:

 

“Ustedes son libres. Imagínese que tengo parientes en Estados Unidos y allá no hay libertades. Compraron un auto y al otro día los funcionarios de impuestos empezaron a averiguar de dónde habían sacado el dinero para comprarlo”.

 

Tiempo después, recibí en mi oficina de abogado la visita de un ingeniero que trabajaba con una empresa alemana. Quería hacerme alguna consulta profesional y al comenzar mi conversación con él noté que hablaba perfecto castellano. Le pregunté por su origen y me dijo que era cubano. Le dije que si había salido desde niño de Cuba y replicó que no, pues allá se crió y se educó, para después proseguir sus estudios de Ingeniería en la Unión Soviética y Alemania Oriental. Le tocó la caída del comunismo y decidió quedarse en Alemania, pues en Cuba no tenía futuro profesional. Según él, en su país los profesionales terminaban manejando taxis o vendiendo legumbres. Añadió algunos comentarios sobre el régimen, diciéndome que es de carácter militar:"Los altos funcionarios, así vistan de civiles, son militares; militares son, además, los encargados del manejo de las empresas”.

 

“Como usted ha viajado mucho, creo que puede haberse formado ya su concepto sobre Colombia y tener criterios de comparación con lo que se vive en su país”, le dije. Acto seguido, respondió:"Desde luego, el mío vive bajo una dictadura. En cambio, Colombia es el país más democrático del mundo. Es tan democrático, que es un relajo".

 

Mi finado amigo Luciano Londoño me contaba que por su afición a la música caribeña, que combinaba con la de los tangos, se hizo muy amigo de una musicóloga cubana con la que compartía comentarios sobre nuestros países. Ella le hablaba de las penurias que afligían a sus compatriotas. Mi amigo, tal vez para consolarla, le hacía ver la pobreza de nuestros barrios periféricos. Le tapó la boca esta tajante observación de su interlocutora:"Es cierto, acá también se vive en medio de muchas dificultades, pero con la diferencia de que ustedes tienen esperanza".

 

En 1987, cuando por obra de “una escasez que hubimos” fui a parar a la Corte Suprema de Justicia, tuve oportunidad de asistir con varios de mis colegas de magistratura a la celebración de los 75 años del Tribunal Superior de Pamplona. Uno de sus integrantes  que nos sirvió de amable guía me llevó con dos de mis compañeros de Sala a Cúcuta y luego a la vecina San Cristóbal, en donde enriquecí mi colección gardeliana con un álbum doble que contenía 50 grabaciones de antología. El álbum valía por una sola pieza: la zamba “Por el camino”, que nunca antes había salido al mercado. No sonaba bien, pero al menos era audible. Tiempo después, el embajador venezolano Juan Moreno Gómez, conocedor como pocos de todo lo atinente al “Zorzal Criollo”, me contó la historia de esa grabación que había quedado inédita porque, después de oírla, Gardel dijo:"Esta no va; es mucho mejor la versión de Corsini”. Estaba en lo cierto.

 

Pues bien, al recorrer las calles de San Cristóbal me llamó la atención que en cada esquina había placas con textos de Bolívar. Nuestro cicerone me advirtió que al pasar frente a cada una de esas placas me descubriera la cabeza, para evitar así problemas con la policía.¡Algo impensable en Colombia!

 

Nuestra libertad y nuestra democracia son evidentemente imperfectas. Y, por supuesto, no nos faltan los abusos policivos. Pero, si nos comparamos con muchos de nuestros vecinos, bien podremos afirmar con Don Marco Fidel Suárez que “Colombia es tierra estéril para las dictaduras”.

 

Esa tradición libertaria está a punto de romperse con las claudicaciones de Santos frente al narcoterrorismo de las Farc, a las que ya ha equiparado con la institucionalidad legítima de nuestro país.

 

Esa equiparación es de por sí inconcebible si se considera la naturaleza criminal de esa organización. Peor todavía: no solo sus actividades y procedimientos son detestables; también lo es la ideología totalitaria y liberticida que la anima.

 

Conviene volver sobre ello. Las Farc no han dado muestra alguna de querer adaptar sus métodos y sus fines a nuestra institucionalidad democrática y liberal. Por el contrario, pretenden que sea esta la que se acomode a su propósito final de conquista del poder para instaurar entre nosotros un régimen de inspiración castro-chavista. Para ello, aspiran a unos acuerdos que les garanticen el control de buena parte de la Colombia rural, desde donde estarían en capacidad de tomarse por asalto el resto, la Colombia urbana. Su idea no es competir dentro de unas reglas de juego limpio con los demás proyectos políticos, sino imponer los suyos con la arbitrariedad de que han hecho gala a lo largo de más de medio siglo de depredaciones.

 

Uno quisiera ser optimista sobre los resultados de los diálogos de La Habana. Pero, como decía Lenin, uno de los más conspicuos ideólogos de las Farc, “los hechos son tozudos”. Lo que Santos ha entregado es ya irreversible. Las Farc, en cambio, nada significativo han cedido, partiendo de la base de que se niegan a admitir verdades de a puño y  a reconocer a sus víctimas.

 

Es probable, como lo dicen en “La Hora de la Verdad”, que el gravísimo episodio del secuestro del general Alzate culmine en otro rotundo triunfo estratégico suyo, lo del cese bilateral del fuego que amarraría a la fuerza pública a la hora de proteger a las comunidades.

 

No soplan buenos vientos en la Colombia de hoy.

lunes, 27 de octubre de 2014

¿Quo Vadis, Colombia?

Recuerdo que hace algo así como un cuarto de siglo, Alfonso López Michelsen dijo en una conferencia en el Club Unión de Medellín que la guerras se pueden perder en las mesas de negociación.

Hablaba específicamente del conflicto colombiano, con el propósito de advertir sobre las implicaciones que podrían acarrear los diálogos con los alzados en armas en nuestro país.

Es lo que estamos presenciando en estos momentos en La Habana con las sucesivas claudicaciones que viene exhibiendo el gobierno frente a las pretensiones de las Farc.

Hasta la semana pasada, el Centro Democrático llevaba contabilizadas 68 concesiones desmedidas hechas a ese colectivo narcoterrorista. Y a medida que se vaya acercando el plazo angustioso que al parecer se ha fijado el gobierno para firmar un acuerdo que pueda someterse a la aprobación de la ciudadanía, sus reculadas serán cada vez más visibles y preocupantes.

No hay que ser zahoríes para adivinar que ese plazo se relaciona con las elecciones de octubre del año entrante, dado que la Corte Constitucional acaba de avalar la exequibilidad de la disposición que permite que de modo simultáneo el electorado concurra a ejercer del derecho al sufragio y a decidir sobre acuerdos suscritos con la insurgencia en virtud de negociaciones de paz.

Los últimos acontecimientos demuestran que el gobierno ha resuelto, como se dice coloquialmente, activar el acelerador de los diálogos. Y como es él quien tiene prisa, está a merced de su contraparte, que es hueso bien duro de roer, tal como lo acredita este documento que acabo de recibir por el correo electrónico: http://colombiasoberanalavozdelosoprimidos.blogspot.com/2014/10/cdte-pastor-alape-presenta-comando.html

Así las cosas, en el próximo certamen electoral la ciudadanía tendrá que votar por candidatos a asambleas, gobernaciones, concejos, alcaldías y juntas locales, al tiempo que le corresponderá pronunciarse sobre lo que el gobierno le presente a título de acuerdo convenido con las Farc y, de pronto, con el Eln.

Dejemos de lado el espinoso asunto del modus operandi de la aprobación de ese acuerdo desde el punto de vista jurídico-constitucional, para concentrarnos en sus aspectos políticos.

Lo primero que salta a la vista es la interferencia del tema de los acuerdos con el del voto por los candidatos. Parece lógico pensar que las campañas de estos se centrarán en la discusión sobre los acuerdos para recomendar que se vote en favor o en contra de ellos. En consecuencia, los temas regionales y locales pasarán a segundo plano, que es justamente lo que no quería el constituyente de 1991 que ocurriera.

En segundo término, tanto el gobierno como las guerrillas presionarán al electorado para que vote en favor de los acuerdos y de los candidatos que los apoyen. Se reproducirá, entonces, el esquema perverso de las elecciones de este año, con un gobierno que muestra una total carencia de escrúpulos para poner a sus servicio las maquinarias políticas, y una subversión fortalecida con la presencia territorial que ha venido ganando gracias al abandono de la seguridad democrática y que tampoco tiene escrúpulos a la hora de intimidar a las comunidades.

Dentro de un año estaremos en presencia de uno de estos tres escenarios, a saber:

-El gobierno y los subversivos logran un apoyo contundente a los acuerdos que sometan al escrutinio del electorado.

-La ciudadanía se divide tajantemente, de suerte que el voto en favor o en contra ´no sea políticamente decisivo.

-La población rechaza por amplia mayoría los acuerdos.

Lo que hoy dicen las encuestas es que la mayoría de la gente aprueba que se dialogue con los guerrilleros para ponerle fin al conflicto, pero esa misma mayoría está en desacuerdo con que se les otorgue algo que equivalga a la impunidad por las atrocidades que han cometido ni que se les permita a los cabecillas aspirar a cargos de elección popular. Por consiguiente, parece que en la largada el gobierno y la subversión van de perdedores, pues les tocará vencer el escepticismo dominante en la opinión acerca de las concesiones a que aspira la segunda y, sobre  todo, la falta de confianza que la misma inspira. La gente no cree que se llegue a algún acuerdo; lo que es peor, no confía en que los guerrilleros cumplan lo que eventualmente llegue a convenirse.

Ninguno de esos escenarios es halagüeño.

El primero crearía en Colombia una situación prerrevolucionaria. Estimuladas por una amplia votación en favor de los acuerdos, las guerrillas pondrían en marcha todos los dispositivos que han venido preparando a lo largo de años para la toma del poder. Ya no habría fuerzas armadas dispuestas a enfrentarlas y los poderosos que han apoyado a Santos se irían en masa para el exterior. Comenzaría el gran éxodo de los colombianos y toda la institucionalidad colapsaría.

El segundo traería consigo probablemente la guerra civil.

El tercero no solo representaría una gran frustración, sino el regreso a la situación del año 2002, con unos guerrilleros fortalecidos militarmente, pero debilitados en lo político y dispuestos a incrementar sus depredaciones.

Quisiera estar equivocado en el diagnóstico, pero el examen de las tendencias que se ponen de manifiesto en los hechos no invita al optimismo. Ya lo he dicho: este proceso no conduce a que las Farc y el Eln se conviertan a la socialdemocracia, como sucedió con el M-19 y ha ocurrido en otras latitudes, sino a que perseveren en la línea dura del marxismo-leninismo, con el apoyo de la izquierda que reina en Unasur.

Que Dios nos tenga de su mano.

sábado, 4 de octubre de 2014

¿Soy capaz de creer en las Farc?

 

Por iniciativa de la Andi, según se dice, se ha lanzado una costosa campaña publicitaria tendiente a promover en los colombianos actitudes favorables a los diálogos que en La Habana llevan a cabo representantes del gobierno y de las Farc.

 

No obstante este masivo despliegue publicitario, nuestra opinión pública, tal como se refleja en las encuestas, sigue siendo pesimista acerca de los resultados probables de este proceso. No cree en la buena voluntad de las Farc y la mayoría de los encuestados desaprueba el modo como lo ha venido gestionando el gobierno.

 

El escepticismo en torno de sus resultados es comprensible, pues las Farc no han dado muestras sinceras del ánimo de reconciliarse con el país y el gobierno parece no saber hacia dónde va por este camino. Muchos lo ven como un barco que navega al garete, sin otro rumbo que el que le tracen las olas y el viento.

 

Es comprensible que los empresarios se presten a ayudarle al gobierno en lo que es sin lugar a dudas su programa bandera. A ellos no les interesa que el día de mañana se diga que la anhelada paz se frustró por su egoísmo o su falta de compromiso. Además, el peso del gobierno sobre el empresariado es enorme y a ninguno le conviene que lo señalen como opositor, máxime si estamos en presencia de un mandatario que no se para en pelillos a la hora de perseguir a quienes disientan de sus políticas.

 

Dice la historia que el gremio empresarial más importante del país, la Asociación Nacional de Industriales(ANDI), se creó en 1944 por iniciativa del entonces presidente López Pumarejo, que consideraba con sobra de razones que para atender las peticiones de la industria, que a la sazón sufría las dificultades propias de la guerra mundial, era necesario establecer canales institucionales adecuados.

 

La ANDI y, en general las agremiaciones empresariales, justifican su existencia porque llevan la vocería de sus afiliados poniendo de manifiesto sus necesidades y sus propuestas no solo acerca de sus requerimientos, sino del bien común. No son, en principio, instrumentos de oposición política, aunque en muchos casos les toque enfrentar a los gobiernos porque consideran sus políticas lesivas para los intereses legítimos que representan o para el conglomerado social. Pero tampoco son instrumentos de las políticas gubernamentales, así les corresponda de acuerdo con las circunstancias prestar sus concurso para el buen suceso de las mismas.

 

Es evidente que el tema de los diálogos con las Farc es asunto que interesa a todo el país, por lo que los gremios empresariales deben ser proactivos en su desarrollo. Pero su colaboración no implica que pierdan la independencia para señalar los puntos débiles de esta empresa política. Sobre ellos pesan severas responsabilidades históricas, no solo respecto de sus afiliados, sino del país entero. Y si  bien deben cuidarse de que en el futuro los señalen como culpables del fracaso de las negociaciones, igualmente deben pensar en la posibilidad de que se les impute el cargo de haber facilitado por activa o por pasiva la adopción de unos malos acuerdos.

 

Lo que está en juego en Colombia hoy por hoy es de veras crucial para su porvenir y exige de parte de sus dirigentes las mayores dosis posibles de talento político.

 

Clemenceau afirmaba que la guerra es asunto demasiado complejo para dejarlo exclusivamente en manos de los militares. Conviene parafrasear ahora estas palabras para  decir que, en las condiciones en que estamos, la paz es asunto demasiado complejo para dejarlo exclusivamente en manos de los políticos, sobre todo si se trata de personajes tan sinuosos como Santos.

 

No es la primera vez, desde luego, que Colombia se ve envuelta en una terrible encrucijada. A lo largo de su historia le ha correspondido afrontar graves crisis políticas que han puesto en vilo su institucionalidad, y las ha resuelto de distintas maneras, no siempre con buena fortuna. Pero la situación creada con las organizaciones guerrilleras de las Farc y el Eln no se compara con ninguna de las que en otros momentos hemos padecido, ni siquiera con la que dio lugar a la desmovilización del M-19 y otros movimientos subversivos hace cosa de un cuarto

 

Es notorio que Colombia padece una situación anómala por la presencia a lo largo y ancho de su territorio de grupos subversivos viejos de más de medio siglo  que no han sido derrotados militarmente, pero tampoco han logrado el anclaje territorial que se requiere para considerarlos como beligerantes de acuerdo con la normatividad internacional.

 

No se discute, pues, que constituyen un gravísimo desafío para el orden público interno, ni que esa perturbación desborda las posibilidades de las atribuciones ordinarias de las autoridades de policía, motivo por el cual la misma ha tenido que manejarse por las fuerzas militares dentro de su función de defensa del orden constitucional. Por consiguiente, está fuera de discusión que la vía más indicada para buscar la normalidad es el diálogo.

 

Suele decirse que cuando fracasan las palabras, esto es, la fuerza de los argumentos, se hace inevitable acudir a la fuerza de las armas. Pero también es cierto que cuando fracasa esta última, se hace inevitable, por mera cuestión de supervivencia, volver al diálogo.

 

Este cuenta con ventajas que le son inherentes. Pero al mismo tiempo genera riesgos que deben precaverse, como los de malas negociaciones que no deriven en la anhelada paz, sino en  situaciones anómalas capaces de producir nuevas y más graves alteraciones del orden.

 

En aras del diálogo, el gobierno ha superado una discusión que no deja de ser importante. Se trata de definir si lo que padecemos es un conflicto interno con visos de guerra civil o, como muchos lo creemos, una agresión narcoterrorista contra nuestra institucionalidad. Es más, y desde luego algo peor: el gobierno ha decidido renunciar a presentarse en la mesa de diálogos  como titular legítimo de la representación del pueblo colombiano, para autoseñalarse como parte de un conflicto interno en el que sus contendores son los grupos subversivos. Por eso se dice en el pacto que dio origen a los diálogos  que estos se dan entre “Altas partes contratantes”.

 

En la mesa de diálogo actúan unos negociadores del gobierno que dice representar al pueblo colombiano, tal como lo postula nuestra Constitución Política. Pero, ¿a quiénes representan los negociadores de las Farc?

 

Como se dice en ciertos programas de televisión, he ahí la pregunta del millón. Ellos se autoadjudican la auténtica representación del sufrido pueblo colombiano. Pero resulta que en las elecciones los apoyos que reciben los candidatos que tienen alguna afinidad con los grupos guerrilleros son claramente minoritarios. Y en las encuestas de opinión su imagen desfavorable siempre sobrepasa el 90%. Siendo realistas, hay que admitir que se representan a sí mismos y que su fuerza es la de los contingentes armados que mantienen gracias a las enormes ganancias que les reportan sus actividades ilegales, sobre todo el narcotráfico, la minería informal, las extorsiones y los secuestros. Pero quizás representen a alguien más que actúa en la sombra, tal como lo insinúa Plinio Apuleyo Mendoza en un artículo que publicó hace poco en “El Tiempo”.

 

La fuertemente politizada jurisprudencia colombiana ha dictaminado que, en todo caso, la actividad subversiva, no obstante sus entronques con una muy funesta delincuencia que ya no puede decirse que sea común, merece trato de favor por sus objetivos políticos.

 

Acá se presentan, por supuesto, varios temas de discusión, como el de si frente a un régimen democrático, todo lo imperfecto que sea, cabe darle al delito político un manejo menos severo que el que se reserva para el delito común, o el de si, de hecho, tanto las Farc como el Eln han dejado de ser meros grupos subversivos animados por propósitos de reivindicaciones sociales, para convertirse en peligrosísimas organizaciones narcoterroristas estrechamente ligadas con la delincuencia internacional, según lo observó John Marulanda esta semana en un escrito para “El Colombiano”.

 

Hay muchos indicios de que el gobierno también está cediendo en estos puntos decisivos. No solo insiste en el reconocimiento político de las Farc, lo mismo que del Eln, sino que parece transitar por la vía de admitir que el narcotráfico y otras graves actividades ilegales  guardan conexidad con la empresa subversiva y admiten por consiguiente el régimen favorable de los delitos políticos.

 

Pero lo que es más preocupante, el gobierno da a entender que esas actividades constituyen tan solo efectos colaterales de la acción política, llamados a desaparecer o por lo menos a atenuarse por obra de los acuerdos de paz. La idea que fluye de los documentos parciales que publicó hace unos días es muy simple, diríase que candorosa: por obra y gracia de lo que se convenga, las Farc se convertirán en aliadas suyas en la solución de los problemas que suscita el narcotráfico.

 

Es evidente que al tenor de los textos acordados parcialmente con las Farc, estas no han aceptado plegarse a la institucionalidad colombiana. Exigen todo lo contrario: que la misma se pliegue a sus aspiraciones de corto, mediano y largo plazo, que no son otras que poner en marcha una empresa totalitaria y, por ende liberticida, que culmine tarde o temprano en la instauración de un régimen comunista en Colombia. Sus voceros no han renunciado a su ideología revolucionaria y todos los pasos que dan se inscriben dentro de las consignas leninistas según las cuales es bueno todo lo que contribuya al triunfo de la revolución.

 

Para emplear un lenguaje grato a los pastores de nuestra jerarquía católica, que suelen ver en los guerrilleros unas ovejas descarriadas a las que desde todo punto de vista convendría reintegrar al redil, digo que más parece que los dirigentes de las Farc son lobos feroces que ni siquiera disimulan vistiéndose de ovejas. Viendo todo esto, llega a la mente la sarcástica referencia que hizo Churchill  acerca de su rival, Attlee:"Es una oveja con piel de oveja". Sin ánimo de ofender, creo que de los promotores de “Soy Capaz” cabe afirmar lo propio.

 

Muchos analistas han señalado que los textos que dio a conocer el gobierno están llenos de lugares comunes y palabras grandilocuentes que dicen mucho y no dicen nada. De “babosadas” los calificó mi apreciado amigo Juan David Escobar Valencia en su último artículo para “El Colombiano”, pero con la salvedad que él mismo hizo constar en el sentido de que no son inocuas, sino tan peligrosas como la saliva del dragón de Komodo.

 

En realidad, son textos sibilinos que después servirán para extraer de ellos consecuencias desastrosas. Hay que leerlos, pues, entre líneas.

 

Y lo que yo leo con mi poder de doble visión es que hay de parte del gobierno, como lo ha dicho en otras oportunidades José Félix Lafaurie, la intención de entregarle la suerte del agro colombiano a las Farc. La idea es también  muy simple: es lo que ellas quieren y ya están ahí. Que se queden entonces con las zonas de reserva campesina, las circunscripciones agrarias especiales, la bolsa de tierras y la gestión de programas que les permitan presentarse como redentoras del campesinado colombiano. El país urbano quedaría, en cambio, en manos de lo que suele llamarse impropiamente el “Establecimento”.

 

Esto es muchísimo más que lo que pedía el tristemente célebre “Tirofijo”, quien demandaba la partición de Colombia para entregarles a las Farc el control del suroriente. Lo que Santos les ofrece ahora es toda la Colombia rural. Y por eso, como lo ha señalado el hoy senador Uribe Vélez, en esos textos nada se dice sobre la garantía de la propiedad privada en el campo, ni sobre la empresa agropecuaria, ni sobre los planes de desarrollo basados en grandes inversiones de capital, y sí mucho sobre la expropiación y la extinción del dominio de grandes extensiones que se consideran inadecuadamente explotadas

 

Pero tras la Colombia rural vendrá el resto. Apertrechadas en el campo, protegidas por autodefensas que conservarían su poderoso arsenal , blindadas para ejercer su dictadura sobre el campesinado, los núcleos urbanos caerán a sus pies como fruta madura. Ya estaban a punto de lograrlo cuando bajo el gobierno de Andrés Pastrana los mandos militares le hicieron saber que no estaban en capacidad de proteger unas ciudades que se encontraban cercadas por los grupos guerrilleros. Ahora, como se dice en la jerga de los billaristas, todo les quedaría “bola a bola”.

 

Habida consideración de que con las Farc, dados sus condicionamientos ideológicos, sería imposible llega a acuerdos sobre lo fundamental, que son indispensables para la supervivencia de un régimen democrático, lo que presiento es que el gobierno pretende convenir con ellas un régimen mixto que les permitiría insertarse como un Estado dentro del Estado colombiano. Y, como lo demuestra de modo fehaciente la historia, esos regímenes mixtos no solo están condenados a la transitoriedad, sino a que los conflictos que mediante ellos se trata de superar se mantengan y se agraven.

 

Se cuenta en la biografía de Raymond Aron que cuando Giscard d’Estaign ganó la presidencia francesa, uno de sus primeros anuncios fue la apertura política frente a la URSS, una “östpolitik” al estilo de la de Willy Brandt. Aron le dijo entonces a su hija:"Ese joven ignora que la historia es trágica”. Igual le ocurre a Santos, que ya no es joven, pero gusta de actuar como un mozalbete.

 

El actual momento de Colombia, en efecto, es trágico en el sentido más riguroso de la palabra. Y de la inteligencia, la capacidad de previsión y la entereza de sus dirigentes depende en muy buena medida su destino.

 

Sería imperdonable que, por no desairar al gobierno que presiona para que lo apoyen, terminaran condenando al campesinado colombiano a la infausta suerte de los cubanos y los venezolanaos. Más imperdonable sería que esa suerte fatídica nos fuese deparada a todos los colombianos porque nuestros empresarios se negaron a ver lo que a todas luces se veía venir.