viernes, 12 de agosto de 2011

Lo que está en juego

Comienzo por ofrecerle mis disculpas a David Roll por la mención equivocada que hice de él en mi último escrito como asesor del evento sobre la justicia que provocó la renuncia de la ex-decana de Derecho de la UPB, y como encarnizado enemigo de la Iglesia. En una comunicación muy amable aclara que no participó en ese programa y que en el Teatro Heredia de Cartagena fue el único que alzó su voz para rebatir a Fernando Vallejo cuando arrojó una de sus habituales diatribas contra aquélla.

Agradezco también los amables comentarios que sobre dicho escrito hicieron varios de mis amigos y discípulos. No responderé, en cambio, a los que me afrentaron. En primer lugar, porque creo que esas discusiones son inanes. En segundo lugar, porque varios de quienes lo hicieron se resguardaron en el anonimato, lo cual pone de manifiesto el deplorable déficit moral que padecen.

Los episodios recientes en la UPB dejan lecciones que conviene no dejar de lado, pues ilustran a los responsables de la institución acerca de la necesidad de velar por que quienes sean llamados a ocupar posiciones de dirección estén identificados con sus propósitos.

Acá sí que reviste actualidad lo que dijo alguna vez Miguel Antonio Caro acerca de que no se pueden celebrar concilios católicos con cardenales protestantes.

La Iglesia tiene que cobrar conciencia clara de los tiempos que corren, en los que los vientos le son del todo desfavorables.

Leí hace poco un escrito muy preocupante que señala cuatro focos de persecución, abierta o velada, contra los cristianos y los católicos en particular: a) la de los musulmanes, b) la de hinduístas y budistas; c) la de los comunistas, y d) la del secularismo occidental.

Las tres primeras se manifiestan en hostigamientos, discriminación y violencia física contra los fieles y los objetos sagrados. Se dice que cada cuatro minutos muere un cristiano a causa de la persecución.

Pero la más insidiosa y dañina es la persecución de los secularistas. Por eso en una publicación británica se repite hasta el cansancio que el secularismo es más peligroso  para el Cristianismo que el Islam. En efecto, la descristianización de Europa, promovida por los fundamentalistas del laicismo, la priva del más vigoroso baluarte con que podría contar frente a la penetración islámica.

Aunque nuestra cultura popular está fuertemente impregnada de Catolicismo, a lo que se suman las diversas corrientes cristianas que ofrecen otras alternativas religiosas a las comunidades,  hay una minoría, que se considera a sí misma como ilustrada y dueña del pensamiento racional, que propugna el menosprecio y hasta la erradicación en la vida pública de todo lo que tenga que ver con el Cristianismo.

Se invoca para ello el carácter laico y pluralista del Estado Social de Derecho que proclama la Constitución Política.

Según la interpretación dominante en círculos académicos, profesionales, mediáticos, políticos, judiciales y gubernamentales, entre otros, la normatividad constitucional que se adoptó en 1991 no sólo pone en pie de igualdad a todas las concepciones religiosas o irreligiosas, sino que las relega a ámbitos exclusivamente privados.

Una de las consecuencias que se extraen de ello se traduce en que en la esfera de la discusión pública son del todo irrelevantes los argumentos religiosos, pues se los considera, de entrada, irracionales y no aptos, por la tanto, para procurar los consensos que se dice que deben presidir la formulación de la normatividad jurídica y la adopción de las políticas públicas.

No sólo se cierran los oídos a la voz de las instituciones y los grupos religiosos, sino que se la quiere embozalar y acallar.

Así, cuando la Iglesia y las comunidades cristianas se oponen al aborto, los matrimonios homosexuales, la adopción por parejas de ese tipo, la eutanasia, la pésima educación sexual que se imparte en las escuelas, y otras medidas que en el fondo podrían ser destructoras de la civilización, esa minoría que controla las riendas del poder en todas las esferas vocifera al unísono que se callen, pues sus llamados son impertinentes y no ameritan escucharse.

El asunto va más allá. A algunos Torquemadas de nuevo cuño se les ha ocurrido que las universidades que reivindican su carácter católico no son tales, sino meras casas de estudio, y hasta las amenazan con el Ministerio de Educación y el ICFES, en los que al parecer tienen influencia, con miras a imponerles los contenidos que creen acordes con el tan trajinado Estado Social de Derecho. No faltan, además, los que recomiendan que se las excluya de la comunidad académica.

Adiós, pues, a la autonomía universitaria y la libertad de enseñanza, dado que una y otra, a su juicio, tienen que amoldarse al secularismo y el pluralismo que consagra la Constitución, pero en los términos concebidos por ellos.

En un escrito luminoso, “Premisas claras para una discusión sobre la crisis en la UPB”, el profesor Javier Tamayo Jaramillo ha llamado la atención sobre uno de los aspectos básicos del conflicto que se presentó con la Sra. Gómez, atinente a su empeño de implantar en la formación jurídica  a como diese lugar una concepción radical del llamado Nuevo Derecho, que a juicio del eminente tratadista conduciría a no dudarlo al totalitarismo judicial.

Tamayo no enfoca la cuestión, como lo he hecho yo, desde la óptica de los principios y valores que han informado la vida de la UPB. Prefiere observarla desde otra perspectiva que no resulta incompatible con la primera y hasta la complementa o refuerza, dado que el Nuevo Derecho se funda en una ideología harto discutible sobre la que amerita que se abra el debate y que mal puede imponerse como lo pretenden sus propulsores.

Ese Nuevo Derecho es una de las manifestaciones de un movimiento de más amplio espectro, el Nuevo Orden Mundial (NOM) o, en inglés, New World Order (NWO), que no es otra cosa que el New Order of Barbarians que se anuncia en el documento cuyo enlace incluí en mi artículo Ideologías en acción con una recomendación muy especial para que mis lectores lo abrieran.

Lo que hizo el Rector de la UPB fue, como lo da a entender el profesor Julio Enrique González Villa en su blog Sed Lex, una medida profiláctica contra los infiltrados y entrometidos que, digo yo, quisieron tomarse subrepticiamente su Facultad de Derecho para ponerla al servicio de una ideología radicalmente anticatólica, invocando para ellos la libertad de cátedra y negándola a los que consideraban anquilosados por hablarles todavía a los alumnos de la tradición de la Ley Natural y los Derechos Naturales o, al menos, de la necesidad de autocontrol de las autoridades judiciales.

Concluyo con una pregunta que formulo de modo recurrente:

Si las creencias religiosas no pueden tener peso alguno en la discusión pública,¿por qué sí se pueden imponer en dicho ámbito los contenidos ideológicos?¿Qué diferencia a la ideología de la religión?¿Son más racionales las ideologías?

3 comentarios:

  1. Como siempre, luminoso, esclarecedor y profundo su escrito!. Gracias Profesor!.
    Juan Guillermo de la Cuesta M.

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  2. Don Jesús:

    No se si seré un "laicista radical" por pedir que curas que no pueden casarse ni tener familia, dejen de indicarme cómo debo conducir mi matrimonio, mi sexualidad o la forma de vivir la intimidad con mi pareja.

    Si pido que curas que predican moral desde los púlpitos, consientan -iba a decir "alcahueteen"- de forma criminal terribles violaciones a chicos pequeños por parte de colegas del clero.

    Si pido que la iglesia Católica deje de decirle a las autoridades civiles qué deben y qué no hacer. Y que las amenacen con el infierno si no obedecen.

    Bendigo el día en que los Gobiernos civiles dejaron de obedecer a la Iglesia oscurantista, dominadora y enemiga de la Ilustración.

    Bendigo el día en que la educacióm dejó las tinieblas medievales, que en Colombia padecimos hasta hace muy pocos años.

    Depronto soy un laico radical por pedir que las creencias cristianas, respetabilísimas, dejen de ser proselitismo y se conviertan en una íntima vivencia espiritual individual.

    Cordial saludo,

    Vicente Holgado W.

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