sábado, 26 de marzo de 2011
jueves, 17 de marzo de 2011
Espiritualidad, religiosidad y moralidad (IX)
Una de las empresas intelectuales de Nietzsche consistió en dilucidar la genealogía de las ideas metafísicas y morales de nuestra civilización, tarea en que lo han sucedido los pensadores existencialistas y postmodernistas de los tiempos recientes.
Estos últimos hablan de que su método es deconstructivo, lo que en principio significa que hay que examinar una a una esas ideas para indagar lo que está presupuesto o implícito en ellas y dilucidar tanto su origen como su evolución.
De esa manera, a través de la famosa hermenéutica, se complementa el trabajo de los filósofos analíticos, que frente a cualquier concepto arrojan de entrada la pregunta acerca de lo que se quiere decir con ello y cuál es su correspondencia con la realidad.
Aunque se trata de dos corrientes a menudo antagónicas y posiblemente inconciliables entre sí, pues la primera es culturalista y la segunda cientificista-naturalista, ambas tienen en común el propósito de demoler el edificio conceptual que albergó a nuestra civilización a lo largo de siglos.
En el pensamiento alemán de fines del siglo XIX y las primeras décadas del XX, bajo la influencia de Kant y de Hegel, y tal vez por obra de Dilthey, se planteó la tesis de que cada civilización se estructura y funciona de acuerdo con cierta Concepción del Mundo cuyos ingredientes son metafísicos, religiosos e incluso mitológicos. Se trata de conjuntos de ideas abstractas cuyo contacto con la realidad cotidiana y palpable es bastante laxo, acerca de Dios, el Cosmos, la Naturaleza, el Hombre y, en últimas, el principio y fin de su existencia, es decir, su sentido.
El Cristianismo, apoyado en el Antiguo y el Nuevo Testamento, la filosofía griega y el moralismo romano, recibió la herencia de la tradición judía y de la Civilización Clásica, reelaborándola en en un cuerpo de doctrina que a lo largo de muchos siglos orientó no sólo el pensamiento, el arte, la sensibilidad, sino sobre todo la vida práctica de los pueblos sometidos a su influjo.
De esa manera, las ideas filosóficas, políticas, morales y jurídicas, así como la institucionalidad que ellas animaron, se fueron moldeando en las grandes concepciones cristianas acerca de un Dios eterno, racional, creador, legislador y conservador del universo; del papel privilegiado del ser humano en el orden de la Creación y de su destino espiritual; del fundamento divino de la moralidad, la juridicidad y la organización social; de la ordenación del universo y la vida humana “ad majorem gloriam Dei”, esto es, en función del Supremo Bien; que amó tanto al Mundo, que le entregó su hijo unigénito para redimirlo de sus pecados y que, para no abandonar a su criatura predilecta, se le manifestó por medio de la Revelación.
Desde finales de la Edad Media y por distintas vías, se fue produciendo de modo paulatino el desmonte de esta concepción, primero en el medio filosófico, luego en el político, el científico, el académico, el intelectual, el artístico, el institucional, el jurídico y, por último, pero no del todo ni pacíficamente, en la vida cotidiana de la gente.
Ese desmonte no operó como un ataque frontal, sino a través de distintos sesgos y matices que se fueron introduciendo en la vieja construcción. Incluso, se aprovecharon muchos de sus materiales para los nuevos desarrollos, manteniendo incluso su forma, pero transformando su sentido.
Podría extenderme en muchos detalles de esta fascinante evolución intelectual, a través de los cuáles se logra advertir que no pocas de las ideas de lo que en otros escritos, citando a Tart, vengo llamando el “Credo Occidental”, no podrían haberse desarrollado sin sus bases cristianas, así ahora se quiera prescindir de ellas.
Esos desarrollos han partido frecuentemente de tergiversaciones de las ideas cristianas, de las que se echa mano para extraer conclusiones muy diferentes de las que acogía la tradición.
Por ejemplo, las ideas actualmente en vigencia acerca de un Cosmos ordenado racionalmente, en cuanto a su estructura y su funcionamiento, sometido a leyes más o menos inexorables, que pueden conocerse por medio de la razón e incluso formularse en términos matemáticos, no dejan de hundir sus raíces en una combinación seguramente audaz del pensamiento presocrático y la idea hebraica de un Dios omnipotente que garantiza la unidad racional del conjunto.
Precisamente, el origen del racionalismo moderno ubica en la Razón Divina, tal como se advierte en el pensamiento de Descartes e incluso en el de Newton, para quienes Dios era garante de la certeza de nuestros razonamientos, del funcionamiento ordenado del mundo físico y, por supuesto, del mundo moral.
Hay un proceso intelectual tendiente a separar a Dios de la Razón, de suerte que ésta termina erigiéndose en suprema instancia metafísica, mientras a Aquél se lo desaloja del trono en que la había instaurado el mundo medieval, debidamente ilustrado a través de la grandiosa construcción de Dante.
Dicho proceso corre parejas con otro que suplanta la Voluntad Divina como fuente del ordenamiento moral, jurídico y político de las sociedades, para adjudicar esa voluntad fundante a diversas entelequias, tales como el Monarca, el Pueblo, la Nación, la Clase, la Raza, la Cultura o la que los libertarios contemporáneos pretenden elevar a la cúspide del edificio social: el Individuo adulto dotado de autonomía moral, desligado del orden natural y de las normatividades sociales, dueño absoluto de sus propias valoraciones y apenas constreñido por una racionalidad meramente instrumental o utilitaria.
Ese Individuo que ocupa el lugar que antaño se reservaba al Altísimo es, ni más ni menos, un mito pernicioso como pocos. Pero someterlo a análisis y discusión parece ser hoy tarea propia de quienes tenemos que contentarnos con emitir voces que claman en el desierto.
Se trata de una idea cuya genealogía amerita examinarse cuidadosamente con miras a aplicarle la famosa técnica de la deconstrucción que muestre de dónde viene y los materiales con que se la ha edificado.
Sus exégetas afirman a pie juntillas que es una idea sacrosanta que procede del legado de Kant, el gran filósofo de la moralidad y la dignidad humana al que debemos de rendirle pleitesía.
Pero, ante todo, Kant no es Dios ni su profeta. Fue un pensador eminente como el que más, pero no infalible ni del todo original.
Como dijo de él Nietszche, era un “cristiano avieso” que trató de presentar en términos racionales algunas de las ideas básicas de nuestra religión, pero, como he dicho atrás, sesgándolas y tergiversándolas.
Los grandes temas de la conciencia moral y la libertad interior vienen de muy atrás.
Ya se los encuentra en Sócrates, Platón, Aristóteles y los Estoicos, de donde los tomaron, entre muchos otros, San Agustín y Santo Tomás de Aquino para examinar el encuentro íntimo del alma con Dios, tema específicamente judeocristiano, y la dirección de ella hacia la Beatitud, tema inequívocamente aristotélico.
Para no entrar en muchos detalles, conviene señalar que el concepto tomista de sindéresis apunta hacia la conciencia moral kantiana, y que la idea de Buena Voluntad como base de la acción moral aparece nada menos que en los Evangelios.
Las ideas de libertad moral y responsabilidad por nuestros actos también proceden de reelaboraciones cristianas del acervo hebreo y la tradición clásica, necesarias para justificar la salvación o la condenación de las almas.
¿No están la libertad, la igualdad y la dignidad humanas rotundamente expuestas en los escritos paulinos?
Pero en el Cristianismo todos estos valores están ligados a una idea superior, la de la trascendencia a un nivel espiritual que nos acerque a Dios. La ley moral racional es el puente que el Creador nos tiende para llegar hasta Él, que nos lleve a la plenitud del Ser, otro tema que, de pasada, digo que nos viene de Aristóteles.
Pero como la concepción que Kant ha tomado de Hume acerca de la razón y sus posibilidades, que es la misma que prevalece en el cientificismo contemporáneo, le impide aceptar que a través de ella podamos siquiera rozar los misterios de Dios, el Cosmos, el Alma y la Libertad, los que sus sucesores consideraron como los grandes temas metafísicos, los excluye del ámbito de la razón teórica y los relega a otra menos contundente, bastante habilidosa y hasta aviesa en los términos de Nietszche: la razón práctica.
A los estudiantes ajenos a la disciplina filosófica les cuesta trabajo entender las diferencias entre esas dos racionalidades, sobre todo a raíz de la reelaboración que Kant hizo de esos conceptos que también nos llegan desde Aristóteles.
Una aproximación quizás demasiado simple nos permite afirmar que la primera aborda directamente la inteligibilidad de lo real, mientras que la segunda, al ejercerse sobre fenómenos complejos y aleatorios, procede apenas a través de tanteos y conjeturas, como lo de que, así no podamos conocer racionalmente a Dios, tenemos que obrar como si existiera, a fin de no darles gusto a los malos.
De ese modo, la Lex Naturalis de los Estoicos, que influyó decisivamente en el pensamiento cristiano combinándose con la de Ley Divina, que es nítidamente hebrea, se convierte en los famosos imperativos categóricos a priori y formales sobre los que Kant erige su sistema moral.
A los estudiantes primerizos de Derecho les dan como moneda de curso legal la idea de que esos imperativos valen de suyo; nada tienen que ver con la naturaleza, la acción y los propósitos del ser humano; y son puramente formales, apenas de carácter lógico, pero sin asidero metafísico.
De ese modo, la Revelación íntima que los pensadores cristianos consideraban que se producía en el encuentro del alma con Dios e iluminaba la conciencia para discernir el bien y el mal, se convierte en Kant en un encuentro de la conciencia individual con esos imperativos tan vacuos y privados de sustancia, que resulta imposible saber qué es lo que ordenan en concreto.
De ahí a negar la obligatoriedad de un orden moral superior a la conciencia individual y hacer de ésta el supremo árbitro de sus contenidos, sólo media un paso que poco a poco se fue dando, primero con cierta reserva y después con todo el arrojo.
Para trasegar por esos andurriales se acudió a otros conceptos, también inspirados en Kant, como la idea de que hay un abismo lógico que separa los reinos del Ser y el Deber Ser, la distinción entre la racionalidad meramente formal y la material, así como otras de origen nítidamente luterano: la maldad inherente al mundo que resultó del Pecado original; la desconfianza en los propósitos individuales, todos ellos malvados; la justificación solo por la Fe en el sacrificio redentor del Hijo de Dios; la exclusión de las ideas de fines últimos y logro de la plenitud del ser humano como elementos del orden moral.
Hay otros ingredientes que también debemos de traer a colación en este recuento, tales como la escisión entre el mundo espiritual y el material que ya había planteado Descartes al separar tajantemente la Res Cogitans y la Res Extensa, la cual se reproduce en Kant a partir de la diferencia entre lo nouménico y lo fenoménico; la separación establecida en el escenario humano entre el cuerpo, sometido a la legalidad natural, y la conciencia, constituida en torno de la razón, que recuerda también el paralelismo psicofísico que llevó a Descartes a afirmar que el “el hombre es una máquina movida por un ángel”, de la cual se nutre el materialismo contemporáneo a partir del desalojo del ángel; la transformación del alma cristiana en un Yo meramente pensante y, después, en un Yo trascendental, apenas lógico y carente de todo contenido ontológico, que se constituye y discurre sin conexión con la realidad de la Naturaleza ni, muchísimo menos, con el orden del Ser.
De estas ideas, adobadas con otras de origen hegeliano, surgieron el dogma según el cual “El hombre no es Naturaleza, sino Historia”, así como una serie de discusiones acerca de esta última que han derivado en los existencialismos, los estructuralismos, los postmodernismos o los culturalismos que están de moda, en cuya virtud no hay modelos trascendentes que ordenen o al menos orienten la vida individual ni la configuración de la sociedad.
Hay que considerar, además, unas evoluciones que proceden del racionalismo del siglo XVII y hasta de algo más allá, según las cuales Dios deja de constituir el fundamento de la moral y del derecho; estos dos órdenes se consideran autónomos entre sí; la política se desliga de la moral y hace del derecho su instrumento; que la religiosidad y la moralidad son asuntos exclusivamente privados, partir de lo cual termina imponiéndose el dogma en cuya virtud las nociones religiosas nada tienen que ver con el mundo moral, con la normatividad jurídica y las decisiones políticas, extremo este último bastante risible si se observa que los partidarios de esa exclusión creen, en cambio, en la relevancia de sus propias opciones ideológicas, muchas veces contradictorias, gratuitas y mal fundadas, pero que pretenden arroparse bajo el manto sagrado de la racionalidad.
Para no andar por las ramas, pregunto si los cacareados derechos sexuales y reproductivos, de donde se sigue la banalización del aborto, son meros subproductos ideológicos carentes de nítido fundamento racional, lo mismo que la equiparación de la heterosexualidad y la homosexualidad o la versatilidad de los modelos familiares, que se considera que sólo se basan en la cultura y no en la naturaleza, y así sucesivamente.
El panorama de las ideas contemporáneas ofrece demasiados elementos de confusión y arbitrariedad que hacen pensar en un despliegue de charlatanería que juega con asuntos demasiado importantes para nuestra especie.
Se dirá que nutrirnos de las enseñanzas del pasado para buscar orientación es tarea baldía que nos retrotrae al mundo de la superstición; pero frente a esta glosa cabe aducir que el mejor conocimiento del hombre nos lo suministra la observación de su comportamiento y la ordenación de su vida comunitaria a lo largo de siglos, y que, en el mejor de los casos, las propuestas que ahora se hacen para modificar sustancialmente sus modelos sexuales y familiares se basan en meras hipótesis más o menos aventuradas que todavía no han soportado la prueba de la experiencia.
Es más, no podemos asegurar que el materialismo a ultranza, el racionalismo estrecho y el individualismo hedonista que caracterizan la Concepción del Mundo del “Credo Occidental” que pugna por imponerse por todos los medios, aseguren un mundo mejor.
Esos tres presupuestos deben someterse a severa crítica, la misma que se ha empleado para desmontar o deconstruir el viejo y venerable edificio de la civilización.
domingo, 13 de marzo de 2011
Espiritualidad, religiosidad y moralidad (VIII)
La ideología dominante en la actualidad, lo que Tart llama el “Credo occidental”, contiene elementos materialistas, racionalistas e individualistas.
Una buena muestra es “La Partícula Divina”, libro escrito por el Premio Nobel de Física Leo Lederman en colaboración con Dick Teresi, que vuelve a la vieja tesis atomista de Demócrito, pero adaptándola a la física subatómica. Según su punto de vista, se postula que sólo existen partículas subatómicas y combinaciones de ellas. Dicho de otra manera, todo lo que existe se reduce a combinaciones de dichas partículas.
Pero como estas afirmaciones son tema de un discurso, los filósofos postmodernos las corrigen diciendo que sólo existen cosas materiales y, además, discursos acerca de ellas (Badiou). Esos discursos, según se cree, se articulan conforme a reglas de formación más o menos arbitrarias que carecen de todo vínculo con la realidad y cuyos contenidos son imaginarios.
Lo material y lo imaginario serán, entonces, los dos referentes de nuestro universo mental.
Por supuesto que no todos los científicos y filósofos de la ciencia admiten que ésta consiste en discursos referentes a construcciones imaginarias, pues resulta difícil hablar de que su esfuerzo intelectual no versa sobre lo real, sino apenas sobre imágenes mentales que quizás sólo por coincidencia accidental se fundarían en lo que verdaderamente existe.
Estas ideas, que constituyen moneda corriente en los medios ilustrados o que pasan por tales, difieren muchísimo de las que profesan las grandes multitudes, para las cuales lo real incluye elementos materiales y espirituales, y el trabajo intelectual es una operación del espíritu que procura desentrañar la esencia de la realidad.
No obstante ello, las minorías que se consideran ilustradas imponen, bajo diversos subterfugios, su credo materialista, racionalista e individualista a través de los medios de comunicación, la educación, la legislación, la administración pública, la jurisprudencia y el activismo social, sobre las grandes mayorías que piensan y sienten de otras maneras.
Hay, de ese modo, distintas moralidades: las de las minorías dominantes y las de las mayorías silenciosas.
Es claro que estas discordancias morales no sólo ponen en cuestión la racionalidad de los sistemas que se autodenominan democráticos, sino que generan fisuras que podrían afectar su estabilidad e incluso su supervivencia.
Un libro de mediados del siglo XX que conserva sin embargo actualidad, “Las ideas tienen consecuencias”, de Richard M. Weaver, reeditado en 2008 por Ciudadela en Madrid, trata sobre los efectos que a corto, mediano y largo plazo producen los planteamientos filosóficos que a partir de círculos relativamente estrechos van permeando la cultura hasta que terminan imponiéndose como vigencias sociales, vale decir, como tesis dominantes en las comunidades.
Pues bien, dejando de lado los conflictos que inevitablemente ya se están produciendo por la obstinación de imponer por a o por b el “Credo occidental”, conviene preguntarse acerca de lo que sucedería si las masas terminaran profesándolo.
Si el discurso moral es meramente imaginario, si no hay fundamento alguno racional para obrar en un sentido o en otro, si cada uno es soberano para elegir sus opciones de vida, si no hay verdades morales, ¿cómo hacer que las vidas individuales no se desperdicien y que las colectividades puedan convivir en armonía?
Unos pocos se solazan con el nihilismo, afirmando que en el riesgo están la verdadera libertad y la verdadera dignidad del ser humano. Para ellos, vivir peligrosamente es la consigna, dizque lo que constituye la grandeza humana.
Pero cuando se observa lo que sucede en los suburbios de una ciudad como la nuestra, en los que se vive pensando que “No nacimos para semilla” y, como si se tratase de heideggerianos vulgares, los jóvenes afirman que somos seres para la muerte, resulta difícil sostener que ahí se encuentran ejemplos edificantes de grandeza y dignidad, pues hasta los escritores depravados que hoy están de moda se escandalizan ante los excesos que se presencian en esas comunidades.
Ellos invocan el derecho a la depravación, pero sólo para los de sus círculos y no para la gente del común, pues si así fuera sus costumbres disolutas perderían el encanto de lo prohibido. Intuyen, además, que el desorden sólo parece tolerable en medio del orden, pues si se lo generaliza termina aniquilándose a sí mismo.
Ahora bien, si no hay modelos morales válidos sea porque la revelación divina los impone, ya porque se inspiren en la naturaleza, en las tradiciones culturales o en una racionalidad universal, y si todos los modelos adoptados por las sociedades son imaginarios y arbitrarios, el campo moral quedará librado a toda clase de experimentos, como los que ahora se están promoviendo en materia de matrimonios homosexuales o adopción por parte de parejas de esa índole, así como en los reclamos de derechos fundamentales como los que nuestra Corte Constitucional por vía jurisprudencial ha consagrado acerca del porte de dosis mínimas de sustancias adictivas o la dotación de Viagra para los que deseen tener relaciones sexuales placenteras y no pueden porque la fisiología las impide o dificulta.
Es bien sabido que los modelos y los ejemplos juegan un papel muy significativo en la vida moral. Pero si se llega a la conclusión de que todos ellos son, por así decirlo, convencionales, artificiales o arbitrarios, perderán toda eficacia pedagógica.
Estas creencias acerca de la aleatoriedad de las formas de vida y el valor de igualdad con que se las estima a todas ellas proceden de ciertos planteamientos filosóficos que, en un comienzo, no llegaban hasta ese punto, pero que por obra de la evolución de las ideas, las sensibilidades y los talantes se fueron transformando hasta dar lugar a conclusiones quizás inesperadas e indeseables para quienes en un principio los formularon.
Es asunto cuyo examen dejaré para más adelante.
lunes, 7 de marzo de 2011
Espiritualidad, religiosidad y moralidad (VII)
La gran pregunta de los filósofos acerca de la moralidad toca con los aspectos racionales de la misma.
Según vengo diciendo, cada persona, cada agrupación y cada cultura tienen sus propios códigos morales y a menudo se dan notables divergencias entre ellos, lo que anima a no pocos pensadores a considerar que el mundo moral es decididamente irracional y arbitrario. De ahí, el relativismo moral.
A esta tendencia se suman varias ideas poco sólidas, pero muy difundidas, como la de que la moralidad es en últimas asunto de preferencia personal y que su gran tema es la felicidad.
Se sigue de estas consideraciones que cada individuo es árbitro de su propia concepción de la felicidad y que nadie puede inmiscuirse en lo que pertenece a su fuero íntimo. La autonomía moral, según esto, consiste en que que cada uno adopte sus propios códigos en función de sus proyectos de vida.
¿Puede sustentarse con claridad la idea de que hay una distinción radical entre lo privado y lo público, lo que concierne exclusivamente al individuo y lo que afecta sus relaciones con los demás?
El individualismo de los modernos así lo cree, pero a poco andar resulta fácil advertir que los límites entre esas dos esferas son bastante imprecisos, dado que, por una parte, es inevitable que cada uno de nosotros sufra de distintas maneras la influencia del entorno social y, por la otra, que todo lo que pensamos, sentimos, deseamos, etc. no deja de proyectarse en nuestra vida de relación. En la medida que vivir es necesariamente convivir, resulta inevitable que nuestros proyectos de vida repercutan sobre nuestros semejantes e, incluso,como ya se sabe bien, sobre el medio ambiente.
El individualismo ignora que la moralidad es algo que surge precisamente en la interacción con los demás. Desde el punto de vista histórico, es ante todo un fenómeno social cuyas funciones son fáciles de advertir, pues atañen a la identidad, la cohesión, el equilibrio y la supervivencia misma de las agrupaciones humanas. La etimología avala esta consideración, pues la palabra moral viene del latín moralis, esto es, lo relativo a las costumbres.
Para salvar el dogma individualista según el cual primero están los individuos y después viene lo social como un fenómeno adventicio, se acude a la idea de que las normatividades sólo son vinculantes si cuentan con la adhesión de aquéllos e incluso si se originan en la voluntad de cada uno. Pero la observación de la realidad muestra que las cosas suceden de otras maneras, bastante más complejas por cierto.
El tema de las relaciones entre el individuo y la sociedad es arduo como el que más. No es el caso de abordarlo acá en profundidad, pero no sobra traer a colación en este momento la fina sugerencia que hizo Gurvitch acerca de la necesidad de considerarlo de modo dialéctico, a partir de lo que él llamaba la reciprocidad de perspectivas, mirando las cosas desde el punto de vista de lo comunitario y confrontándolas con el de lo individual, con el propósito de englobar esas perspectivas dentro de síntesis más amplias.
Es, por otra parte, la posición del personalismo, del que poco se habla hoy, pero al que quizás sea necesario volver para orientarnos a cabalidad en la comprensión y la solución de los problemas del presente.
En mi curso de Teoría Constitucional solía llamar la atención de mis alumnos sobre unos conceptos, a mi juicio muy atinados, de Eugenio Trías acerca de la necesidad de recuperar la noción de persona, que no viene de Kant sino de los estoicos, y de vincular la idea de libertad con la de responsabilidad.
El planteamiento de Trías es muy sugestivo: ser libre consiste en tener capacidad de responder de distintas maneras frente a las coyunturas que se nos presentan en la vida. De ahí extraigo la observación de que en esos repertorios de respuestas habrá siempre unas mejores que otras.
En efecto, si cada una de nuestras acciones incide en nuestra esfera íntima, en la vida de los demás y en el medio ambiente, el sentido de responsabilidad indica que debemos ajustarlas no sólo a la satisfacción de nuestras necesidades individuales, sino las del conjunto tanto social como natural. Ser responsable consiste, entonces, en calibrar nuestras acciones, obrando con sentido de justicia y algo que es inseparable de ésta: la prudencia.
En este punto del análisis topamos con Aristóteles. Según sus planteamientos, no podemos actuar de modo moral si desatendemos las consecuencias de nuestras acciones. Pero como nos movemos en un medio complejo, en el que acciones y reacciones no son unidireccionales ni es posible preverlas con certeza, habida consideración de su aleatoriedad, hay inevitablemente unas dosis de pragmatismo que debemos aplicar al momento de decidirnos por alguna de las varias alternativas que se nos ofrecen para hacer frente a las situaciones que se nos presentan.
Es precisamente la virtud de la prudencia la que nos indica cómo obrar en cada circunstancia. Ella nos guiará para sacar el mejor provecho posible de acuerdo con las diferentes coyunturas vitales.
Pero, ¿en qué consiste ese mejor provecho?
La doctrina aristotélica de los bienes, lo que en términos modernos llamamos valores, ofrece criterios que todavía son dignos de consideración para dar respuesta a tan crucial interrogante.
Hay que partir del hecho de que los bienes lo son respecto de la vida humana y por eso los apetece la voluntad, pero no todos son igualmente importantes, ya que hay unas jerarquías que los ordenan. Unos bienes lo son en función de otros y así sucesivamente hasta alcanzar el supremo bien, que no es exactamente la felicidad, sino algo más difícil de definir: la beatitud, la bienaventuranza, la realización plena del potencial humano.
Uno de los grandes debates de la filosofía moral versa sobre la ordenación de los bienes, vale decir, las tablas de valores. Los escépticos se atrincheran en la tesis de que esas escalas axiológicas son todas imaginarias, carentes de conexión alguna con la realidad y, en último término, arbitrarias e irracionales.
Pero hay unos hechos que no pueden menospreciarse, como que quien vive arbitrariamente y en forma desordenada termina dilapidando su existencia, que el que sólo piensa en sí mismo daña su alrededor y hasta su propia interioridad, o que hay bienes aparentes, ilusorios y, a la postre, perjudiciales.
Precisamente, las tradiciones culturales, los consejos y admoniciones de padres y educadores, así como las reglas del buen sentido, orientan acerca de la necesidad de distinguir entre los bienes verdaderos y los falsos, aunque ello no siempre sea fácil de dilucidar. Pero del hecho de que haya situaciones difíciles de comprender y apreciar, no se sigue que sean insolubles y que el entendimiento esté condenado de modo inexorable a fracasar en la búsqueda de las mejores alternativas para hacerles frente.
Los relativistas morales no lo son tanto en lo que a sus propios intereses concierne. Es dudoso que se abstengan de quejarse si alguien les miente, les roba, los deshonra o de algún modo los perjudica en lo que tienen como más preciado o en sus posesiones. Pero como hay casos complejos, entonces salen a decir que nuestra racionalidad es impotente para resolverlos, y de ahí saltan a afirmar que no estamos en capacidad en absoluto para formular enunciados morales válidos. Tal vez, incluso, predican el relativismo para justificar sus propios déficits morales.
Es como si se negase la racionalidad de las matemáticas por cuanto hay paradojas y problemas todavía insolutos, o la de las ciencias de la naturaleza porque las teorías corrientes no alcanzan a dar cuenta de todos los fenómenos que llegan hasta nuestra observación, o la de unas y otras porque hay conceptos y soluciones que nos negamos a entender.
Las normatividades surgen de la vida y en función de ésta. La vida humana es algo real, aunque no del mismo modo que los entes de la naturaleza, por cuanto es constitutivamente libre y transcurre, como digo, en un medio muchísimo más complejo y aleatorio. Pero no es una nada abierta a cualquier determinación, como pensaba Sartre y lo creen sus epígonos postmodernistas. Si ella sigue ciertas orientaciones, podrá alcanzar la plenitud; pero si transcurre por el camino equivocado, encontrará la frustración y ahí sí la aniquilación.
A mis discípulos les decía frecuentemente que cada uno tiene ante sí la opción de la plenitud, que lo puede llevar hasta la altura de un San Francisco de Asís, o la de la negación, que lo puede convertir en un monstruo como los capos de la mafia, del mismo modo que mis bellas discípulas bien podrían seguir el modelo de la Madre Teresa de Calcuta, para acercarse a la perfección, o el de la atroz Rosario Tijeras, para hacerse abominables.
En “Mafia export- Cómo la ‘Ndragheta, la Cosa Nostra y la Camorra han colonizado el mundo”, Francesco Forgione utiliza como epígrafe un texto de “Via Crudes”, de Loriano Macchiavelli, que es bien diciente.
Reza como sigue:
“Yo vengo de una ciudad donde la riqueza es el único objetivo tanto de los ricos como de los pobres, y donde, por ello, los delitos acechan en cada esquina y los misterios están a la orden del día.¿Se puede ser feliz en un lugar así?”
Parece evidente, según ello, que tanto desde el punto de vista individual como el colectivo la obsesión por la riqueza no sólo no colma las aspiraciones humanas, sino que es más bien fuente de desórdenes y calamidades de muchas clases. Y lo mismo puede decirse de otras obsesiones, como la del sexo, la del poder o la de la notoriedad.
El texto de Macchiavelli ilustra sobre otro aspecto de la cuestión, al señalar que una vida digna de vivirse requiere un ambiente adecuado. En consecuencia, del mismo modo que hoy sabemos que se debe cuidar el medio ambiente natural en beneficio de la calidad de vida de las comunidades, se requiere también un medio ambiente idóneo que contribuya a que las condiciones espirituales imperantes en la sociedad sean verdaderamente dignas, es decir, que nos ayuden a ser mejores.
En las instituciones educativas, en las empresas y en los entes públicos se insiste hoy en la promoción de la excelencia. Se premia entonces a los buenos estudiantes, los buenos trabajadores, los buenos funcionarios, etc. Pero suele olvidarse que los seres humanos no sólo somos estudiantes, trabajadores o funcionarios, pues también somos hijos, hermanos, cónyuges, padres, ciudadanos y, ante todo, prójimos. Y si hay criterios para distinguir a los primeros, no se ve por qué debamos de prescindir de buscar los atinentes a la valoración de los segundos.
No obstante ello, cuando pedimos que la preocupación por la excelencia se extienda a otros aspectos de la vida, se nos dice que de ese modo estamos invadiendo la esfera íntima y las libres opciones morales de los demás. Pero, ¿no es condición de la excelencia pública la excelencia privada?¿Son separables la una de la otra?
De hecho, el relativismo moral es insostenible en la teoría y en la práctica si se le asignan alcances absolutos. Lo que lo hace posible en los tiempos que corren es su aplicación a ciertas parcelas de la vida comunitaria, específicamente las que tocan con el ocio, la sexualidad, la familia y la religiosidad, que son campos en los que se cree que no hay lugar para las normatividades o, por lo menos, para que éstas se impongan con rigor.
Habré de ocuparme de estos aspectos en otra oportunidad.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)