viernes, 24 de junio de 2011
viernes, 17 de junio de 2011
Milagros
Una de las cuestiones disputadas entre el Catolicismo y el pensamiento moderno es la de los milagros.
Éstos juegan un papel fundamental en la creencia católica. Los milagros prueban, en efecto, la Divinidad de Cristo, su acción sobre el mundo, la acción intercesora de la Virgen María y de los bienaventurados, y la santidad de la Iglesia, que está por encima de los pecados d sus ministros.
Los críticos del Catolicismo se esmeran, por consiguiente, en demeritar los milagros. Tratan de mostrar que son fruto de la superstición, la ignorancia y la candidez de la gente. Sugieren que los que relata el Evangelio son mitológicos y los que se mencionan hasta en los tiempos que corren son ilusorios,fraudulentos o aparentes.
Éstos últimos podrían explicarse a partir de conceptos e hipótesis de la Ciencia y sólo por ignorancia se considera que pueden ser excepcionales. En último término, se cree que si bien la Ciencia todavía no puede explicarlos, algún día sin duda alguna lo hará.
No obstante, los milagros ahí están para quien quiera verlos, estudiarlos e intentar encontrarles explicación científica.
El registro de hechos milagrosos es apabullante y sólo una mente cerrada hasta el extremo de la ignorancia invencible o la mala fe puede decir que todos ellos son imposturas, alucinaciones o fenómenos que pueden, con alguna dificultad, encasillarse dentro de lo que normalmente sucede.
Esos hechos son de varia índole.
Frecuentemente la idea del milagro viene a la mente cuando se habla de curaciones que no pueden explicarse en términos médicos. Son los milagros que precisamente utiliza la Iglesia en las causas de beatificación y canonización, como sucedió hace poco con la curación de una monja que sufría mal de Parkinson y que se atribuyó al ruego que la misma y sus compañeras le hicieron al hoy beato Juan Pablo II. Son igualmente los milagros que han hecho famoso a Lourdes y otros sitios de peregrinación.
Traigo a colación un comentario que hace Claude Tresmontant en su precioso libro sobre las enseñanzas de Ieschua de Nazareth, en el sentido de que toda su acción milagrosa es regenerativa. El Señor hace ver a un ciego, le devuelve el oído a un sordo, hace que un paralítico camine, pero no hace retoñar una pierna, un brazo o un órgano perdido. Da a entender de ese modo que el milagro se sirve de la naturaleza, pero no la niega. Actúa sobre ella.
Se habla menos de los milagros morales, que no son menos convincentes. Tal es el caso de los que cambian su carácter, sus malos hábitos, sus tendencias destructivas, su vida de pecado, etc., de modo súbito o inesperado, como nos ha sucedido a muchísimos que hemos sido víctimas de adicciones, en mi caso la del alcohol, y nos hemos recuperado de modo que no tenemos otra explicación para ofrecer que por la gracia de Dios.
Los fenómenos de conversión religiosa tienen algo o mucho de milagroso. Como le manifesté hoy en la mañana a un amigo, en realidad la fe es un milagro. Y esos fenómenos son muy variados: la conversión súbita, el proceso lento y meditado de acercamiento al Señor, la vía traumática y atormentada de búsqueda de sentido. Tal es el caso de los esposos Maritain o el de los también esposos Peter y Cristina van der Meer.
De Peter van der Meer estoy leyendo ahora, gracias a un generoso préstamo de mi amigo José Alvear Sanín, “Nostalgia de Dios”, que es una obra verdaderamente conmovedora.
Esfuércense los psicoanalistas, los psicólogos conductistas, los neurocientíficos y demás estudiosos del cerebro, la mente y el comportamiento humano, en explicar en términos de sus respectivas especialidades estos fenómenos y los escucharemos diciendo banalidades o exponiendo teorías traídas de los cabellos en procura de demeritarlos y de retorcerlos para tratar de encasillarlos dentro de sus respectivas categorías.
El descorrimiento del velo que nos permite ver lo que antes no veíamos se resiste a todas sus teorías. Quien lo haya experimentado sabe cuál es su origen, entiende sin mucho razonamiento que es gracia que le viene de lo Alto.
Hay otros milagros que se dan más allá del cuerpo o la mente individuales. Son milagros colectivos, que están a la vista de grupos de personas e incluso de multitudes.
Me refiero, en primer lugar, a los milagros eucarísticos y los de las imágenes que derraman lágrimas e incluso sangre, así como exudan sustancias con fuerte olor a rosas o jazmines.
En “Más allá de la razón”, Ricardo Castañón Gómez Ph.D. se ocupa de ambos tipos de milagros. El Dr. Castañón, que hizo estudios de neuropsicología en Italia y Alemania, se vio forzado a abandonar su materialismo y consiguiente ateísmo cuando, en razón de su especialidad profesional, fue llamado a estudiar el caso de una hostia consagrada que en el análisis de laboratorio mostró trozos de sangre y tejidos humanos.
La historia es fascinante y quien quiera acercarse a ella puede buscar en internet la página del Dr. Castañón.
Yo mismo he presenciado en tres ocasiones cómo de una humilde estatuilla de la Virgen de la Rosa Mística mana un aceite con fragancia de rosas que llena todo el espacio circundante. Aunque no me consta por percepción directa, sé por fotografías y lo que dicen testigos confiables que también llora lágrimas y sangre.
Una hija de mi gran amigo Rafael Uribe Uribe estuvo en Malta y presenció el mismo fenómeno, del cual tomó fotografías que tengo en mi poder gracias a la gentileza de aquél.
¿Por qué sangran las imágenes de la Santísima Virgen?
Una vidente que vive en Cali lo dijo acá hace dos o tres semanas: por el horrendo crimen del aborto.
Hay, en fin, milagros cósmicos, como el del Sol, que se produjo en Fátima el 13 de octubre de 1917, o la aurora que inexplicablemente se presentó en Europa a fines de enero de 1938 y que fue el augurio anunciado por la Santísima Virgen a Lucía sobre la iniciación de la Segunda Guerra Mundial.
Después de haber estudiado el Milagro del Sol, a mí no me queda duda alguna de la manifestación de la Santísima Virgen en Fátima. Mejor dicho, no puedo dudar de la existencia de Dios ni de la Divinidad de Nuestro Señor Jesucristo. Por consiguiente, puedo afirmar que creo en la Iglesia, que es una, santa, católica, apostólica y romana, no porque me lo enseñaron con el Catecismo Astete, sino porque un cúmulo de hechos tozudos me ha llevado a esa convicción.
Hace poco recordé en Twitter un consejo de Renán: para hablar de la religión, primero hay que conocerla. Se los regalo a los escribidores que a troche y moche destilan veneno contra la Iglesia, sobre todo en los medios capitalinos.
jueves, 9 de junio de 2011
Los argumentos en favor del aborto
Mientras que en Estados Unidos el debate sobre el aborto continúa vigente, a pesar del tristemente célebre fallo de 1973 en el asunto Roe vs. Wade, nuestra opinión pública se tragó sin más el enorme y venenoso sapo de la sentencia de la Corte Constitucional que, palabra más palabra menos, siguió los lineamientos de la decisión de la Corte Suprema norteamericana.
La vigorosa actuación de los grupos Pro-Vida en Estados Unidos ha logrado que la opinión mayoritaria antes favorable al aborto esté virando en contra suya. Así lo indican encuestas recientemente publicadas y las iniciativas que se están discutiendo en diferentes legislaturas estaduales con miras a restringir su práctica y someterla a condicionamientos de varia índole.
Los interesados en el tema pueden obtener mayor información en el siguiente sitio: http://www.abort73.com/abortion/
A vuelo de pájaro, pasaré revista a los argumentos que suelen esgrimirse en favor de una práctica que no vacilo en considerar, junto con el inolvidable Raymond Aron, como destructiva de la civilización.
Alguno me tildó casi como un troglodita porque me atreví a escribir hace poco que el aborto es un crimen horrendo. Pues bien, recuerdo a propósito de ello que hace años obtuve el título de “godo honorario” porque, a raíz del primer centenario de la creación del Partido Conservador Colombiano, pregunté por la esencia del conservatismo, respondiendo ipso facto que es nada menos que la defensa de la civilización.
La generalización del aborto no es una conquista de la civilización, como lo pretenden sus defensores, sino un gravísimo retroceso de la misma, no sólo por sus efectos demográficos, que ya se están viendo con alarma, sino porque entraña legitimar un lamentable menosprecio de la vida humana, llevar el individualismo hasta su peor extremo, y, paradójicamente, abrir las puertas a las también peores consecuencias del totalitarismo, tal como se observa hoy en China.
La argumentación abortista se mueve en tres planos, básicamente: a) el derecho de la mujer a decidir libremente sobre su opción de ser madre o no; b) la compasión que debe tenerse hacia la mujer que no desea o no puede continuar un embarazo; c) las consideraciones sociales acerca del aborto como problema de salud pública, como medio de control demográfico y como medida eugenésica.
El argumento más socorrido por las feministas y , en general, los que hoy se llaman liberales, es el primero.
Según dijo el mencionado fallo Roe vs. Wade, la decisión de continuar un embarazo o suspenderlo (eufemismo que se utiliza para referirse a la eliminación del embrión o del feto), es de carácter moral y concierne sólo a la mujer decidir sobre ello en ejercicio de su derecho a la intimidad, de su libertad de conciencia y de su libre elección. De ahí lo de Pro-Choice.
Se ha observado que los fundamentos jurídicos y filosóficos de esta argumentación son endebles a más no poder, pues implican una interpretación abusiva de los textos constitucionales relativos a la intimidad y la libertad personal, así como un relativismo moral extremo.
No me extenderé por ahora en la crítica de esta postura que mucho dista de ser filosófica, pues en otra oportunidad escribiré algo al respecto. Pero, a guisa de entremés, sugiero a mis lectores que lean con cuidado el escrito de una de las más importantes pensadoras norteamericanas del siglo pasado, Elisabeth Anscombe, sobre el moderno pensamiento moral. Pulsen en este enlace: http://www.philosophy.uncc.edu/mleldrid/cmt/mmp.html
Esta argumentación involucra asuntos de extrema gravedad, como los concernientes al momento en que comienza una nueva vida humana, tema que el sesgado fallo en mención dejó ex profeso sin considerar, la naturaleza del embrión y del feto, su condición jurídica, etc.
Suele considerarse que son parte del cuerpo de la madre y, por consiguiente, ésta puede disponer libremente. Y no faltan los extremistas que afirman que ahí estamos en presencia de un puñado de células. Más adelante diré algo sobre el particular.
La segunda línea argumentativa prefiere apoyarse en la conmiseración que merece la mujer que sufre por la presencia de un embarazo inesperado e indeseado que podría afectar severamente su calidad de vida. Se dice, entonces, que hay que respetar su dignidad y no obligarla a soportar un evento que le causa dolor, tanto físico como moral. En aras de que no sufra, hay que permitirle que aborte e incluso se le deben facilitar los procedimientos respectivos.
Esta argumentación se aparta de la rudeza de la primera y obra más bien sobre el sentimiento que sobre la fría razón.
Por ejemplo, hace poco le pregunté a uno de ms corresponsales de Twitter qué entiende por dignidad de la persona humana, a lo que ni corto ni perezoso respondió que, por lo menos, respetar la particularidad de cada individuo. Le dije, entonces, que ese respeto por la particularidad empieza por el del ADN, que es lo que identifica a cada individuo de la especie humana, y por consiguiente entraña la protección del embrión, pues una vez producida la fecundación ya hay un nuevo ADN. No le gustó la observación y trató de acorralarme diciendo que no entendía como yo, siendo creyente, me mostraba tan insensible respecto del sufrimiento de la mujer. Me espetó, además, un trino de Juan XXIII sobre la caridad.
Hace poco vi una versión más elaborada del argumento en uno de los múltiples sitios a que me llevan las navegaciones por la red. Alguien decía ahí que experimentaba mucha conmiseración por el embarazo precoz de las adolescentes y el indeseado de muchas mujeres, pero ninguna por embriones y fetos que, agrego yo, ni se ven ni sienten, o si sienten, no se dan cuenta de ello.
Los videos de operaciones practicadas en fetos y, sobre todo, los de abortos, muestran que a partir de cierto estado de desarrollo, al parecer más temprano que lo que se cree, el feto sí experimenta severo dolor físico. Y, si como lo predican los amigos de los animales, hay que prohibir corridas de toros, espectáculos circenses, riñas de gallos y otros eventos en que aquéllos padecen dolor, con la misma lógica habría que apiadarse del feto, que no sólo es un ser vivo, sino un ser humano con su ADN completo.
A mi amigo ecologista le recuerdo, además, que si los de su movimiento luchan por la preservación de las especies y lo hacen con denuedo para proteger crías o huevos de las que estiman que deben conservarse, también parece razonable esforzarse por una especie en vía de extinción en los países desarrollados, como lo son los niños.
Por lo menos en cierto grado de avance del embarazo, el argumento contrasta dolor contra dolor, el de la madre versus el del feto, para concluir que merece más conmiseración el primero que el segundo. Pero muchos de quienes han visto los videos se aterrorizan y tienden entonces a inclinarse en favor del no nacido. Ese es precisamente uno de los motivos que están inclinando a los norteamericanos a considerar que el aborto es censurable desde el punto de vista moral.
Dejaré este tema apenas en pañales, pues creo que los límites de la conmiseración es algo de más hondo calado y amerita tratamiento riguroso.
Por supuesto que nuestros sentimientos morales suelen ser la base psicológica de nuestros enunciados también morales. Pero, como lo observa Martha Nusbaum en su “Justicia Poética”, el razonamiento moral va más allá y puede tanto corroborar lo que la emotividad avala, como corregirlo y hasta contrariarlo.
Desde el punto de vista racional, lo que está en juego es si a partir de la concepción presenciamos el comienzo de una nueva vida humana o no.
Por lo que he leído, el asunto no admite ya discusión en términos rigurosamente científicos, dado que en ese momento hay un nuevo ADN y las células forman un ser diferente de la madre, aunque depende de ella para desarrollarse.
Transcribo en seguida un pasaje de la conferencia que dio Sir Albert Lilley, el llamado “Padre de la Fetología”, con el título de “The Termination of Pregnancy or the Extermination of the Fetus?”:
Physiologically, we must accept that the conceptus is, in a very large measure, in charge of the pregnancy.... Biologically, at no stage can we subscribe to the view that the fetus is a mere appendage of the mother.... It is the embryo who stops his mother's periods and makes her womb habitable by developing a placenta and a protective capsule of fluid for himself. He regulates his own amniotic fluid volume and although women speak of their waters breaking or their membranes rupturing, these structures belong to the fetus. And finally, it is the fetus, not the mother, who decides when labor should be initiated. Vid:http://www.abort73.com/abortion/mothers_body/
Es claro que si estamos ante un ser vivo diferente de la madre, entonces la cuestión se desplaza hacia otro plano:¿Cuál es el valor de ese ser vivo?
Pero también en el tema de valores o axiológico habré de suspender por ahora el juicio, señalando, sin embargo, que el fundamento de la llamada dignidad de la vida humana no es tan simple como la retórica liberal que está de moda lo plantea. Me limitaré a observar que, como lo he dicho en otras ocasiones, se trata de un concepto religioso que viene de la tradición judeo-cristiana, por lo menos en lo que a la Civilización Occidental concierne.
Dentro de este contexto de los argumentos basados en la conmiseración hay que mencionar los que se enderezan a justificar el aborto en casos excepcionales, como la violación, la malformación del feto y el peligro para la vida de la madre.
Estos argumentos han sido objeto de amplia discusión en la doctrina penal y, en términos generales, los casos a que se refieren se enmarcan dentro de figuras de atenuación e incluso exclusión de responsabilidad.
Anoto, sin embargo, que lo que en la tradición se consideraba como algo excepcional, como en efecto lo es, dado que, según ciertos estudios esas situaciones apenas cubren alrededor del 7%de los abortos que se practican en Estados Unidos, como consecuencia de la ideología abortista tiende a instaurarse como regla general.
Sobretodo la causal relativa al riesgo para la madre se ha ampliado del tal modo que cubre en la práctica la consideración subjetiva que ella misma se hace sobre el impacto que para su vida, entendida ésta en el sentido más amplio posible, puedan acarrear el embarazo y el hijo no deseado.
Sobre esta base, la limitación que el fallo Roe vs Wade había estipulado para que el aborto sólo se practicara dentro de los seis primeros meses del embarazo, se convirtió en letra muerta y, por lo menos en Estados Unidos, en cualquier momento de la gestación la mujer puede pedir lo que eufemísticamente se llama la interrupción voluntaria del embarazo.
La sentencia de la Corte Constitucional de Colombia, con vituperable hipocresía, dijo aceptar el aborto sólo en los tres casos mencionados. Pero, acto seguido, se anunció que no se le podría exigir a la mujer que probase alguna de esas causales. Además, lo que según la doctrina penal sería tema de causales de exclusión de la responsabilidad, por arte de bibibirloque se convirtió en derecho fundamental, en obligación del sistema de salud y el de seguridad social de atenderlo, y en algo exigible de tal modo, que los médicos y las instituciones hospitalarias no pueden dejar de practicarlo, ni siquiera invocando la objeción de conciencia.
Una vez más digo y lo sostengo que la Corte Constitucional ha abusado de sus poderes de manera que no vacilo en calificar como escandalosa. El tema del aborto es muestra fehaciente de ello.
El tercer escenario de argumentación en pro del aborto involucra cuestiones diversas, tales como la salud pública, la demografía y la eugenesia.
Suele afirmarse con pasmosa frialdad que el aborto es asunto de salud pública y no de orden moral.
Esto lo leí hace años en declaraciones que dio para la prensa el Rector de una importante institución educativa de Bogotá. Entonces hube de preguntarme:¿qué entiende tan encumbrado personaje por moral?
En efecto, todo, absolutamente todo lo que pensamos, sentimos y hacemos tiene significado moral. No hay aspecto alguno de la vida humana que escape a esa normatividad, sea que se la considere como un ordenamiento exterior al hombre, es decir, heterónomo, o interior a él y por consiguiente autónomo.
Por lo tanto, en el aborto se involucran ingredientes morales y tal es el sentido de los dos primeros escenarios de argumentación que ha considerado atrás.
Ahora bien, nadie negará que, en efecto, el aborto clandestino suscita un grave problema de salud pública. Pero de ahí no se sigue necesariamente la legalización del aborto ni la instauración del muy lucrativo negocio de clínicas abortivas como el que hay en otros países.
De hecho, la insistencia en el aborto como solución maestra para enfrentar unas condiciones precarísimas de miseria se vincula con argumentos de otro género, como los de orden demográfico y eugenésico.
La idea de que nuestro globo terráqueo no puede con demasiada gente, asociada a la de que al reproducirse más profusamente los pobres que los ricos éstos corren el riesgo de perder sus ventajas, predispone en favor de las soluciones abortistas.
Estas ideas se mueven dentro del entorno de las consideraciones eugenésicas, en virtud de las cuales hay que esmerarse por promover el control de la población no sólo desde el punto de vista cuantitativo, sino el cualitativo.
Desde esta última perspectiva, el planteamiento es estremecedor: hay gente que no debe venir al mundo porque es indeseable.
En la actualidad, son indeseables los hijos de los habitantes de los barrios pobres, de los negros, de los indígenas, de los inmigrantes del Tercer Mundo, de los habitantes de este último y, en la India, las niñas.
Hace dos años, por esta misma época, vi en Nueva York por televisión que una magistrada de la Corte Suprema había dicho que el trasfondo del fallo Roe vs. Wade fue precisamente ese: que hay gente cuyo nacimiento no debe tolerarse.
Es el mismo argumento que dio Santos hace algún tiempo en una coda que utilizaba para rematar sus artículos: Me da mucha pena…Dijo entonces, según recuerda mi buen amigo José Alvear Sanín, que lo sentía por los enemigos del aborto, pues éste hace que no nazcan delincuentes, etc., ya que hay estudios que muestran que en los barrios en que las madres abortan han disminuido los índices de criminalidad.
Recomiendo vivamente la lectura de un libro que fue premiado hace algunos años en Alemania. Su autor es Carl Amery. Su título : “Auschwitz,¿Co-mienza el siglo XXI?: Hitler como precursor”.
Si en “La Guerra de Hitler", David Irving, el denostado historiador británico al que condenó la justicia austríaca por “negacionismo”, se presenta al dictador nazi como un caudillo anacrónico, que trató hacer lo mismo que Napoleón cuando ya no se usaba, en el libro de Amery, por el contrario, se lo exhibe como un político que se adelantó a su tiempo.
Amery no lo alaba. Todo lo contrario. Simplemente, se limita a leer “Mi Lucha”, como ahora se dice, en clave de hoy, mostrando que la preocupación básica de Hitler era que el planeta solo tiene capacidad para alimentar un número limitado de seres humanos y, por consiguiente, hay que asegurar para los mejores de éstos el acceso preferente a los recursos.
Para Hitler los mejores eran los ejemplares auténticos de la raza aria. Para los que recitan expresa o tácitamente el “Credo Occidental”, los mejores son los individuos de las elites educadas y adineradas del Primer Mundo, así como los que en el nuestro se sienten asimilados a aquéllos.
Algo de ese mal razonamiento hay en el último libro de Hawkins, cuando se muestra proclive a considerar el fenómeno humano a partir de las conclusiones de la teoría de la evolución.
Tras el aborto y otros engendros, vendrán más adelante las esterilizaciones forzadas o inducidas (Herbert Morote dice que ya las practicó Fujimori entre los indígenas peruanos), el infanticidio (ya Peter Singer, el “Herodes” de Princeton, que pasa por ser uno de los más importantes filósofos éticos de hoy, lo está proponiendo) y la eliminación de los ancianos bajo el suave rótulo de eutanasia, primero por consideraciones piadosas y después ya veremos que por otras meramente pragmáticas.
Al fin y al cabo, ¿qué vale la vida humana?
Artur Koestler, cuya lucidez me iluminó en mis años de formación, ilustra sobre el tema en “El Cero y el Infinito”.
Léanlo y después hablamos.
lunes, 6 de junio de 2011
Debate sobre la administración de justicia IV
“Los fallos de los jueces son jurídicos; no son políticos”
Esto dijo hace poco el Presidente de la Corte Suprema de Justicia y es algo que se repite cada vez que alguna sentencia genera debate en la opinión pública.
El planteamiento parte de un premisa equivocada, a saber: que es posible discernir con nitidez lo jurídico y lo político.
Es un tema de alto coturno.
Recuerdo que Kelsen lo abordaba a partir de la distinción entre la validez formal, propia de lo jurídico, y la validez material, que es asunto propio de lo político.
Pero no obstante los esfuerzos del célebre jurista vienés y sus seguidores, en la práctica las fronteras entre una y otra se van difuminando en manos de los jueces, que a menudo se salen del marco del Derecho positivo y buscan la solución de los casos que deben decidir en otras instancias, ya no en las del Derecho natural, porque esta expresión les huele a metafísica, sino en las de una metafísica que no osa decir su nombre, la ideología.
Recuerdo acá el título de una obra de mi apreciado amigo y colega Gilberto Tobón Sanín que lleva por título “El carácter ideológico de la Filosofía del Derecho”.
En su momento, me pareció que ese título era desafiante, pues creía no sólo en la posibilidad de una fundamentación racional del Derecho, sino en que, como dijo un eminente jurista galo, “el buen sentido preside su creación y su aplicación”. Pero los desarrollos de las últimas décadas me han convencido de que no suele ser así y ahora me inclino a darle la razón a mi amigo. Es, en efecto, la ideología la que se impone a través de la normatividad jurídica.
Esa ideología se pone de manifiesto cuando se invocan los Principios y Valores que los juristas alemanes, italianos y españoles se han encargado de sacralizar hasta el punto de que nadie por estos pagos se atreve a ponerlos en cuestión, salvo que esté dispuesto a perder su cátedra y su respetabilidad académica y profesional. Anacrónico, conservador y hasta fascista, son epítetos con que lo entierran a uno si no anda salmodiando en esa procesión de beatos del Nuevo Derecho.
El recurso a la ideología facilita la labor del juez, pues lo dispensa del rigor en el razonamiento. Le basta con ser audaz en sus propuestas, poniendo a los textos a decir lo que no dicen y jamás podrían decir, siempre y cuando sus conclusiones se enmarquen dentro de lo que los dómines de la opinión consideren que es lo progresista.
A propósito de ello, alguno me tildó en estos días de ser un retardatario propio de la Época de las Cavernas, porque me atreví a escribir que el aborto es un crimen horrendo. Hube de responder que me parecía conveniente que previamente discutiéramos acerca de qué es lo retardatario y qué lo progresista, pues me queda la impresión de que la defensa de la vida humana y la superación del individualismo más bien apuntan hacia el progreso moral de la sociedad.
Retomando el hilo de la cuestión, observo que hay otros recursos técnicos que facilitan la politización de los fallos e incluso la estimulan.
Ya he dicho que las altas corporaciones judiciales invocan de hecho su soberanía cuando alegan que son “órganos de cierre” encargados de decir la última palabra acerca de los contenidos de la juridicidad. Y ese poder se robustece gracias a la impunidad de que gozan, pues lo que en un humilde juez municipal sería un prevaricato mondo y lirondo, en boca de los respetables magistrados se torna en admirable sabiduría jurisprudencial.
Suele hablarse también de la soberanía de que goza el juez al apreciar las pruebas. Él dice si el testigo es creíble, si los indicios son elocuentes, si la peritación es admisible, si del documento y la confesión se desprende lo que estima suficiente para absolver o para condenar, etc.
De ese modo, la prueba de los computadores de Jorge 40 resulta determinante para sustentar condenas por parapolítica, pero los de Raúl Reyes, en cambio, son legalmente inexistentes.
Ahora bien, como el cadáver del temible guerrillero fue trasladado al territorio colombiano sin las formalidades requeridas por el Convenio con Ecuador, tal vez tengamos entonces que admitir que legalmente sigue vivo y entró ilegalmente al país. Quizás la solución sea devolverlo a las autoridades ecuatorianas para que éstas levanten el acta de defunción y autoricen su traslado a Colombia para lo demás que sea pertinente.
¡Algo así como el “Sínodo Cadavérico” que marcó un hito en la postración de la Santa Sede a fines del primer milenio!
El juez goza, además, de una amplia potestad para encuadrar los hechos que declare probados dentro de las categorías normativas. Él califica, en últimas, si se está en presencia de determinado hecho punible, si cierta situación equivale a posesión, si se dan o no las circunstancias de una relación laboral, si se configura una falla del servicio, etc.
Todo ello le permite incurrir sin temores en el sesgo político.
Acaba de referirse Santos a la inseguridad jurídica como factor negativo para la inversión extranjera en Colombia. Pero, ¿cómo podría él convencer a jueces y magistrados para que fuesen más responsables en sus decisiones, sobretodo cuando la ideología los predispone contra los promotores de la creación de riqueza ?
Igual pregunta cabe acerca de la ponderación que les pide en torno de los fallos contra las Fuerzas Armadas, que ignoran rampantemente el contexto de la agresión narcoterrorista, lo que él se empeña en llamar conflicto armado.
Si de entrada claudicó ante la Corte Suprema de Justicia en lo de la Fiscalía –que suministra la prueba reina de la politización de la Corte Suprema de Justicia en el mal sentido de la palabra-, no puede esperar ahora que sus integrantes se muestren atentos frente a sus solicitudes.
Hay una justificada insatisfacción en la ciudadanía por la dictadura judicial a que estamos sometidos. Pero el remedio no es una nueva constituyente, pues ya se conocen los excesos a que conduce este tipo de soluciones.
La verdad sea dicha, carecemos de remedios institucionales para manejar esta aguda y calamitosa dolencia.
Diré, en fin, como el clásico Horacio: “¿De qué sirven las vanas leyes, si las costumbres fallan?”
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