jueves, 17 de marzo de 2011

Espiritualidad, religiosidad y moralidad (IX)

Una de las empresas intelectuales de Nietzsche consistió en dilucidar la genealogía de las ideas metafísicas y morales de nuestra civilización, tarea en que lo han sucedido los pensadores existencialistas y postmodernistas de los tiempos recientes.

Estos últimos hablan de que su método es deconstructivo, lo que en principio significa que hay que examinar una a una esas ideas para indagar lo que está presupuesto o implícito en ellas y dilucidar tanto su origen como su evolución.

De esa manera, a través de la famosa hermenéutica, se complementa el trabajo de los filósofos analíticos, que frente a cualquier concepto arrojan de entrada la pregunta acerca de lo que se quiere decir con ello y cuál es su correspondencia con la realidad.

Aunque se trata de dos corrientes a menudo antagónicas y posiblemente inconciliables entre sí, pues la primera es culturalista y la segunda cientificista-naturalista, ambas tienen en común el propósito de demoler el edificio conceptual que albergó a nuestra civilización a lo largo de siglos.

En el pensamiento alemán de fines del siglo XIX y las primeras décadas del XX, bajo la influencia de Kant y de Hegel, y tal vez por obra de Dilthey, se planteó la tesis de que cada civilización se estructura y funciona de acuerdo con cierta Concepción del Mundo cuyos ingredientes son metafísicos, religiosos e incluso mitológicos. Se trata de conjuntos de ideas abstractas cuyo contacto con la realidad cotidiana y palpable es bastante laxo, acerca de  Dios, el Cosmos, la Naturaleza, el Hombre y, en últimas, el principio y fin de su existencia, es decir, su sentido.

El Cristianismo, apoyado en el Antiguo y el Nuevo Testamento, la filosofía griega y el moralismo romano, recibió la herencia de la tradición judía y de la Civilización Clásica, reelaborándola en en un cuerpo de doctrina que a lo largo de muchos siglos orientó no sólo el pensamiento, el arte, la sensibilidad, sino sobre todo la vida práctica de los pueblos sometidos a su influjo.

De esa manera, las ideas filosóficas, políticas, morales y jurídicas, así como la institucionalidad que ellas animaron, se fueron moldeando en las grandes concepciones cristianas acerca de un Dios eterno, racional, creador, legislador y conservador del universo; del papel privilegiado del ser humano en el orden de la Creación y de su destino espiritual; del fundamento divino de la moralidad, la juridicidad y la organización social; de la ordenación del universo y la vida humana “ad majorem gloriam Dei”, esto es, en función del Supremo Bien;  que amó tanto al Mundo, que le entregó su hijo unigénito para redimirlo de sus pecados y que, para no abandonar a su criatura predilecta, se le manifestó por medio de la Revelación.

Desde finales de la Edad Media y por distintas vías, se fue produciendo de modo paulatino el desmonte de esta concepción, primero en el medio filosófico, luego en el político, el científico, el académico, el intelectual, el artístico, el institucional, el jurídico y, por último, pero no del todo ni pacíficamente, en la vida cotidiana de la gente.

Ese desmonte no operó como un ataque frontal, sino a través de distintos sesgos y matices que se fueron introduciendo en la vieja construcción. Incluso, se aprovecharon muchos de sus materiales para los nuevos desarrollos, manteniendo incluso su forma, pero transformando su sentido.

Podría extenderme en muchos detalles de esta fascinante evolución intelectual, a través de los cuáles se logra advertir que no pocas de las ideas de lo que en otros escritos, citando a Tart, vengo llamando el “Credo Occidental”, no podrían haberse desarrollado sin sus bases cristianas, así ahora se quiera prescindir de ellas.

Esos desarrollos han partido frecuentemente de tergiversaciones de las ideas cristianas, de las que se echa mano para extraer  conclusiones muy diferentes de las que acogía la tradición.

Por ejemplo, las ideas actualmente en vigencia acerca de un Cosmos ordenado racionalmente, en cuanto a su estructura y su funcionamiento, sometido a leyes más o menos inexorables, que pueden conocerse por medio de la razón e incluso formularse en términos matemáticos, no dejan de hundir sus raíces  en una combinación seguramente audaz del pensamiento presocrático y la idea hebraica de un Dios omnipotente que garantiza la unidad racional del conjunto.

Precisamente, el origen del racionalismo moderno ubica en la Razón Divina, tal como se advierte en el pensamiento de Descartes e incluso en el de Newton, para quienes Dios era garante de la certeza de nuestros razonamientos, del funcionamiento ordenado del mundo físico y, por supuesto, del mundo moral.

Hay un proceso intelectual tendiente a separar a Dios de la Razón, de suerte que ésta termina erigiéndose en suprema instancia metafísica, mientras a Aquél se lo desaloja del trono en que la había instaurado el mundo medieval, debidamente ilustrado a través de la grandiosa construcción de Dante.

Dicho proceso corre parejas con otro que suplanta la Voluntad Divina como fuente del ordenamiento moral, jurídico y político de las sociedades, para adjudicar esa voluntad fundante a diversas entelequias, tales como el Monarca, el Pueblo, la Nación, la Clase, la Raza, la Cultura o la que los libertarios contemporáneos pretenden elevar a la cúspide del edificio social: el Individuo adulto dotado de autonomía moral, desligado del orden natural y de las normatividades sociales,  dueño absoluto de sus propias valoraciones y apenas constreñido por una racionalidad meramente instrumental o utilitaria.

Ese Individuo que ocupa el lugar que antaño se reservaba al Altísimo es, ni más ni menos, un mito pernicioso como pocos. Pero someterlo a análisis y discusión parece ser hoy tarea propia de quienes tenemos que contentarnos con emitir voces que claman en el desierto.

Se trata de una idea cuya genealogía amerita examinarse cuidadosamente con miras a aplicarle la famosa técnica de la deconstrucción que muestre de dónde viene y los materiales con que se la ha edificado.

Sus exégetas afirman a pie juntillas que es una idea sacrosanta que procede del legado de Kant, el gran filósofo de la moralidad y la dignidad humana al que debemos de rendirle pleitesía.

Pero, ante todo, Kant no es Dios ni su profeta. Fue un pensador eminente como el que más, pero no infalible ni del todo original.

Como dijo de él Nietszche, era un “cristiano avieso” que trató de presentar en términos racionales algunas de las ideas básicas de nuestra religión, pero, como he dicho atrás, sesgándolas y tergiversándolas.

Los grandes temas de la conciencia moral y la libertad interior vienen de muy atrás.

Ya se los encuentra en Sócrates, Platón, Aristóteles y los Estoicos, de donde los tomaron, entre muchos otros, San Agustín y Santo Tomás de Aquino para examinar el encuentro íntimo del alma con Dios, tema específicamente judeocristiano, y la dirección de ella hacia la Beatitud, tema inequívocamente aristotélico.

Para no entrar en muchos detalles, conviene señalar que el concepto tomista de sindéresis apunta hacia la conciencia moral kantiana, y que la idea de Buena Voluntad como base de la acción moral aparece nada menos que en los Evangelios.

Las ideas de libertad moral y responsabilidad por nuestros actos también proceden de reelaboraciones cristianas del acervo hebreo y la tradición clásica, necesarias para justificar la salvación o la condenación de las almas.

¿No están la libertad, la igualdad y la dignidad humanas rotundamente expuestas en los escritos paulinos?

Pero en el Cristianismo todos estos valores están ligados a una idea superior, la de la trascendencia a un nivel espiritual que nos acerque a Dios. La ley moral racional es el puente que el Creador nos tiende para llegar hasta Él, que nos lleve a la plenitud del Ser, otro tema que, de pasada, digo que nos viene de Aristóteles.

Pero como la concepción que Kant ha tomado de Hume acerca de la razón y sus posibilidades, que es la misma que prevalece en el cientificismo contemporáneo, le impide aceptar que a través de ella podamos siquiera rozar los misterios de Dios, el Cosmos, el Alma y la Libertad, los que sus sucesores consideraron como los grandes temas metafísicos, los excluye del ámbito de la razón teórica y los relega a otra menos contundente, bastante habilidosa y hasta aviesa en los términos de Nietszche: la razón práctica.

A los estudiantes ajenos a la disciplina filosófica les cuesta trabajo entender las diferencias entre esas dos racionalidades, sobre todo a raíz de la reelaboración que Kant hizo de esos conceptos que también nos llegan desde Aristóteles.

Una aproximación quizás demasiado simple nos permite afirmar que la primera aborda directamente la inteligibilidad de lo real, mientras que la segunda, al ejercerse sobre fenómenos complejos y aleatorios, procede apenas a través de tanteos y conjeturas, como lo de que, así no podamos conocer racionalmente a Dios, tenemos que obrar como si existiera, a fin de no darles gusto a los malos.

De ese modo, la Lex Naturalis de los Estoicos, que influyó decisivamente en el pensamiento cristiano combinándose con la de  Ley Divina, que es nítidamente hebrea, se convierte en los famosos imperativos categóricos a priori y formales sobre los que Kant erige su sistema moral.

A los estudiantes primerizos de Derecho les dan como moneda de curso legal la idea de que esos imperativos valen de suyo; nada tienen que ver con la naturaleza, la acción y los propósitos del ser humano; y son puramente formales, apenas de carácter lógico, pero sin asidero metafísico.

De ese modo, la Revelación íntima que los pensadores cristianos consideraban que se producía en el encuentro del alma con Dios e iluminaba la conciencia para discernir el bien y el mal, se convierte en Kant en un encuentro de la conciencia individual con esos imperativos tan vacuos y privados de sustancia, que resulta imposible saber qué es lo que ordenan en concreto.

De ahí a negar la obligatoriedad de un orden moral superior a la conciencia individual y hacer de ésta el supremo árbitro de sus contenidos, sólo media un paso que poco a poco se fue dando, primero con cierta reserva y después con todo el arrojo.

Para trasegar por esos andurriales se acudió a otros conceptos, también inspirados en Kant, como la idea de que hay un abismo lógico que separa los reinos del Ser y el Deber Ser, la distinción entre la racionalidad meramente formal y la material, así como otras de origen nítidamente luterano: la maldad inherente al mundo que resultó del Pecado original; la desconfianza en los propósitos individuales, todos ellos malvados; la justificación solo por la Fe en el sacrificio redentor del Hijo de Dios; la exclusión de las ideas de fines últimos y logro de la plenitud  del ser humano como elementos del orden moral.

Hay otros ingredientes que también debemos de traer a colación en este recuento, tales  como la escisión entre el mundo espiritual y el material que ya había planteado Descartes al separar tajantemente la Res Cogitans y la Res Extensa, la cual se reproduce en Kant a partir de la diferencia entre lo nouménico y lo fenoménico; la separación establecida en el escenario humano entre el cuerpo, sometido a la legalidad natural, y la conciencia, constituida en torno de la razón, que recuerda también el paralelismo psicofísico que llevó a Descartes a afirmar que el “el hombre es una máquina movida por un ángel”, de la cual se nutre el materialismo contemporáneo a partir del desalojo del ángel; la transformación del alma cristiana en un Yo meramente pensante y, después, en un Yo trascendental, apenas lógico y carente de todo contenido ontológico, que se constituye y discurre sin conexión con la realidad de la Naturaleza ni, muchísimo menos, con el orden del Ser.

De estas ideas, adobadas con otras de origen hegeliano, surgieron el dogma según el cual “El hombre no es Naturaleza, sino Historia”, así como una serie de discusiones acerca de esta última que han derivado en los existencialismos, los estructuralismos, los postmodernismos o los culturalismos que están de moda, en cuya virtud no hay modelos trascendentes que ordenen o al menos orienten la vida individual ni la configuración de la sociedad.

Hay que considerar, además, unas evoluciones que proceden del racionalismo del siglo XVII y hasta de algo más allá, según las cuales Dios deja de constituir el fundamento de la moral y del derecho; estos dos órdenes se consideran autónomos entre sí; la política se desliga de la moral y hace del derecho su instrumento; que la religiosidad y la moralidad son asuntos exclusivamente privados, partir de lo cual termina imponiéndose el dogma en cuya virtud las nociones religiosas nada tienen que ver con el mundo moral, con la normatividad jurídica y las decisiones políticas, extremo este último bastante risible si se observa que los partidarios de esa exclusión creen, en cambio, en la relevancia de sus propias opciones ideológicas, muchas veces contradictorias, gratuitas y mal fundadas, pero que pretenden arroparse bajo el manto sagrado de la racionalidad.

Para no andar por las ramas, pregunto si los cacareados derechos sexuales y reproductivos, de donde se sigue la banalización del aborto, son meros subproductos ideológicos carentes de nítido fundamento racional, lo mismo que la equiparación de la heterosexualidad y la homosexualidad o la versatilidad de los modelos familiares, que se considera que sólo se basan en la cultura y no en la naturaleza, y así sucesivamente.

El panorama de las ideas contemporáneas ofrece demasiados elementos de confusión y arbitrariedad que hacen pensar en un despliegue de charlatanería que juega con asuntos demasiado importantes para nuestra especie.

Se dirá que nutrirnos de las enseñanzas del pasado para buscar orientación es tarea baldía que nos retrotrae al mundo de la superstición; pero frente a esta glosa cabe aducir que el mejor conocimiento del hombre nos lo suministra la observación de su comportamiento y la ordenación de su vida comunitaria a lo largo de siglos, y que, en el mejor de los casos, las propuestas que ahora se hacen para modificar sustancialmente sus modelos sexuales y familiares se basan en meras hipótesis más o menos aventuradas que todavía no han soportado la prueba de la experiencia.

Es más, no podemos asegurar que el materialismo a ultranza, el racionalismo estrecho y el individualismo hedonista que caracterizan la Concepción del Mundo del “Credo Occidental” que pugna por imponerse por todos los medios, aseguren un mundo mejor.

Esos tres presupuestos deben someterse a severa crítica, la misma que se ha empleado para desmontar o deconstruir el viejo y venerable edificio de la civilización.

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