domingo, 6 de junio de 2010

El Partido Liberal, muerto por consunción

Ahora tiempos se hablaba de gente que moría por consunción, palabra que en mi diccionario de cabecera, el Nuevo Espasa Ilustrado, significa, en su segunda acepción, “extenuación, enflaquecimiento”.

Hace años, cuando denunciaba sus vicios clientelistas, Carlos Lleras Restrepo dijo de la colectividad roja que parecía un buey cansado. Quizás hoy habría que decir que semeja una mula muerta, aunque no deja de haber cierta malignidad en ese calificativo.

Nuestros dos partidos históricos, que se cuentan entre los más antiguos del mundo, cobraron forma casi al mismo tiempo, en vísperas de la elección presidencial de José Hilario López en 1849. Por rara coincidencia, tal vez lo sucedido con las elecciones  del pasado 30 de mayo permita extenderles a ambos, de modo simultáneo, sus respectivas partidas de defunción.

Ya he dicho que la causa del deceso conservador puede imputarse a suicidio. En efecto, murió o está muriendo de su mano. Su colega liberal está extenuado, enflaquecido. Como Lechuza, un singularísimo personaje de tango, se lo ve “Pálido, triste y maltrecho…”

Es lástima que a una persona como Rafael Pardo Rueda, a quien no le faltan méritos para ejercer un papel de primer orden en la conducción del país, le hubiera tocado en suerte dar cuenta de la ruina de su partido. No era un mal candidato y estaba bien acompañado por Aníbal Gaviria, una promesa para la patria. Pero comandaba una colectividad sin mística, sin voluntad de triunfo, sin un proyecto nítido para ofrecerle al pueblo colombiano, con el que hace rato dejó de sintonizarse.

No es el caso de adjudicarles a ellos la derrota. Otros son los que deben responder. Sus dirigentes de los últimos tiempos, sobre todo Gaviria y Samper, olvidaron que en definitiva la fuerza de las organizaciones  políticas se basa en sus ideales y en la autoridad moral que proyecten en las comunidades. Si se pierde de vista la idea de un bien común que debe promoverse, lo que el profesor Burdeau llamaba “cierta idea de justicia”, y se concibe la política como un ejercicio de mera conquista del poder para repartirse sus gajes, los electores se van desanimando y terminan en otras toldas.

Aunque el candidato Pardo adoptó como divisa de su campaña el propósito de hacer de Colombia una sociedad justa, a todas luces se vio que se trataba de mera retórica electoral, porque su partido ya no sabe qué es lo que quiere. Y como nadie da lo que no tiene, mal podía ofrecerle al colombiano común y corriente algo que éste encontrara atractivo.

En otro escrito mencioné que esta campaña se ha caracterizado por la polarización entre los que quieren que se mantenga la seguridad, que no es un anhelo desdeñable, y los que aspiran a que, sin desmedro suyo, reinen la transparencia, la legalidad y la moralidad en el manejo de la cosa pública.

Como sucede con toda polarización, en la que ahora contemplamos no deja de haber simplificaciones excesivas. Pero éstas, desafortunadamente, hacen parte de la lógica, si así puede llamársela, de los procesos electorales, en los que no se convoca a ciudadanos ilustrados, sino a gente del común cuyo juicio no propiamente es el de los filósofos y, además, obedece a no pocos condicionamientos emocionales.

Pues bien, el Partido Liberal nada tiene qué decir en materia de seguridad que no ofrezca Santos, como tampoco nada en lo atinente a la ética pública que no plantee Mockus. En realidad, carece de autoridad moral en lo uno y en lo otro.

No volveré sobre lo que escribí hace varios años en torno de la crisis de lo que fue mi partido hasta hace dos décadas y que se ha venido cumpliendo rigurosamente al pie de la letra. Me limitaré a reiterar que Gaviria y Samper me sacaron de él, así como a insistir en que no haberse entendido con Uribe lo ha llevado al desastre.

Dijo Bolívar en sus postrimerías que “No habernos entendido con Santander ha sido la ruina de todos nosotros”, o algo así, pues lo cito de memoria. Igual cosa les ocurrió con Uribe a los liberales.

Yo no soy amigo ni enemigo de Uribe, lo cual me permite, según creo, apreciar con imparcialidad, “sin aplaudir ni deplorar”, tal como lo recomendaba Spinoza, su enorme peso político. Como le escribí a un querido amigo conservador que mostró cierto desacuerdo con lo que manifesté acerca de la autoinmolación de su partido, Uribe devoró tanto a liberales como a conservadores. A unos y otros les acaba de suceder lo mismo que a Arturo Cova, el protagonista de La Vorágine: se los tragó la selva.

Gracias a Chávez y sus aliados guerrilleros, las Farc y el Eln, los colombianos hemos llegado a creer que fuera de Uribe y su séquito no hay salvación. A los que estén en contra suya se los arroja a la Gehena. Y a los que no andamos  en su procesión se nos reserva un poco apetecible lugar en el Limbo. Uribe copa el espacio político y así será mientras lo que él llama el gavilán del vecindario siga haciendo ruido y amedrentando sus pollitos.

Mientras tanto, el macilento Partido Liberal será pasto de los gallinazos, cuando no del nuche y las garrapatas, aunque creo que ya son sólo ñervos lo que puede ofrecerles.

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