martes, 1 de marzo de 2011

Espiritualidad, religiosidad y moralidad (VI)

En un escrito anterior sugerí que los temas morales pueden abordarse desde varias perspectivas, al tenor de las cuales cabe examinarlos, por una parte, como meros hechos susceptibles de descripción, sistematización, explicación e incluso manipulación, o bien, por otra, a la luz de la reflexión filosófica que indaga por su racionalidad.

La primera perspectiva es propia de lo que los positivistas solían llamar “Ciencia de las costumbres”, que es hoy un capítulo de la Antropología Cultural.

Ya en la Grecia clásica, a partir sobre todo de las finas observaciones de Herodoto acerca de la diversidad de costumbres de los países que visitó, los sofistas consideraron que esa era la única perspectiva posible para el estudio de la moralidad, lo que los llevó a postular un relativismo que ahora a vuelto a ponerse de  moda tanto en los círculos académicos como entre la gente del común.

Pero  en esa época, de igual manera que en la actual, ha quedado pendiente la cuestión de saber si tras esa diversidad de costumbres hay un fondo común a partir del cual podría hablarse de una moralidad natural.

Es tema que dejaré de lado en esta oportunidad.

Lo que interesa por lo pronto es señalar que en toda sociedad hay actitudes y comportamientos que se señalan como admirables o censurables, lo que lleva bien a sacralizar los primeros, ya a demonizar los segundos. De ese modo, hay paradigmas, modelos, pautas de organización, de relación y de conducta que se imponen como exigencias obligatorias o por lo menos como recomendaciones de buen vivir, mientras que a otros se los desaconseja, se los excluye y hasta se los condena.

En el fondo de estas tendencias sociales se advierte, por una parte, la presencia de lo sagrado, que es merecedor de  veneración, y por otra, la de lo maligno, que se considera ominoso y, por consiguiente, fuente de males y destrucción.

Hasta en las sociedades contemporáneas se presentan estas contraposiciones  o polaridades culturales, sólo que lo admirable y lo censurable, lo sagrado y lo demoníaco, se identifican y valoran de modo diferente.

En el hecho de la moralidad hay que considerar las ideas y los sentimientos, así como las conductas.

Todos tenemos ideas y experimentamos sentimientos morales. Igualmente, todos aspiramos a comportarnos de modo moral. a menudo lo hacemos tratando de ajustarnos a cánones recibidos del entorno social. Pero en otras ocasiones nos rebelamos contra esos cánones y buscamos introducir innovaciones en la moralidad colectiva, procurando imponer sea por la vía del ejemplo, ya por la de la acción pública, lo que creemos que debe ser la verdadera moralidad.

Las ideas morales de la gente común y corriente suelen ser muy simples y, como lo he señalado, no dejan de ser contradictorias e incluso superficiales y hasta arbitrarias.

Traigo a colación acá a Marvin Harris, con cuyo materialismo cultural desde luego que se puede disentir, para señalar que en su “Antropología Cultural” ofrece agudas observaciones sobre la discordancia entre las ideas y las prácticas morales de las sociedades, así como acerca de los subterfugios más o menos inconscientes que las mismas ensayan para  esconder o justificar esas discordancias.

Muchos creen que tanto las ideas como los comportamientos obedecen al estímulo de los sentimientos morales, por lo cual éstos suministrarían la clave de la explicación de unas y otros.

Por ejemplo, Martha Nussbaum, en su “Justicia Poética”, pone énfasis en el papel de los sentimientos acerca de lo justo y lo injusto en el desarrollo del derecho. Y no anda descaminada, pues, por ejemplo, en últimas toda la concepción de los derechos humanos reposa sobre los sentimientos de piedad que están en la base del Cristianismo, del Budismo y en general de las religiones, así como en filosofías explícitamente irreligiosas como la de Schopenhauer. Es un tema en que insiste Lévinas: si se mira al prójimo a los ojos, no podremos eludir el sentimiento de comunidad con él.

La “Historia de la Moralidad Occidental”, de Crane Brinton (Losada, Buenos Aires, 1971), es un buen ensayo acerca del desenvolvimiento del hecho moral en  nuestra civilización. Destaco especialmente los últimos capítulos, en los que pone de manifiesto la oposición radical que media entre la moral de la Ilustración y la del Cristianismo, lo que es decisivo para entender conflictos morales insolubles como los que hoy se presentan acerca de la familia, la sexualidad y el orden de las costumbres en general.

Pero, una cosa es la consideración, por así decirlo, científica  de la moralidad; otra, el análisis filosófico de la misma.

Acá la pregunta va más al fondo de las cosas y se plantea en los términos  en que la formuló Kant: ¿Cómo debemos obrar, no ya desde la perspectiva de las normatividades que nos impone la cultura o la de nuestros propios sentimientos e intereses, sino desde la de la racionalidad?

Dicho de otro modo, ¿cuál es la base racional de los imperativos morales? ¿Es posible formular una moral racional válida para todo ser humano en todo tiempo, lugar y circunstancia? ¿Cabe hablar de  una verdad moral?

Hay quienes consideran que, mientras la moral es el sistema de ideas, sentimientos y prácticas que efectivamente adoptan los seres humanos en torno de lo que valoran como digno de encomio o de censura, la ética es la reflexión racional acerca de esos hechos morales.

Personalmente, creo que es una buena distinción, pero está lejos de ser reconocida tanto en los medios académicos como en el lenguaje corriente, en el que ambos términos se utilizan bien como si fuesen sinónimos, ya como si fuesen análogos, reconociendo en este caso alguna diferencia entre ellos.

La “Historia de la Ética”, de Alasdair MacIntyre (Paidós, Barcelona, 2006), se mueve en esta segunda dirección. Su tema ya no es el estudio de la evolución y las distintas manifestaciones de los comportamientos morales, a la luz de las ideas y los sentimientos  vigentes en las sociedades, sino la consideración de los esfuerzos que han hecho los filósofos por criticar desde el punto de vista racional las prácticas morales efectivas  y buscar el fundamento igualmente racional de lo que debería ser la conducta óptima de los seres humanos.

Alguna vez leí en un texto de Raymond Aron que no tengo a la mano, que a su juicio el origen de la filosofía en la Grecia clásica se vincula precisamente con la preocupación por sustentar un orden racional de la vida, tanto en sus aspectos íntimos o particulares como en los colectivos y principalmente los políticos.

Insinué en otra oportunidad que este esfuerzo filosófico se ha orientado básicamente en cuatro direcciones, a saber:

- La racionalización de la religión, es decir, el intento de presentar racionalmente los contenidos morales de  las tradiciones y las doctrinas religiosas que han servido de fundamento de la ordenación de las sociedades. Es la gran aspiración de la filosofía cristiana, sobre todo la de Santo Tomás de Aquino y sus seguidores.

- La sustitución de la religión por la filosofía, tal como se observa en Sócrates y su discípulo Platón, así como en los estoicos.

Aquél es un crítico severo de la religiosidad dominante en su época y aspira a que el orden de la vida individual y comunitaria se ciña a una racionalidad de carácter metafísico. En Platón el tema se plantea explícitamente cuando se pregunta por las ventajas de vivir de acuerdo con la filosofía en lugar de hacerlo según las tradiciones y las concepciones religiosas establecidas.

Platón es fuertemente espiritualista. No así los estoicos, cuya lex naturalis tiene más bien una connotación materialista o, como su nombre lo indica, naturalista.

En distintas publicaciones y conferencias de Luc Ferry, en las que sostiene que   con la filosofía nos salvamos del miedo por obra de nosotros mismos y de la razón, sin necesidad de un ser trascendente ni de la creencia en lo ultramundano, se retoman en lo sustancial estos planteamientos, pero con otros matices.

Ferry habla explícitamente de promover una religión de la humanidad, poniendo al hombre en el lugar que las religiones tradicionales le asignaban a Dios.

De algún modo, esta es la tónica de la Masonería, que busca sustituir la religión teocéntrica por la antropocéntrica.

Es tema de enorme importancia para la comprensión de la actualidad y  que puede consultarse en “La Trama Masónica”, de Manuel Guerra (Styria, Barcelona, 2006).

- La crítica de la religión y de la metafísica, que se asimila a  aquélla.

Es la nota dominante de la modernidad occidental, que culmina con el intento algo curioso, por decir lo menos, de establecer una religión positiva, fundada en la ciencia y desligada de toda trascendencia. Es lo que quisieron implantar Comte y sus seguidores, de lo que queda huella  en algún templo positivista que hay todavía en Brasil.

Acá hay una diferencia sustancial con la segunda postura, pues se considera que la ciencia experimental, la que en el siglo XIX se llamaba ciencia positiva, puede ofrecer fundamentos sólidos para ordenar tanto los comportamientos individuales como la institucionalidad de las sociedades. En consecuencia, el psicólogo y el psiquiatra se transforman en moralistas, y la política y el derecho quedan a merced de los científicos sociales, principalmente los economistas.

El citado Luc Ferry descree de esta opinión y piensa que la filosofía aun está en capacidad de suministrar sus propias orientaciones desde el punto de vista racional acerca del asunto decisivo de cómo debemos vivir y convivir.

- La negación de la religión, actitud según la cual ya no se somete la religión a crítica racional con miras a mejorarla o aprovechar los aspectos rescatables de ella, sino que se la quiere erradicar no sólo del panorama intelectual, sino del existencial.

Leo, por ejemplo, en los comentarios  a la crónica que publicó The Independent acerca de la estupenda película “El Rito”, que me hizo llegar mi gran amigo José Alvear Sanín, que un lector afirma ahí que “la religión es la mayor enemiga de la humanidad”, a lo que sabiamente responde  otro diciendo que de ninguna manera puede considerarse a Jesucristo como un enemigo del género humano.

Ferry es respetuoso de la religión, aunque no la comparte. Aspira a ofrecer un sustituto racional más creíble, a su juicio, que los estímulos y consuelos que ella le brinda a la humanidad, pero no la desprecia ni, muchísimo menos, la odia.

El cientificismo y las corrientes dominantes en la filosofía contemporánea, en cambio, adoptan una actitud que ya no es meramente irreligiosa, sino francamente antirreligiosa.

Es el signo distintivo de la postmodernidad, que prolonga la denuncia de la alienación religiosa que formuló Marx, la actitud desafiante de Nietszche  y las tesis de Freud acerca del carácter delirante de las ideas de la religión. Así se advierte en escritos que pululan ahora y gozan de cierta notoriedad, en los que se hace la apología del ateísmo e incluso de la amoralidad.

A la luz de lo que precede, se observa que en las sociedades tradicionales hay una fuerte tendencia a vincular la religiosidad y la moralidad, tendiendo a veces entre ambas el puente de la racionalidad, mientras que en las modernas se busca dejar de lado la religiosidad y se hace depender la moralidad exclusivamente de la racionalidad, cuando no se la vincula más bien con lo irracional, como lo hacen los que sostienen el escepticismo moral.

Los continuos religiosidad-moralidad o religiosidad-racionalidad-moralidad llevan implícito el componente de la espiritualidad, pues toda religión es espiritualista, aunque no siempre se coincida acerca de en qué consiste el espíritu, qué papel juega y cómo se lo desarrolla.

En cambio, el continuo racionalidad-moralidad no implica necesariamente la espiritualidad. En unos casos, ésta se concibe como la base de la racionalidad; pero, en otros, se plantea que la razón no presupone el espíritu, según lo cree el pensamiento dominante hoy en día, lo que Tart llama el “Credo Occidental”.

Resumiendo, para la tradición, cuando se define al hombre como animal racional se está diciendo que su racionalidad es un atributo espiritual, la “chispa divina” de que hablaban los griegos. En cambio, para modernos y postmodernos el carácter racional del hombre es apenas un presupuesto lógico (Kant),  un dato bio-psicológico que resulta de la evolución de la especie o una categoría cultural de índole incierta.

No faltan, incluso, los que ponen en duda que el hombre sea definible como animal racional, habida consideración de la fuerza de las tendencias irracionales que lo dominan y el modo como ellas obran sobre su precaria racionalidad. Es lo que sostienen los tres grandes maestros de la sospecha,  Marx, Nietszche y Freud, así como, en general, los escépticos morales.

miércoles, 23 de febrero de 2011

Espiritualidad, religiosidad y moralidad (V)

Frecuentemente les decía a mis alumnos que el empirismo y su continuador, el positivismo, son algo así como polos a tierra del pensamiento, que obligan a ponerlo a tono con la realidad.

La reflexión, en efecto, tiene que partir de hechos, de fenómenos, de lo que se presenta ante la conciencia. Pero a los hechos hay que interrogarlos y es así como el pensamiento emprende el vuelo. Cuáles sean sus límites es debate de nunca acabar.

Pues bien, en estas reflexiones que vengo haciendo hay unos datos firmes, como que en el hombre se pone de manifiesto una realidad espiritual, que la dualidad de mundos en que transcurre su existencia le aporta una base de verdad a la religión, y que él es un ente constitutivamente moral.

Cuando digo esto último, parto de hechos que en sí mismos son incontrovertibles, como la exigencia interior que hace que nos preguntemos cómo debemos obrar en cada circunstancia de nuestra vida, el juicio de valor que nos formamos sobre la conducta ajena y la presión social que experimentamos para ajustar nuestras acciones a modelos configurados por la cultura.

Estos fenómenos nos ponen en contacto con un mundo que es  complejo, el de las normatividades.

Para introducir a mis estudiantes en ese ámbito acostumbraba a acudir a Kant y a Rousseau.

Es célebre el texto en que el primero menciona las dos cosas que más impacto que le producían, a saber: el orden majestuoso del cielo estrellado y la ley moral en el interior del hombre. Es decir, el orden de la naturaleza y un orden específicamente humano, el de la moralidad. Según el célebre filósofo, ese orden se manifiesta en la esfera íntima, a través de exigencias o imperativos de buen comportamiento.

Rousseau ve las cosas desde otra perspectiva. En otros textos, igualmente célebres, pregunta por qué el hombre, habiendo nacido libre según la naturaleza, vive cargado de cadenas. Esas cadenas rousseaunianas son precisamente los deberes que a través de distintos medios de presión constriñen a los individuos en las relaciones con sus semejantes.

Ambos pensadores se preocuparon por conciliar los imperativos de la moralidad con la libertad individual. Pero en Kant hay una preocupación más concentrada en el tema de la racionalidad de una y otra. Mejor dicho, una de sus grandes aspiraciones era la de identificar el obrar racional con el obrar moral. El ejercicio de la libertad, según él, debía realizarse de conformidad con los célebres imperativos categóricos. Sólo de esa manera podría concebirse un despliegue racional de la libertad humana.

Por consiguiente, ninguno de estos pensadores cuyas ideas han sido tan tergiversadas en los tiempos que corren hacía coincidir libertad con arbitrariedad, entendida esta expresión en sentido peyorativo. Por el contrario, predicaban el ejercicio virtuoso de aquélla, lo que implica necesariamente el sometimiento de la acción al escrutinio de la conciencia.

Quizás haya casos excepcionales de individuos que no se juzguen a sí mismos, que no experimenten el peso de la conciencia al momento de obrar o su reproche después de hacerlo, y que sean del todo indiferentes respecto de lo que hacen o dejan de hacer, como el extranjero de Camus; pero se trata de casos patológicos que nadie se atrevería a recomendar que sirvieran de ejemplo de comportamiento racional. Más difícil resulta encontrar casos de sujetos que se abstengan del todo de juzgar a sus semejantes, negándose a valorar sus comportamientos como buenos o malos, admirables o censurables, convenientes o inconvenientes, etc.

Por otra parte,  no existe agrupación alguna que prescinda de imponerles algún género de normatividad a sus integrantes. De ahí que no pocos estudiosos de los fenómenos sociales consideren que el núcleo de lo colectivo está precisamente en las regulaciones que se imponen a través de la presión social, y observen, además, que las interacciones van generando espontáneamente pautas, modelos, exigencias, etc., tendientes a ordenar los comportamientos de los sujetos que en ellas participan.

Prosiguiendo con el análisis, observamos que cada individuo adopta o elabora sus cánones según sus propias escalas de valores, a partir de su temperamento, su educación, sus experiencias, sus reflexiones o su entorno. Esos códigos individuales no suelen ser racionales ni coherentes consigo mismos. Muchas veces traducen la llamada ley del embudo: la parte ancha para el sujeto; la estrecha, para juzgar a los demás. Muy a menudo son injustos y hasta absurdos.

Sin embargo, todo lo incongruentes, difusos e incluso errados que puedan ser tales códigos, con base en ellos se identifica la personalidad de cada ser humano. No es osado afirmar, en efecto, que cada uno de nosotros se distingue por lo que cree, lo que siente, lo que desea, lo que hace. En otros términos, nuestra identidad personal se establece a partir de nuestras creencias, nuestras valoraciones, nuestros propósitos, nuestras realizaciones. Por lo menos, así nos ven los demás.

El pensamiento antiguo refería el origen de las normatividades a Dios o los dioses, la naturaleza o las costumbres, que no dejaban de considerarse como una segunda naturaleza llamada a  corregir o perfeccionar la originaria. El moderno, en cambio, tiende, por una parte, a investigarlas desde lo que considera la perspectiva científica (como datos biológicos, psicológicos, sociológicos, etc.) y, por otra, a someterlas a crítica  racional.

Al tenor de la primera perspectiva, se aspira a explicar el dato de la normatividad como si fuese uno más entre los muchos que integran el mundo, a partir de su descripción, su morfología, su génesis, su dinámica, sus relaciones con otros fenómenos, etc. 

Es interesante traer a colación los estudios que bajo el rótulo de ciencia de las costumbres abundaron en la sociología de la segunda mitad del siglo XIX y las primeras décadas del XX, en los que simplemente se trataba de considerar los factores históricos de las distintas morales, la funcionalidad de las mismas respecto de necesidades individuales y colectivas, el modo como la gente asimilaba sus contenidos y trataba de llevarlos a la práctica, las tensiones entre los ideales morales y las realidades anímicas o sociales, los ajustes teóricos y empíricos de esas tensiones, los efectos individuales y comunitarios de la adopción de cada tipo de código, etc.

Por ejemplo, la sociología biologista del siglo XIX, que ahora ha revivido bajo el estímulo de la genética y la neurociencia, se esmeraba en explicar los fenómenos morales a partir de las necesidades de la supervivencia y la adaptación al medio. Después, con el desarrollo del psicoanálisis, fueron apareciendo los intentos de explicación en términos de acción del inconsciente, del superego, de las sublimaciones, de las racionalizaciones, de los conflictos interiores, de las represiones y los complejos, etc. Con anterioridad a Freud y sus discípulos, el materialismo dialéctico había optado por  denunciar las alienaciones morales y su vinculación con el hecho decisivo, a su juicio, de la explotación del hombre por el hombre. Así, toda normatividad expresaría una relación de dominio de unos seres humanos sobre otros con miras a aprovecharse abusivamente de su trabajo, a la vez que ofrecería alguna justificación ideológica de esa explotación.

Explicar el funcionamiento de los códigos individuales y sociales  en los términos de las ciencias de la conducta es una cosa, todo lo ardua que se quiera. Otra muy distinta es dictaminar sobre sus valores con miras a justificar su exigibilidad con base en la razón.

Digamos que la primera perspectiva aspira a dar respuesta a la cuestión de por qué se obra de determinada manera, mientras que la segunda va más allá y se interroga bien sea para qué se obra, ya, como pretendía Kant, por  la ley universal a priori, es decir, no fundada en hechos ni en la experiencia de los mismos, que permite calificar la conducta como racional y, por ende, moral.

El dogma positivista afirma que sólo es procedente situarse en la primera perspectiva, la de la explicación del hecho moral, pues la segunda desborda las posibilidades del escrutinio racional.

Ahí entra a jugar la cuestión de los límites de la razón que atrás mencioné de pasada.

Los devotos de Hume  afirman que aquélla limita su papel a la ordenación lógica de los datos sensoriales y ninguno de éstos nos muestra lo bueno o lo malo, lo justo o lo injusto, lo digno o lo indigno. Valoramos esos datos, simple y llanamente, por ciertas impresiones de bienestar o de desagrado, de conveniencia o inconveniencia, de placer o de dolor, que experimentamos en nuestra intimidad, a partir de las cuáles nos atrevemos a hacer generalizaciones más o menos etéreas que no tienen otro fundamento que lo que subjetiva y arbitrariamente nos gusta o nos disgusta.

Este modo de ver las cosas, así parezca chocante, ha influido decisivamente en el pensamiento moderno. Por eso en mis lecciones de Filosofía del Derecho dedicaba unas cuantas horas a hablarles a mis estudiantes sobre Hume y sus seguidores. Creo que es el gran filósofo de la negación. Su horizonte mental no va más allá de las propias narices.

En cambio, para la metafísica tradicional, firmemente enraizada en la religión, las normatividades tenían asidero profundo en la realidad cósmica.

Por ejemplo, en el apogeo de la escolástica medieval se discutía si su fundamento estaba en la razón de Dios, como lo sostenía el intelectualismo tomista, o en su voluntad, tal como lo pensaba el voluntarismo de la escuela franciscana.

Para los primeros, las normatividades se fundaban en una racionalidad intrínseca; por consiguiente, los deberes obedecerían a exigencias racionales. Para los segundos, en cambio, los deberes surgirían de actos de voluntad, de imperio. No obstante, como esos actos pondrían de manifiesto la voluntad divina, habría que prestarles obediencia, ya que por definición a Dios no se lo contradice.

Poco a poco el pensamiento moderno ha venido prescindiendo de Dios, pero no de sus atributos.

Así,  a  la razón divina de los pensadores medievales se la sustituyó por la Razón sin más de Descartes, Kant y los ilustrados del siglo XVIII, para sostener que las normatividades sólo son exigibles si tienen fundamento en ella. Es el caso de Grocio, que sostuvo que los postulados racionales eran de suyo válidos, hubiese o no Dios de por medio.

Otros siguieron la línea de despojar a Dios de su voluntad para adjudicarla a distintas entidades, como la Nación, el Pueblo, la Cultura, la Raza, la Clase, la Estructura, el Líder o el Gran Hermano, que por algún oscuro atributo metafísico estarían legitimados para ordenar la vida de los seres humanos. Figura clave de ese voluntarismo es Rousseau, al que no pocas acciones hay que adjudicarle en la génesis de los sistemas totalitarios del siglo XX y en el cacareado socialismo del siglo XXI.

Es claro que la mera voluntad, salvo que se trate de la de Dios, no le aporta fundamento conceptual sólido a la normatividad. Cuando se la  proclama como fundamento de las normatividades, simplemente se está  destacando su capacidad efectiva de imponerse. En consecuencia, si se afirma que una normatividad se basa en actos de voluntad, en rigor se está diciendo que su  última ratio está en la fuerza y, en definitiva, en la violencia.

De ahí que una sólida tradición demande que toda norma se apoye en razones llamadas a persuadir a sus destinatarios de la bondad de la obediencia. Pero, si se deja de lado a Dios y el orden del universo que Él ha creado, ¿cuáles son los contenidos, las estructuras y la fuerza misma de la racionalidad, sobre todo en lo que atañe a la acción humana?

Abundan los estudios sobre la crisis de la racionalidad en el pensamiento contemporáneo.  De ese modo, se habla de racionalidades limitadas o parceladas, de pluralismo de racionalidades, de racionalidades meramente convencionales, etc. Todo ello apunta hacia la negación de los atributos de universalidad, coherencia y necesidad lógica de lo racional. Por consiguiente, les abre espacio a  los irracionalismos que  ahora campean so pretexto de la post modernidad.

Sería tan prolijo como fatigante entrar por lo pronto en el detalle de los pasos que poco a poco se han dado para destruir la idea de razón que todavía alimenta el individuo común y corriente que no se ha puesto a leer lo que escriben los post modernos.

Digamos, en una síntesis apretada, que por distintos caminos se ha llegado a este punto: cada individuo es dueño de su razón o sus razones y nadie está legitimado para imponerle ideas o argumentos que no quiera aceptar; su autonomía moral le confiere el señorío de sus propósitos, sus valoraciones y los resultados de sus actos, haciendo que cada uno sea su propio juez; la moralidad es asunto del resorte exclusivo de cada individuo; no hay referente alguno superior a su arbitrio para dictaminar sobre el valor moral de sus actitudes y sus comportamientos; como el obrar de cada uno interfiere el de los demás, hay que buscar consensos y reglas para producirlos que reduzcan al mínimo los efectos nocivos de las interferencias, garantizando al mismo tiempo el máximo de satisfacción posible para cada interesado; el único asunto colectivo que hay que considerar en la moralidad es el respeto que a cada uno se le exige en torno de las opciones ajenas; las razones que se esgrimen en el debate se soportan en la fuerza de los deseos; la dignidad humana es apenas una expresión cómoda para designar el valor supremo que se asigna al Deseo; los valores morales nada tienen que ver con un orden natural ni muchísimo menos con un orden espiritual, etc.

Un ensayista de moda, Gilles Lipovetsky, lo sintetiza magistralmente: hemos pasado de la ética del deber a la del placer.

Volviendo a lo expuesto arriba, si bien se sigue admitiendo hoy que el hombre es un ente moral, dado que no deja de juzgarse a sí mismo y a sus semejantes, lo que ahora se cree es que su moralidad es arbitraria e irracional. Mejor dicho, que la racionalidad de su existencia y su conducta se establecen en función de la satisfacción de sus deseos  o, más bien, de sus pulsiones. La única racionalidad admisible en ese campo sería entonces de tipo instrumental, de modo que los medios que se utilicen sean idóneos para obtener los resultados que se apetezcan en orden a la satisfacción de los deseos.

¿En qué queda el espíritu dentro de este cuadro?

lunes, 21 de febrero de 2011

Carta a una amiga conservadora que salió desconcertada del encuentro de Villa de Leyva

Apreciada amiga:

Agradezco mucho la confianza que me brindas al pedir mi opinión acerca del encuentro conservador que hubo en Villa de Leyva en esta semana.

Ante todo, quiero manifestarte que yo no milito en partido alguno ni ejerzo actividades en materia de política distintas de observarla desde mi mirador privado y compartir puntos de vista con mis amigos. Solo de manera muy ocasional hago pronunciamientos públicos, cuando en algún medio se acuerdan de que existo y piensan que tengo algo para decir.

Debo aclarar, además, que no soy imparcial, pues en general sigo de lejos, sin contacto directo ni indirecto con él,  al ex presidente Uribe Vélez, con quien he superado las diferencias que en algún momento manifesté en torno suyo.

Aclaro también que no quise votar por Juan Manuel Santos.

Las razones para no hacerlo quedaron consignadas en varios escritos que publiqué antes de las elecciones en mi blog http://jesusvallejo.blogspot.com/

Unas de esas razones tienen que ver precisamente con el trato desleal que les aplicó a tus copartidarios para desconocer su candidatura legítima y suscitar su división. Puedes leer lo que al respecto escribí en un artículo que lleva por título "El Suicidio Conservador".

He escrito también acerca de lo que considero un muy equivocado manejo de la coalición gubernamental, pues pienso que Santos no sentó unas bases nítidas para integrarla ni ha sido leal con sus socios.

El nombramiento de Germán Vargas Lleras como ministro del Interior no fue afortunado, pues él tiene claras aspiraciones presidenciales y es entonces un competidor político que goza de una posición privilegiada respecto de los demás integrantes de la coalición. Es dirigente de un partido minoritario y la lógica enseña que de seguro utilizará su elevada posición para promover su crecimiento,desde luego que a expensas de los demás.

Lo que se ve, efectivamente, es un intento de realinderación de fuerzas políticas aupado desde las altas instancias gubernamentales, con miras a liquidar el uribismo, tanto dentro del Partido de la U como en el Conservador.

Escribí en uno de mis artículos que los únicos enemigos de Uribe que no hacen parte de los nuevos mejores amigos de Santos son los guerrilleros, pues eso ya sería el colmo. 

La Gran Prensa habla maravillas del gabinete de Santos, pero varios de sus integrantes son enemigos declarados del ilustre ex presidente, que merece figurar en la lista de los libertadores de Colombia.

Vargas Lleras es uno de los artífices del fracaso de su reelección. Las diferencias de la Canciller y el ministro de Hacienda con Uribe son notorias. Y haber llevado a Juan Camilo Restrepo al despacho de Agricultura, cuando fue uno de los más obstinados críticos de la política agropecuaria del gobierno de Uribe, no deja de ser algo bastante significativo, máxime si se considera que él se ha engolosinado con el peligroso juego del espejo retrovisor con el ánimo de demeritarlo.

La opinión desprevenida de la gente de la calle no encuentra de buen recibo estas nítidas manifestaciones de deslealtad con una administración de la que hizo parte Santos y que, además, le dio la oportunidad de ganar los puntos necesarios para satisfacer sus aspiraciones presidenciales. La imagen de Judas no es propiamente la más venerada en las clases populares.

Con esas actitudes, Santos irá perdiendo paulatinamente lo que en últimas es el soporte del poder jurídico y político: la autoridad moral.

Nadie discute que cada gobernante llega al poder con sus propias ideas, su propia gente y su propio estilo. Pero Santos le hizo creer al electorado que él era el más fiel intérprete y el más firme seguidor de las políticas de Uribe. Ya hay muchos que observan con desilusión que no gobierna como prometió, sino como lo estaría haciendo cualquiera de sus competidores que hubiese ganado las elecciones.

Me parece que poco contribuye a la estabilidad institucional del país que un gobierno recién elegido cambie de la noche a la mañana, sin que medie un debate profundo, la orientación que le ofreció al electorado para obtener el favor de sus votos.

El asunto no es, como lo ha dicho, de diferencias en las formas y continuidad en el fondo con las políticas del gobierno anterior.

Al ex presidente Uribe lo apoyó el pueblo por su claridad, su entereza, su persistencia en realizar sus propósitos, su constante comunicación con las comunidades para discutir con ellas los problemas colectivos y buscarles soluciones, su obsesión por proteger a Colombia de sus enemigos internos y externos.

Los logros de la seguridad democrática fueron resultado conjunto del liderazgo presidencial, la mística de las Fuerzas Armadas y el apoyo popular, amén de la alianza estratégica con los Estados Unidos.Todos esos soportes se han debilitado paulatinamente a lo largo de estos seis últimos meses. Y, por supuesto, el debilitamiento de esta política trae consigo ineludiblemente la recuperación de las bandas criminales de todos los pelambres.

Pienso, con toda franqueza, que el cambio de estilo no favorece los intereses del país, porque, como lo he expuesto en comunicaciones privadas, hemos pasado de un gobierno dirigido por un personaje serio, quizás en demasía para algunos, a otro cuyas riendas están en manos de uno que tiende hacia la frivolidad. Y lo que es peor, de la mano dura, el gesto autoritario y el talante firme, que desde luego no suscitan simpatía en ciertos círculos, nos estamos deslizando hacia la claudicación como fórmula mágica de la gran diplomacia para resolver aparentemente los problemas en el corto plazo.

Pruebas al canto.

El país no ha hecho el debate que amerita el cambio introducido en las relaciones con el régimen de Chávez. Es un gobierno enemigo y no de cualquier naturaleza, pues, violando toda normatividad internacional, ha intervenido descaradamente en el conflicto guerrillero, hasta el punto de haber afirmado solemnemente que las Farc y el Eln son ejércitos populares que tienen propósitos comunes con los de la revolución venezolana. Es más, antes de finalizar el segundo cuatrienio de Uribe, éste instruyó a sus representantes ante la ONU y la OEA para que denunciaran la presencia de guerrilleros colombianos en Venezuela y la protección que el gobierno de Chávez les ha brindado. La flamante nueva diplomacia echó al cesto de la basura esas delicadas quejas colombianas y ha pactado con Chávez como si nada de eso hubiera ocurrido.

De hecho, el régimen venezolano ha triunfado en toda la línea en uno de sus propósitos respecto de Colombia. Al no lograr avasallarla, como pretendía, por lo menos consiguió neutralizarla.

El acercamiento a la región, que no es de hermanos, sino de enemigos solapados de nuestras orientaciones democráticas y liberales, ha deteriorado de modo inequívoco la relación con los Estados Unidos. Eso se ve con claridad en lo tocante con el TLC e incluso en algo más inmediato, dado que no es por azar que hoy estamos sin preferencias arancelarias.

El asunto con Venezuela no es tan simple como decir que evitamos una guerra y vamos hacia unas relaciones normales. Ya veremos cómo evoluciona.

Pocos episodios tan bochornosos hemos conocido como el de la elección de Fiscal General de la Nación.

Ahí también se lava las manos Santos diciendo que cortó el nudo gordiano de tan delicada situación. Pero es un corte que debería de avergonzarlo.

Ya veremos también lo que significa haberle entregado al samperismo la Fiscalía, cuando está de por medio el esclarecimiento de la muerte de Álvaro Gómez Hurtado, y una oficina llamada a jugar un importante papel en los tiempos venideros, la de justicia transicional en el ministerio del Interior.

Siempre tuve especial consideración respecto de Juan Camilo Restrepo, hasta el punto de que en algún momento llegué a compararlo con Ospina Pérez. No obstante, me ha sorprendido su pugnacidad como ministro de Agricultura de Santos.

He dicho que nadie discute que hay causas justas para legislar en favor de los desplazados, promover que quienes hayan sido despojados de sus predios vuelvan a ocuparlos  y resarcir en la medida de lo posible a las víctimas de la violencia.

Pero el modo como se anuncian estas iniciativas gubernamentales me hace pensar que estamos promoviendo nuevos factores de desestabilización, no sólo del aparato fiscal, sino de la estructura de la tenencia de la tierra, con las consiguientes secuelas de violencia y desbarajuste del sistema productivo.

Escuché detenidamente en esta semana por la emisora W un informe sobre el caso del predio Las Pavas, ubicado en el sur de Bolívar, que enciende todas las alarmas sobre tan delicado asunto. Ya veremos como funcionan las autoridades de polícía, las encargadas de la política agraria, los jueces, las organizaciones de víctimas, los propietarios privados y, sobre todo, los agentes del desorden, en la aplicación de las normas que está ahora discutiendo el Congreso.

No olvidemos que la justicia es inseparable de la prudencia, y que de pronto estamos, con las mejores intenciones, poniendo en marcha unos dispositivos que después no podremos controlar. Ya veo venir las tomas de tierras incitadas por la guerrilla y el recrudecimiento de las bandas promovidas por propietarios que se van a sentir injustamente despojados y privados de la protección de las autoridades.

El manejo del paro camionero evidencia el desorden que hay en el interior de esta administración y su tendencia a plegarse ante los que la intimiden con la fuerza.

En alguno de mis escritos dije que Santos corre el peligro de sufrir la calificación que hizo Churchill de alguno de los primeros ministros claudicantes de antes de la Segunda Guerra Mundial: un prodigio de blandura. Un amigo mío ya lo llama "Gelatino".

El episodio de las últimas liberaciones de secuestrados por las Farc suscita también no pocas inquietudes. A muchos nos ha quedado la impresión de que Santos no ha explicado suficientemente los pormenores del caso y  elude sus responsabilidades admitiendo que, si bien las Farc pudieron haber movido a Cano, él sabe dónde se encuentra y dizque tiene al ejército resoplándole en la nuca. Son palabras vanas que le hacen perder credibilidad.

Es posible, como dices, que su discurso ante el encuentro conservador haya sido elocuente. Pero más importantes que las declaraciones sobre buenas intenciones, son los resultados de las políticas. Res, non verba.

A ustedes les dijo que podrían contarlo entre sus huestes, pero lo mismo les dice a los izquierdistas. Es difícil no advertir su tendencia a la garrulería.

Que el Partido Conservador esté dividido entre santistas y uribistas, es resultado de la miopía de sus dirigentes, a quienes Santos les perdió el respeto cuando a través del hoy ministro Rodado promovió otra división en vísperas de las elecciones del año pasado, con miras a frustrar la aspiración de Noemí Sanín.

Hoy sabe que puede dividir a los conservadores, así como a los de la U, para consolidar una situación de desventaja para el ex presidente Uribe y sus seguidores.

En un artículo muy inteligente que publicó hoy El Colombiano, Enoris Restrepo de Martínez denuncia los juegos de prestidigitación política de Santos. Te recomiendo que lo leas con cuidado. Entonces, quizás logres una aproximación cabal a la crisis conservadora que te preocupa con toda razón.

Al ex presidente Uribe le reproché en uno de los primeros artículos de mi blog los errores que condujeron a que sus huestes se desorientaran y terminaran en manos de un personaje como Santos. Creo que también a éste podrá acusárselo en un tiempo no lejano de despilfarrar por sus jugarretas uno de los capitales políticos más abultados de que se tenga noticia en la historia de Colombia.

Soy consciente de que sería preferible que el ex presidente estuviera alejado, al menos por lo pronto, del ajetreo político. Pero las ínfulas que al amparo de la presente administración se están dando sus enemigos lo estimulan, con todo derecho, a defenderse a sí mismo , sus colaboradores y  sus políticas.

Uno de los datos que es necesario considerar para entender lo que pasa hoy en la política colombiana es el odio, acompañado de revanchismo y triunfalismo, contra Uribe, que se despliega a ciencia y paciencia de Santos y su equipo de gobierno. Vuelvo, por ejemplo, al caso de Vargas Lleras, que se regodeó humillando a Uribe con el manejo de la crisis con la Corte Suprema de Justicia.

No sé si estas apreciaciones respondan adecuadamente a tus inquietudes, pero si lo que querías era conocer mi pensamiento sobre la situación actual del país y de tu partido en particular, ahí te las dejo sometidas a tu ilustrada consideración.

De nuevo, mil gracias por tu amistad y tu confianza

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Cordialmente.

Jesús Vallejo Mejía

miércoles, 16 de febrero de 2011

Espiritualidad, religiosidad y moralidad (IV)

La santidad es un fenómeno misterioso, pero real.

Es misterioso porque entraña la superación de lo que corrientemente se considera como el orden natural de las actitudes y los comportamientos humanos. De ahí que suela pensarse que los santos son excéntricos y tocados de la cabeza.

En todo caso, son distintos y es sabido que a todos  nos cuesta trabajo entender a los que se salen de los marcos ordinarios. En el mejor de los casos, suscitan admiración y hasta envidia, pero los individuos comunes y corrientes tendemos a considerar que no somos capaces de llegar hasta allá o que esa meta no es deseable para nosotros en particular. Y cuando defendemos nuestros comportamientos inadecuados, argumentamos que no somos ningunos santos.

Ahora bien, pese a la desconfianza, no siempre injustificada, respecto de la posibilidad de alcanzar ese estado, pues en ello no faltan los fraudes ni los malos entendidos, es un hecho que hay individuos humanos a los que indudablemente se les debe reconocer la santidad.

El fenómeno no es exclusivo de los católicos, pues se pone de manifiesto en todos los grupos auténticamente religiosos. Se destaca entre los primeros en razón de que la Iglesia desde hace muchos siglos se ha ocupado de exaltar a quienes han mostrado en sus vidas virtudes sobresalientes e incluso ha establecido procedimientos jurídicos  rigurosos para proclamar  su veneración, su beatificación y su canonización. Pero en todas partes se encuentran individuos extraordinarios, llenos de sabiduría y compasión, benevolentes, virtuosos, ejemplares, con envidiables paz interior y autodominio de sus instintos, sus deseos, sus motivaciones, sus actitudes, sus propósitos, sus palabras y sus acciones.

Ese estado no excluye el sufrimiento físico ni el espiritual, pero sí muestra unas actitudes inusuales de serena  fortaleza frente a ellos.

Es el estado de la trascendencia, así sea en el nivel intramundano. Si se proyecta más allá, es decir, en un nivel supramundano, es otro cantar.

En otro escrito señalé que hay individuos excepcionales que  diríase que por naturaleza gozan de ese estado de inocencia, pero en la gran mayoría de los casos ese trascender solamente se logra mediante arduos esfuerzos y a través del cultivo de  las virtudes, no sin crueles altibajos.

El Evangelio habla de la cruz que hay que sobrellevar para alcanzar el estado de beatitud. Y sus escenas finales muestran del modo más patético lo que significa esa carga de la cruz.

Pueden darse en ese estado de trascendencia fenómenos místicos muy variados, sobre los que hay suficiente documentación. Se  habla, además,  de hechos extraordinarios de orden físico, químico, biológico o psicológico que se asocian a los mismos.

Como los psicólogos solamente se ocupan en principio de lo corriente, que es más o menos mensurable por los procedimientos estadísticos, el tema de la santidad no suele entrar en el campo de sus estudios. Y a los psiquiatras el asunto les interesa desde el punto de vista de la patología, motivo por el cual sus investigaciones se centran en individuos que tienen que someterse a tratamiento por los graves desequilibrios que padecen. Pero de ahí a calificar de patológica toda santidad hay un trecho enorme, que solo se salta mediante generalizaciones abusivas.

Los corifeos del materialismo se atrincheran en los supuestos avances de la neurociencia en lo tocante al funcionamiento del cerebro, pensando que ella está en capacidad de dictaminar que todo lo que consideramos propio de la interioridad mental del ser humano y sus proyecciones  en la conducta y la creación cultural puede explicarse en función de impulsos eléctricos y reacciones químicas  en el sistema neuronal. Algunos van más allá y acuden a explicaciones fundadas en la teoría de la evolución. De ese modo, la genética y la neurología suministrarían todas las claves del fenómeno humano, de suerte que lo que el común de los mortales consideramos como propio de un principio espiritual que se manifiesta en cada uno de nosotros sería apenas un epifenómeno, una apariencia ilusoria de hechos que se dan en otro escenario meramente material.

Pero fuera de las dificultades conceptuales de varia índole que ofrecen estas explicaciones, amén de los argumentos duros que suministra la parapsicología en favor de esa presencia espiritual que actúa a través del sistema neurológico, hay que tomar nota de investigaciones que en este último nivel realizan entidades como el Instituto Mente y Vida  en orden a establecer cómo interactúan la mente y el cerebro, y cómo aquélla, para decirlo en términos algo imprecisos, contribuye a su configuración.

No entraré en los aspectos específicamente técnicos de una cuestión que es compleja de suyo y sobre la cual median todavía muchas discusiones. Lo interesante es que desde el punto de vista estrictamente científico la partida no la han ganado los materialistas.

Los interesados en los estudios de dicha entidad, que surgió de la iniciativa conjunta del  reputado científico chileno Francisco Varela y el Dalai Lama, pueden consultar al respecto, entre muchos otros, los siguientes enlaces de internet: http://www.selba.org/EspTaster/VisionMundo/VMHolistica/InstitMenteYVida.html; http://www.mindandlife.org/; http://laredeindra.blogspot.com/2009/04/budismo-y-neurociencia.html

Desde el punto de vista católico, la Universidad de Navarra ofrece un sitio muy completo en el siguiente enlace: http://www.unav.es/cryf/curso05jll.html

Si la mente es separable del cerebro y actúa sobre éste, entonces cobran fuerza las creencias religiosas acerca de la supervivencia del alma  después de la muerte corporal, la acción del espíritu sobre la materia e incluso la creación de ésta por una fuerza espiritual superior a la que podemos llamar Dios. El debate se aleja por consiguiente, de la teología y la filosofía para adentrarse en el terreno científico.

Un libro de divulgación escrito por Lynne McTaggart  y que lleva por título “The Field- The quest for the secret force of the universe” (Harper Collins, New York, 2008), del que ignoro si existe traducción castellana, se ocupa de lo que a su juicio constituye una revolución científica en marcha, que venía anunciándose desde hace años en libros como “La Gnose de Princeton”, de Raymond Ruyer (Fayard, Paris, 1974), publicado en castellano como “La Gnosis de Princeton” por la editorial Eyras en 1985.

Traduzco con cierta libertad la presentación que hace Mc Taggart  sobre dicha revolución en el prólogo de su libro:

“Estamos hoy al borde de una revolución – una revolución tan audaz y profunda como el descubrimiento de la relatividad por Einstein. En la última frontera de las ciencias están emergiendo nuevas ideas que desafían todo lo que creemos acerca de cómo funciona el mundo y cómo nos definimos a nosotros mismos. Los descubrimientos que se están llevando a cabo pueden acreditar lo que la religión siempre ha sostenido: que los seres humanos somos algo mucho más extraordinario que un conjunto de huesos y tejidos. En lo fundamental, esta nueva ciencia ofrece respuestas que han sumido en la perplejidad a los científicos a lo largo de siglos. En lo más profundo, se trata de una ciencia de lo milagroso…”(pág. XXIII).

Por consiguiente, la idea que sirve de sustento a toda religión, según la cuál hay un mundo tangible y otro intangible para los sentidos ordinarios del hombre, entre los cuáles se dan interacciones de distintas clases, ofrece, por lo menos, verosimilitud desde el punto de vista rigurosamente científico.

Volviendo al tema parapsicológico, del que a muchos teólogos y filósofos les daba cierta vergüenza ocuparse para apoyar sus reflexiones, el libro que varias veces he citado de Charles Tart, que no es ningún charlatán, suministra material de primera mano para robustecer esa idea fundamental.

Cosa distinta es la verdad de cada credo religioso en particular, con sus mitos, sus dogmas, sus doctrinas, sus rituales, sus normatividades, su organización y sus prácticas morales.

Aunque más que católico, me gusta denominarme como un papista algo liberal, dejaré de lado lo atinente a las creencias específicas del catolicismo, para ocuparme más bien de la realidad del espíritu y su vinculación con el fenómeno de la moralidad.